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01 septiembre 2021

Director de la Sabiduría encarnada

«¿No es el hijo de ese obrero?, decían los judíos refiriéndose a Jesús. Sí, responde san Pedro Crisólogo, es el hijo de un obrero, pero ¿de qué obrero? Del que construyó el mundo, no con el martillo, sino por una orden de su voluntad; el que combinó los elementos, no por un efecto del ingenio, sino por un simple mandato; el que iluminó al sol, no con un fuego terrenal, sino con un calor superior; esta es la labor de un obrero, cuya palabra creó todo de la nada. Tenéis razón, santo Doctor; porque, en efecto, Jesús es el Hijo del gran Obrero que construyó el universo. Pero permitid que, para gloria de José, digamos también que es el hijo de ese pobre artesano, que en su pequeño taller maneja la sierra y la garlopa: y, puesto que la misma Santísima Virgen da a José ese hermoso título de padre de Jesús... decid también que es el hijo de este humilde carpintero, y que, como tal, le está sumiso, y que es el compañero de sus trabajos. ¡Oh! ¡Qué maravilla con solo pensar en ello!

Jesús ayudó a este artesano a trabajar la madera, como ayudó al Creador a edificar el mundo. ¡Oh maravillosa dignidad de José!, exclama Gerson. ¡Sublime grandeza que nos presenta a José como el émulo del mismo Dios!

¡Un pobre carpintero, que trabaja la madera, convertido en émulo de Aquel que ha creado el mundo! ¡Qué más queréis para proclamar a José como el más grande de todos los hombres, como padre, si el mismo Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo!

Hay tres cosas, dice el Doctor Angélico, que son tan grandes que Dios no puede hacer otras mayores, a saber: la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, causa de su unión hipostática con el Verbo; la gloria de los elegidos, en su género, a causa de su objeto principal, que es la esencia infinita de Dios; y la Madre incomparable de Dios, de la cual se ha dicho: “Majorem quam Matrem Dei non potest facere Deus”: Dios no puede honrar más a una persona que convirtiéndola en su propia Madre.

Podéis agregar, para gloria de José, que Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo» (san Leonardo de Puerto Mauricio )

 (del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)

30 junio 2021

San José era tan pobre como yo

Sucedió en medio de una epidemia que devoraba toda una región y que hacía estragos de modo especial entre los pobres. Un sacerdote caritativo entra en una caballeriza baja y húmeda donde sufría una víctima del contagio. ¿Qué ve? Un anciano moribundo tendido sobre harapos asquerosos. Estaba solo, un haz de heno le servía de cama. Ni un mueble, ni una silla; había vendido todo los primeros días de su enfermedad para procurarse algunas gotas de caldo. De las paredes negras y desnudas pendían un hacha y dos sierras: ahí estaba toda su fortuna junto con sus brazos, cuando podía moverlos. Pero en ese momento no tenía ya fuerzas para levantarlos.

- Valor, amigo mío, le dice el confesor, es una gran gracia la que el Señor os hace hoy: usted va a salir pronto de este mundo donde no tiene más que penas.

- ¡Penas!, replicó el moribundo con voz apagada, usted se equivoca: yo tomé a san José por mi patrono y mi modelo y, como él, nunca me quejé de mi suerte. No he conocido ni el odio, ni la envidia; mi sueño era tranquilo. Me cansaba de día, pero descansaba de noche. Las herramientas que usted ve me procuraban el pan que comía con deleite. Era pobre, en verdad, pero san José lo era tanto como yo y estuve bastante bien hasta hoy. Si recupero la salud, lo que no creo, iré al taller y continuaré bendiciendo la mano de Dios que me ha cuidado hasta el presente.

El sacerdote, sorprendido, no sabía qué responder a semejante enfermo. Sin embargo, le habló así: - Amigo mío, puesto que la vida no os ha sido penosa, no debe por eso dejar de disponerse a dejarla, porque hay que someterse a la voluntad de Dios.

-He sabido vivir, prosiguió el moribundo con voz firme, sabré morir. Doy gracias a Dios por haberme dado la vida y por hacerme pasar por la muerte para llegar a Él; noto que llega el momento, aquí está... ¡Adiós, hermano mío!

Así vivió y murió, lleno de paz, este piadoso obrero, este hombre justo, que había tomado a san José por su patrono y su modelo. Seamos nosotros también siempre los imitadores de este gran santo.

