«Si san José tenía cuidado de
mantener guardadas sus virtudes bajo el amparo de la santísima humildad, tenía
una solicitud particular para esconder la preciosa perla de su virginidad; es
por eso por lo que consintió en casarse, a fin de que nadie pudiera saberlo, y
para que bajo el santo velo del matrimonio pudiera vivir más oculto.
De ahí se desprende que las
vírgenes y aquellos que quieran vivir castamente conocen que no es suficiente
ser vírgenes, si no son humildes y no encierran su pureza en el vaso precioso de
la humildad, porque de otra manera, les sucederá como a las vírgenes necias,
las cuales, faltas de humildad y de caridad misericordiosa, fueron expulsadas
de las bodas del Esposo, y al partir fueron obligadas a ir a las bodas del
mundo, donde no se observa el consejo del Esposo celestial que dice que hay que
ser humilde para entrar a las bodas, quiero decir, que hay que practicar la
humildad: “Y así nos lo indica, al ir a las bodas, o al ser invitados a las
bodas, ocupad el último lugar”.
En consecuencia, vemos cuán
necesaria es la humildad para la conservación de la virginidad, puesto que
indudablemente nadie entrará en el banquete celestial y en el festín nupcial
que Dios prepara a las vírgenes en la morada celestial, si no viene acompañado
de esta virtud de la humildad.
No se tienen los objetos
preciosos, sobre todo los ungüentos fragantes, al aire; porque además de que
los ornas se disiparían, las moscas los dañarían, y les harían arder su precio
y su valor. Lo mismo ocurre con las almas santas, las cuales, por temer perder
el precio y el valor de las buenas obras, las encierran ordinariamente en un
vaso pero no en un vaso común como sucede con los ungüentos celosos, las ponen
en un vaso de alabastro (como el que santa Magdalena derramó o vació sobre la
cabeza sagrada, Nuestro Señor).
Ese vaso de alabastro es, pues,
la humildad, en la cual debemos, a imitación de Nuestra Señora y de san José,
guardar nuestras virtudes y todo lo que nos hace dignos de la estima de los
hombres, contentándonos con agradar a Dios, y permaneciendo bajo el velo
sagrado del aprecio de nosotros mismos, esperando que Dios, al venir a
llevarnos al lugar seguro, que es la gloria, haga Él mismo brillar nuestras
virtudes para su honor y gloria.
Pensemos hasta qué grado de
virtud llegó san José en virginidad, en esta virtud que nos asemeja a los
ángeles, si la Santísima Virgen no fue solamente virgen completamente pura y
totalmente blanca, sino que Ella era la virginidad misma. Pensemos que aquel que
fue desinado por el Padre Eterno como guardián de su virginidad, o, mejor
dicho, como compañero, puesto que Ella necesitaba ser protegida por nadie que
no fuese Ella misma, debía ser muy grande en esta virtud.
Los dos habían hecho voto de
guardar la virginidad durante toda su vida, y he aquí que Dios quiere que estén
unidos por el lazo de un santo matrimonio, no para hacerlos desdecirse ni para
que se arrepientan de su voto, sino para volver a confirmarlos y fortalecerse
el uno al otro en la perseverancia de su santa empresa; es por eso por lo que
hicieron nuevamente el voto de vivir virginalmente juntos todo el resto de sus
vidas.
Así, pues, muy al contrario de
que José fuera puesto más alto que Nuestra Señora para hacerle romper su voto
de virginidad, él le fue dado a ella por compañero, y para que la pureza de Nuestra
Señora pudiera ser preservada más admirablemente en su integridad bajo el velo
y la sombra del santo matrimonio y de la santa unión en que vivían.
Si la Santísima Virgen es una
puerta, dice el Padre Eterno, nosotros no queremos que sea abierta; porque es
una puerta Oriental, por la cual nadie puede entrar ni salir: al contrario, hay
que protegerla y reforzarla con madera incorruptible, es decir, darle un
compañero en su pureza, que es el gran san José, el cual para tal misión debía
aventajar a todos los santos, aun a los mismos Ángeles y Querubines, en esta
virtud tan recomendable de la virginidad (San Francisco de Sales)».
(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)