jueves, 27 de junio de 2019

El corazón del voluntario (y del cristiano) a imagen del Corazón de Cristo (3ª parte)

Terminamos nuestro particular "triduo" camino a los actos centrales de la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (Getafe, Madrid)

La renovación de la Consagración se hará en el marco incomparable de una celebración eucarística. Por ello, hoy nos vamos a acercar al corazón eucaristíco del voluntario (y del cristiano), con un texto precioso del Papa Francisco de la catequesis impartida en la audiencia general del 4 de abril del 2018:

"...sabemos que mientras la misa finaliza, se abre el compromiso del testimonio cristiano. Los cristianos no van a misa para hacer una tarea semanal y después se olvidan, no. Los cristianos van a misa para participar en la Pasión y Resurrección del Señor y después vivir más como cristianos: se abre el compromiso del testimonio cristiano. Salimos de la iglesia para «ir en paz» y llevar la bendición de Dios a las actividades cotidianas, a nuestras casas, a los ambientes de trabajo, entre las ocupaciones de la ciudad terrenal, «glorificando al Señor con nuestra vida» (...) Cada vez que salgo de la misa, debo salir mejor de como entré, con más vida, con más fuerza, con más ganas de dar testimonio cristiano. A través de la eucaristía el Señor Jesús entra en nosotros, en nuestro corazón y en nuestra carne, para que podamos «expresar en la vida el sacramento recibido en la fe» (Misal Romano. Colecta del lunes en la Octava Pascua)

De la celebración a la vida, por lo tanto, consciente de que la misa encuentra el término en las elecciones concretas de quien se hace involucrar en primera persona en los misterios de Cristo. No debemos olvidar que celebramos la eucaristía para aprender a convertirnos en hombres y mujeres eucarísticos. ¿Qué significa esto? Significa dejar actuar a Cristo en nuestras obras: que sus pensamientos sean nuestros pensamientos, sus sentimientos los nuestros, sus elecciones nuestras elecciones. Y esto es santidad: hacer como hizo Cristo es santidad cristiana. Lo expresa con precisión san Pablo, hablando de la propia asimilación con Jesús, y dice así: «Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 19-20). Este es el testimonio cristiano. La experiencia de Pablo nos ilumina también a nosotros: en la medida en la que mortificamos nuestro egoísmo, es decir, hacemos morir lo que se opone al Evangelio y al amor de Jesús, se crea dentro de nosotros un mayor espacio para la potencia de su Espíritu. Los cristianos son hombres y mujeres que se dejan agrandar el alma con la fuerza del Espíritu Santo, después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¡Dejaos agrandar el alma! No estas almas tan estrechas y cerradas, pequeñas, egoístas, ¡no! Almas anchas, almas grandes, con grandes horizontes... dejaos alargar el alma con la fuerza del Espíritu, después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo."

La verdad es que no se puede decir nada más ni mejor... 

Parafraseando al Papa Francisco, el voluntario es hombre y mujer eucarístico, que en su servicio deja actuar a Cristo a través de sus manos, de sus gestos, en lo más pequeño y sencillo y en lo más grande; 

que su mirada y sus oídos están impregnados de Cristo y por ello sus pensamientos son los de Cristo;

que su corazón late al unísono del Corazón de Cristo y por ello sus sentimientos son los de Cristo;

que su anhelo es cumplir la voluntad del Padre y por ello sus elecciones son las de Cristo;

y, con todo ello, vive la plenitud de su vocación cristiana: la santidad. 

El voluntario está llamado a ser santo. Con un alma generosa, con un alma magnánima, lleno de la fuerza del Espíritu Santo que le agranda el alma. "¡Dejaos agrandar el alma! No estas almas tan estrechas y cerradas, pequeñas, egoístas, ¡no! Almas anchas, almas grandes, con grandes horizontes... dejaos alargar el alma con la fuerza del Espíritu..."