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)

 


 

26 mayo 2021

La huida a Egipto

«Cuando los santos Magos informaron a Herodes que el Rey de los Judíos acababa de nacer, este príncipe bárbaro ordenó matar a todos los niños que se encontraban entonces en los alrededores de Belén. Ahora bien, como Dios quería preservar, de momento, a su Hijo de la muerte, envió a un ángel para advertir a José que tomara al Niño y a su Madre y que huyera a Egipto.

Considerad aquí la pronta obediencia de José, quien, tinque el ángel no le prescribiera el instante de la parada, no opuso ninguna dificultad, ni en cuanto al tiempo, ni en cuanto al modo de realizar semejante viaje, ni en cuanto al lugar en donde podrían establecerse en Egipto, sino que se dispuso a partir. Así, pues, en el mismo instante, se lo comunicó a María.

¡Cuánta debió de ser la pena de san José en ese viaje cuando veía sufrir así a su querida esposa, poco acostumbrada a los caminos, llevando en sus brazos al querido Niño que, mientras huían, se pasaban el uno al otro, con el temor constante de encontrar a cada paso a los soldados de Herodes, y todo eso en el más riguroso tiempo de invierno, con la incomodidad del viento y de la nieve!

¿Con qué podrían alimentarse durante ese viaje, como no fuera con un pedazo de pan que habían traído de su casa o que habían recibido de limosna?

De noche, ¿dónde podrían descansar como no fuera en alguna mala choza, o al campo raso, o a lo sumo, bajo algún árbol? José estaba muy resignado a la voluntad del Padre Eterno que quería que su Hijo comenzara a sufrir desde su infancia para expiar los pecados de los hombres; pero el corazón tierno y amante de san José no podía dejar de sentir una pena muy viva oyendo a Jesús llorar a causa del frío y de las otras incomodidades que experimentaba.

Considerad, finalmente, cuánto debió sufrir José durante su estancia de siete años en Egipto, en medio de una nación idólatra, bárbara y desconocida, puesto que no tenía allí ni parientes, ni amigos que pudieran ayudarlo. Por eso, san Bernardo decía que, para alimentar a su esposa y a ese Divino Niño que provee el alimento a todos los hombres y a todos los animales de la tierra, el Santo Patriarca estaba obligado a trabajar día y noche» (San Alfonso de Ligorio)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


28 abril 2021

Amor de san José a Jesús y María

«José era santo ya antes de su matrimonio, pero aún hizo muchos más progresos en la santidad después del matrimonio con la Santísima Virgen María. Los ejemplos de su santa Esposa bastaban para santificarlo. Pero si María, como dice San Bernardino de Siena, es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, ¡con qué profusión había enriquecido a su esposo, al que amaba tanto, y del cual, a su vez, era tan amada! ¡Cuánto más debemos creer que creció la santidad de José por el trato continuo y la familiaridad que tuvo con Jesucristo durante todo el tiempo que vivieron juntos! Si los dos discípulos que iban a Emaús se sintieron abrasados de amor divino en el poco tiempo que acompañaron al Salvador y lo oyeron hablar, ¡qué llamas ardientes de santa caridad debieron iluminar el corazón de José después de conversar durante treinta años con Jesucristo, después de oír las palabras de vida eterna que salían de su boca, y observar los maravillosos ejemplos de humildad, paciencia y obediencia que le daban mostrándose tan diligente en ayudarle en todos sus trabajos y servirle en todas las necesidades del hogar!

¡Qué incendio de amor divino debían obrar todos esos dardos inflamados de caridad en el corazón de José, corazón desapegado de todos los afectos de la tierra! Cierto que amaba también mucho a su Esposa María, pero este amor a María no dividía su corazón, como dice el Apóstol que el hombre casado tiene su corazón divido. No, el corazón de José no estaba dividido, porque el amor que tenía a su Esposa le colmaba de amor divino todavía más. Así, sin lugar a dudas, José, mientras vivió con Jesucristo, acrecentó sus méritos y su santidad hasta tal punto que podemos ciertamente decir que sobrepasó los méritos de todos los otros santos.

Considerad en primer lugar el amor que José tuvo a santa Esposa. Ella era la mujer más bella de toda la creación; más aún, era la más humilde, la más dulce, la más pura, la más obediente y la más aventajada en el amor de Dios que haya habido jamás entre todos los hombres y todos los ángeles: de tal manera que merecía todo el amor de José que amaba tanto la virtud. Agregad también a esto que José veía cuánto le amaba a él María, quien ciertamente prefería en su corazón a su esposo antes que a todas las otras criaturas. Por otra parte, San José la consideraba la predilecta de Dios, elegida para ser la Madre de su Hijo único. Ahora bien, por todas estas consideraciones, reflexionad cuál debía ser el afecto que conservaba en su corazón el justo y agradecido José para una esposa tan amable.

