«José se levantó enseguida, y,
siguiendo la orden que había recibido, tomó al niño y a su madre durante la
noche y partió a Egipto. Consideraré aquí la obediencia de este hombre justo y
me propondré imitarlo, porque tal obediencia encierra los cuatro grados que constituyen
la perfección de esta virtud.
José obedece con entera sumisión
de juicio. A la primera palabra del ángel, acepta sin discutir la orden divina.
Él podría decirle al Señor que hay vías más fáciles y más suaves para librar a
su Hijo; que si la huida es necesaria, al menos le ordene ir a Arabia, o a
Samaria, y no a Egipto. Pero, lejos de este corazón recto el pensamiento de una
objeción aun plausible. San José se somete respetuosamente y calla. El
embajador celestial cumplió su misión ante él y no tiene la curiosidad de saber
más. No le hace, pues, ninguna pregunta, y así cumple al pie de la letra el
consejo que nos da el Espíritu Santo en el libro del Eclesiástico: “No busquéis
lo que está por encima de vosotros: no tratéis de penetrar lo que sobrepasa
vuestras fuerzas, sino pensad siempre en lo que Dios os ha ordenado hacer y no
examinéis curiosamente todas sus obras”.
José obedece con valor y
magnanimidad. La ejecución del mandato es difícil. Se trata de abandonar su
casa y su país, renunciar a todo trato con los suyos, ir al exilio en una
región lejana y desconocida, y todo ello sin ningún auxilio humano. Pero el deseo
que tiene de cumplir la voluntad divina le hace sacrificar generosamente la suya.
¿Osaré decirlo? Su obediencia supera a la de Abraham, porque este santo
patriarca salió, es cierto, de su país y olvidó la casa de su padre para ir
adonde Dios lo llamaba; pero llevaba con él inmensas riquezas y lo acompañaban
gran número de servidores.
San José obedece puntualmente y
sin dilación. No prolonga su sueño hasta la mañana; no se queda en la cama el
resto de la noche, sino que se levanta inmediatamente, manifiesta a su santa
esposa la revelación del Ángel y, en el mismo momento, parten sin preocuparse
de llevar nada consigo. Están, pues, en camino antes del amanecer, para cumplir
exactamente la orden que les ha sido dada, huir en secreto, y eso lo pueden
hacer gracias a las sombras de la noche.
María y José obedecen con
satisfacción y alegría. Las jornadas son largas y penosas; están desprovistos
de todos los recursos que podrían aliviar el cansancio del viaje. Pero ellos
casi no piensan en esas privaciones; la alegría interior que sienten les quita
todo sentimiento de pesar; dos pensamientos ocupan su mente: Dios quiere que
sufran, y la voluntad divina es para ellos el más sólido consuelo; además,
tienen con ellos al divino Niño. Su dulce compañía es más que suficiente para
llenar de encanto su soledad; esta ocupa para ellos el lugar de todo, en medio
del más completo abandono. Por eso, no buscan fuera de él los auxilios y las
distracciones que se procuran comúnmente con tanta diligencia los otros
viajeros.
¡Oh Dios todopoderoso!, que
inspiráis a María y a José los sentimientos de una obediencia tan perfecta, os
suplico, por sus méritos, me los concedáis a mí, a fin de que os obedezca como
ellos, con una total sumisión de juicio, con valor, prontitud, alegría, animado
del único deseo de hacer vuestra voluntad, y lleno de confianza en que vuestra
Providencia no me abandonará jamás, mientras yo ponga todos mis cuidados en
conformar mis deseos con los vuestros» (Venerable Luis de la Puente)
(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)