Considerad, en segundo lugar, el amor que José tenía a Jesús. Cuando Dios eligió a este santo para hacer las veces de padre de Jesús, ciertamente debió grabar en su corazón el amor que convenía a un padre, al padre de un hijo tan amable, al padre de un Niño-Dios. Así, el amor de José no fue un amor puramente humano, como es el amor de los otros padres, sino un amor sobrehumano que le hacía encontrar en la misma persona a un hijo y a Dios. José sabía bien, por la revelación cierta y divina que había tenido del ángel, que este niño, que lo acompañaba siempre, era el Verbo divino, quien se había encarnado por amor a los hombres y en particular a él. Sabía que él mismo lo había elegido entre todos para ser el guardián de su vida, y quería ser llamado su hijo. Ahora bien, considerad qué incendio de amor santo debía arder en el corazón de José cuando pensaba en todo esto y cuando veía a su divino Maestro servirlo como un aprendiz: ora abrir, ora cerrar el taller, ora ayudarlo a cortar madera o usar la garlopa y el hacha; ora recoger las virutas y barrer la casa; en una palabra, obedecerle en todo lo que le mandaba, y, más aún, no hacer nada sino bajo la dependencia de la autoridad que José ejercía como padre.

La prolongada familiaridad de las personas que se aman a veces enfría el amor, porque cuanto más tiempo conviven entre ellos, más se conocen los defectos unos de otros. No ocurría así respecto a San José: cuanto más convivía con Jesús, más conocía su santidad. ¡Juzgad por esto cuánto amaba a Jesús!» (San Alfonso de Ligorio)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)



 

01 mayo 2020

¿Cómo conocer la voluntad de Dios?

Una alumna me preguntó hace unos días cómo saber cuál es la voluntad de Dios por una decisión que tenía que tomar en su vida. Con mucha pobreza me animé a escribirle esto que hoy os comparto también, por si ayuda:

Es cierto que a veces no es fácil conocer la voluntad de Dios. Justo por lo que decías: ¿cómo saber si es cosa mía o de Él? Pero es importante que en el fondo de nuestro corazón esté esta certeza: Dios no juega con nosotros al escondite. Él SIEMPRE quiere lo mejor para nosotros y se busca las maneras para salir a nuestro encuentro. Y nunca deja de responder a aquellos que buscan hacer su voluntad de todo corazón.

Hay algunas claves que se pueden aplicar:

* La más importante: cuando tienes que tomar una decisión, ¿te pones en oración e invocas al Espíritu Santo para que te ilumine? ¿Pides con humildad a Dios su luz y sabiduría para hacer lo más acorde a su voluntad? Cuando acabas la oración, ¿le das gracias por ese momento y le dices que te ayude para que esa decisión, sea o no equivocada, sea siempre para su Gloria?

* La segunda más importante: imagínate que tienes un colador y vuelvas en él un líquido con "grumitos" que tienes en un vaso. Los grumitos se quedarían en el colador, ¿verdad? Vale. Pues ahora imagínate que vuelcas tu decisión sobre el colador del Amor de Dios. ¿Eso que estás pensando pasaría o se quedaría "enganchado"? Es decir, ¿has pasado tu decisión por el filtro del amor? ¿La decisión pasa por el filtro de intentar que sea lo más bueno posible, lo más honrado posible, lo más justo posible... siempre desde el amor? Si presentas tu decisión delante de Dios, ¿Él qué pensaría? ¿La miraría con agrado o no? Esa decisión, ¿me hace más parecido a Jesús o a la Virgen? ¿Qué harían Jesús o María en mi lugar?

* Imagínate que tomas esa decisión en firme. ¿Te da paz? ¿Qué consecuencias se producen? ¿Ves que son buenas? Imagínate que tomas la decisión contraria y hazte las mismas preguntas. ¿Ves si cada una de esas opciones es factible, es decir, que realmente se pueden llevar a cabo?

* La voluntad de Dios pasa por nuestras obligaciones "de estado". Es decir, mis obligaciones del presente, lo que ahora me toca vivir. Esa decisión que tienes que tomar, ¿te separa de tus obligaciones y responsabilidades? ¿Te hace mejor o peor persona?
También es importante tener en cuenta otras cosillas:

* Preguntar a muchas personas al final te va a dar muchas soluciones. Es mejor confiar en el criterio de una, dos o tres como sumo. Eso sí, intenta no buscar a personas de tu "mismo nivel". Es decir, que si necesitas claridad sobre una situación no busques ayuda en alguien de tu misma edad que pueda estar pasando por lo mismo. Es mejor buscar consejo en alguien más maduro, que ya lo haya vivido... que te pueda dar otras perspectivas a las que recibirías de personas que lo miran con tus mismos ojos. Ya hemos hablado de la figura del director o acompañante espiritual. Es bueno buscar uno en quien confiar y a quien abrir el corazón y pedir consejo.

* A veces es bueno preguntar a alguien que esté "metido en el ajo" como tú, pero también a alguien que no, para que te dé un punto de vista desde fuera, algo más imparcial y no tan influenciado por la situación que sea.

* Y, por último... a veces solo toca esperar con paciencia. Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con nuestras prisas. Hay que presentarle al Señor las cosas, dejarlas en sus manos y esperar con confianza a que hable. Eso no quiere decir olvidar el tema sin más (aunque a veces es lo más recomendable: confiarlo a las manos de Dios o a las manos de la Virgen y dejarlo estar, porque si le damos demasiadas vueltas podemos emborronarlo todo), sino que hay que dejarlo con confianza en sus manos y, de vez en cuando, decirle: "Señor, te recuerdo que tenemos este tema pendiente. Y si ya me estás dando una respuesta, por favor, hazlo más claro que no me entero, porque quiero cumplir tu voluntad". Pero hacerlo sin agobios, sin prisas... con confianza y descansando en el saber que Él quiere lo mejor para nosotros.

Y si ves que lleva mucho tiempo sin contestar... la opción de la "puerta trasera" que han usado muchos santos: "¿¡a que se lo digo a tu Madre!?", jeje.

Pero nunca, nunca, nunca olvides la cita de Romanos 8, 28: "Todo sucede para bien de los que ama el Señor". Y si es todo, es todo. Incluso si al final tomas una decisión que después se considera equivocada, Dios proveerá para que al final se pueda sacar algo bueno desde su Amor. Además, a veces equivocarnos nos puede venir bien, para crecer en humildad y en la certeza de que no somos perfectos. No hay nada como darse cuenta de un error y disculparse para crecer en madurez y sabiduría de vida. No hay que tener miedo a equivocarse. Es peor quedarse estancado por no intentarlo, porque así no sabemos lo que realmente nos estamos perdiendo (lo que vendría después) y no crecemos.

Así que... tomes la decisión que tomes... tómala y deja de darle vueltas. Descansa y deja que Él se haga cargo si te has equivocado. Y si no, descansa en saber que lo has hecho bien. Sea como sea... ¡las "ralladas" no son buenas!

Espero haber sido capaz de dar un poco más de luz...


Canción: Quiero hacer tu voluntad
Autor: Nana Angarita



11 abril 2020

SÁBADO SANTO - Como en Nazaret… he aquí a tu esclava

Se ha ido, Madre. Se ha ido.
Un silencio cubre la Tierra.
María, Madre, te acompañamos en este día y aprendemos de tu Inmaculado Corazón a esperar como tú.
Recorremos contigo esta preciosa historia de amor que comenzó cuando le dijiste sí al Padre. Aprendemos de ti a preguntar aquello que no entendemos y después a entregarnos sin miedo, sin medida, hasta el final.
Aprendemos de tu Corazón a hacer silencio ante los designios del Padre, a buscar la voluntad de Dios por encima de todo. Viéndote vivir comprendemos por qué Dios te eligió para ser su Madre. Nadie más hermosa que tú, Madre.
Tus hijos acudimos a ti, Madre. Enséñanos a esperar y amar en el silencio como tú. Prepara nuestros corazones para esa vida nueva que ya llega desde nuestros sepulcros.
Enséñanos a escuchar al Padre como tú, a acoger el Espíritu como tú, para que demos a Cristo a luz en el mundo... como tú.

Canción: El Diario de María.
Autor: anónimo, interpretado por Mónica Arroyo con Martín Valverde Rojas.

13 agosto 2019

Vivir el duelo desde la esperanza

Os comparto un artículo que me han pedido para la página Misioneros Digitales Católicos, con la que colaboro. 

Vivir el duelo desde la esperanza

Sé que no es fácil vivir lo que indica el título de este artículo. Es más, realmente es un regalo de la Gracia del Señor poder hacerlo. Y bendito sea Dios porque es así. Si sólo tuviéramos que contar con nuestras fuerzas no sé dónde acabaríamos, como con todo lo que vivimos en nuestra vida cristiana.
Pero el Señor, nuestro Señor, nuestro Dios, es un Dios Misericordioso. Y esto es importante recordárnoslo una y otra vez a lo largo de nuestra vida. Cada instante de ella, cada segundo. Y en especial en los momentos más difíciles, como es el momento de la pérdida de un ser querido. O una pérdida de cualquier tipo: amorosa, laboral, enfermedad, una amistad… en todos ellos debemos vivir el proceso del duelo.  

Así que comencemos recolocando nuestro corazón en Aquel que nos ama con locura, que está siempre con nosotros, que nos acompaña en cada momento, feliz o doloroso. Volvamos a recordar (re-cordar: volver a pasar por el corazón) la certeza de que nuestro Dios es Dios Misericordioso. Que Él es Amor, bondad, ternura, suavidad, gozo, compañía, sostén, consejo… y fiel, profundamente fiel. Y que en esta fidelidad de Dios podemos descansar, pues Él nos ha prometido que la prueba nunca superará a la Gracia que nos da para vivirla (cfr. 2 Corintios 12, 9) y que es un Dios de vivos, no de muertos (cfr. Marcos 12, 27). Y fijaos qué preciosidad nos ha prometido:

«Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.» (Juan 6, 37-40)

Esta es la voluntad del Padre, manifestada y cumplida a través del Hijo, por medio de la Gracia del Espíritu Santo: la resurrección y la vida eterna. ¡Resurrección y vida eterna! La muerte no tiene la última palabra.

Y si ponemos nuestro corazón en estas promesas es cuando podemos realmente descansar. Aún en medio del dolor, aún en medio del sufrimiento, donde Él siempre nos acompaña y nos da su Gracia para vivirlo podemos tener esperanza, como un ancla firme a la que agarrarnos en la tormenta que estamos viviendo.

Y con humildad y sencillez, sabiéndonos hijos amados y predilectos del Padre, abrirle ese corazón dolorido en oración: “Señor, mi Señor y mi Dios, Padre amoroso y compasivo, de cuyas manos he salido, en cuyo regazo me mantengo, en cuyo abrazo podré pasar toda la eternidad. A Ti entrego mi vida y mi corazón herido. Te entrego este momento que estoy viviendo. Te entrego aquello que me duele, depositándolo con confianza en tus amorosas manos. Sé que Tú eres un Dios de vida, de vida eterna, y no de muerte. Sé que tu voluntad brota siempre de tu Corazón lleno de Amor y ternura por mí y por mis seres queridos. Por eso te entrego con confianza y esperanza este momento, esta situación, a esta persona… para que Tú lo llenes de tu Amor, para que recrees lo que está roto, para que restaures lo que está herido, para que lo llenes de nuevo de tu Vida. Espero en Ti, confío en Ti, descanso en Ti”.

"Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Romanos 8, 28). Jesús, en Ti confío. 

Canción: Confía
Autora: Andrea Arias


18 febrero 2019

Rostros de luz

Hace unos días me encontré por casualidad con una vieja amiga. Una amiga de esas de peregrinaciones diocesanas y risas compartidas. Yo andaba por una parte de Madrid por la que no suelo ir y ella estaba allí trabajando en un centro comercial.

Me encantó el encuentro. Y sobre todo lo que compartí con ella. Su trabajo es cara al público y no parece muy fácil. Sin embargo, no perdía la sonrisa y la amabilidad en ningún momento. 

Hablamos de ello y me dijo que otras personas le habían comentado lo mismo. Incluso un sacerdote que solía pasar por allí una vez le preguntó si era cristiana, pues con su sonrisa "tenía algo distinto, pues mostraba un rostro de luz".

Cuando volvía hacia mi casa pensaba en ello y daba muchas gracias por el regalo de estos "santos de la puerta de al lado" (cfr. Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Gaudete et exultate, que puedes leer entera aquí: GAUDETE ET EXSULTATE). Son los rostros visibles del inmenso regalo de la fe y fruto de los dones del Espíritu Santo que recibimos en nuestro Bautismo.

Y me llevó a otro recuerdo, esta vez más cercano: en Navidad tuve ocasión de acercarme a la parroquia donde fui bautizada. Hacía algún tiempo que no iba y me sorprendió ver que habían hecho obras, arreglándola. Empujé la puerta del templo, observando los cambios realizados en la entrada. Y al mirar hacia dentro, con la iglesia en penumbras y el corazón dando gracias por el regalo del Bautismo que allí recibí, mi mirada se quedó clavada en lo que unos focos de luz querían destacar: el imponente Cristo crucificado del presbiterio y una hermosa frase. 

 ERES UN REGALO PARA MÍ

Sí, eso es lo que dijo el Padre sobre nosotros el día de nuestro Bautismo: "Y una voz que salía de los cielos decía: Este es mi Hijo amado (Cristo y tú y yo, hijos amados en Él), en quien me complazco" (Mateo 3, 17)

Es la frase que latía en el Corazón de Cristo cuando daba la vida por nosotros en la cruz, sin mirar nada más que el inmenso Amor que nos tiene y su anhelo por compartir la vida eterna con Él.

Es la frase que dice el Espíritu en nosotros cada vez que dejamos que el regalo del Bautismo se manifieste y somos testigos de su Amor derramado, viviendo como otros Cristos en medio del mundo.

Soy un regalo para Dios. Eres un regalo para Dios. Somos un regalo para Dios. Mi amiga lo es para todos los que diariamente se cruzan con ella, por ser reflejo de todo lo recibido por Él en su vida a través de la fe. Su rostro de luz es reflejo del rostro de Dios. 

"Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo. Y este es el mensaje que hemos oídos de él y que os anunciamos: Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado" (1 Juan 1, 3-7)

Seamos testigos. Seamos luz.


Canción: Hija de Dios
Autora: Verónica Sanfilippo
https://youtu.be/Gje5M8wbctI




11 junio 2018

Hoy quiero ser el hijo mayor de la parábola...

Hoy quiero ser el hijo mayor de la parábola del Hijo Pródigo (o del Padre Misericordioso) (Lucas 15, 11-32)

Sí, hoy quiero ser ese hijo, pero de un modo nuevo. Con la novedad que siempre nos regala Dios para nuestra vida por medio del Espíritu Santo.

Quiero estar tan cerca del Corazón del Padre que sienta su mismo dolor por el hijo que desconoce su Amor y se marcha de Casa. Y así, tan cerca, ser partícipe de su mismo dolor y ser para Él fuente de ternura y consuelo. Porque el Señor busca consoladores pero no siempre los encuentra...

"El oprobio me ha roto el corazón y desfallezco. Espero compasión, y no la hay, 
consoladores, y no encuentro ninguno" (Salmo 69, 21)

Quiero ser corazón intercesor junto al Corazón del Padre, con María, la Madre, que siempre ora e intercede por sus hijos para que vuelvan a Casa; para que recuerden dónde se halla su dignidad de verdaderos hijos, dónde hallarán la felicidad que tanto buscan en lugares donde no pueden hallarla...

"Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de Aguas Vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen" (Jeremías 2, 13)

Quiero estar con el Padre a la puerta de la Casa esperando, esperanzada, para ver, aun cuando estén todavía lejos (cfr. Lucas 15, 20), a mis hermanos alejados, a mis hermanos pródigos, que vuelven a Casa. Y correr, con Él y como Él, con el corazón conmovido a su encuentro y ser testigo de ese abrazo reparador, sanador, misericordioso, que tiene prisa por restituir el mejor vestido (cfr. Lucas 15, 22) de ese alma que vuelve a Casa. ¡Y celebrar la fiesta de la eterna Pascua!

"¡En Ti se gocen y se alegren todos los que te buscan! Repitan sin cesar:
¡Grande es el Señor!, los que aman tu salvación" (Salmo 40, 17)

Y quiero escuchar al Padre que me dice: "Hija, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo" (cfr. Lucas 15, 31). Y sentir que mi corazón se inunda de gozo... Sí, Él siempre está conmigo y yo siempre estoy con Él. Y todo lo suyo (todo su Corazón, su Amor, su ternura, su Misericordia... hasta su misma vida eterna) son míos. ¡Míos... y para siempre!

Todos somos hijos pródigos... todos somos hijos mayores... 
¿Qué lugar escoges hoy junto al Corazón del Padre?

Canción: Todo lo espero de Ti
Música y letra: Pablo Martínez
Artistas invitados: Athenas Vénica y Tobías Buteler.