Los actos centrales comienzan mañana. Vivamos y sirvamos con magnanimidad de alma y mirándole a Él, sólo a Él...




miércoles, 26 de junio de 2019

El corazón del voluntario (y del cristiano) a imagen del Corazón de Cristo (2ª parte)

Continuamos con nuestro particular "triduo" camino a los actos centrales de la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (Getafe, Madrid)

"Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua; y envió a Pedro y a Juan, diciendo: "Id y prepararnos la Pascua para que la comamos". Ellos le dijeron: "¿Dónde quieres que la preparemos?". Les dijo: "Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre, y diréis al dueño de la casa: "El Maestro te dice: ¿dónde está la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?". Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; haced allí los preparativos". Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua." (Lucas 22, 7-13)

El Señor ha soñado con cada uno de los voluntarios para este momento concreto. Ya hace 100 años estaba pensando: ¿a quién elegiré para la renovación de esta Consagración? Y ahí estábamos cada uno de nosotros, elegidos y enviados con nuestro nombre concreto, como Pedro y Juan fueron enviados.

Y su envío es claro: "Id a prepararnos la Pascua". La Pascua, el paso del Señor. El Señor quiere pasar y hacerse de nuevo el encontradizo con su pueblo en el marco de una Pascua cristiana, es decir, la eucaristía.

Y nos dice el lugar concreto para este encuentro: en el piso superior. El Cerro de los Ángeles es ese piso superior, es el lugar elevado del encuentro con el Corazón de Cristo. Es un lugar ya dispuesto "tal y como les había dicho", únicamente hay que hacer los preparativos: engalanar el lugar para la gran fiesta del encuentro del Corazón de Jesús con sus amados hijos.

Y, al mismo tiempo, nosotros estamos a la puerta de este Corazón, enseñando la "sala grande", el lugar del encuentro. Invitando a entrar en él, siendo las manos del Corazón de Jesús que levantan y acarician, su mirada que acoge, su sonrisa que suaviza, sus oídos prestos a la escucha, su corazón presto a la Misericordia y a la compasión...

Pero sólo somos "lugar de paso". Los peregrinos tienen que entrar más adentro, encontrarse con Él, no quedarse en nosotros. Que cuando recuerden este día siempre piensen en el Corazón de Jesús y en el gran día de fiesta que vivieron. Ojalá no recuerden ningún gesto ni palabra que no vaya acorde ni sea digno de Él...

El gran día se acerca. Dejemos que cada uno de nuestros actos, palabras, gestos... sirva para reparar su Corazón de todas aquellas ocasiones donde no le hemos amado. Dejemos que el Espíritu Santo siga modelando nuestro corazón a imagen del de Cristo...



martes, 25 de junio de 2019

El corazón del voluntario (y del cristiano) a imagen del Corazón de Cristo (1ª parte)

Como sabéis, este año estamos celebrando el Centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles (Getafe, Madrid). Y... ya está aquí mismo, la celebración tendrá lugar este próximo Domingo día 30.

La verdad es que la idea de escribir esta entrada surgió un par de estaciones atrás. Pero los tiempos de Dios no son los nuestros y Él ya sabía que estos días tendría más tiempo para rezar y preparar mi corazón para el evento, cuando el intenso trabajo de estos meses pasados no me lo hacía ni imaginar.

Por pura Misericordia, tengo el regalo de ser una de las voluntarias elegidas por el Corazón de Jesús para servirle a Él, a los demás voluntarios y a los peregrinos que suben al Cerro. Estábamos en Misa en la Cripta, a los pies del Monumento, con el típico frío que siempre hace dentro en invierno. A unos metros delante de mí, una señora volcó su bolso, desparramándose todo el contenido por el suelo. Una voluntaria se encontraba cerca, atenta (como siempre están) a la necesidad que pudiera surgir y se lanzó rauda a ayudar a la señora. 

Este gesto me llenó de gozo, de una inmesa ternura por la voluntaria y la señora y, por qué no decirlo, de cierto orgullo al levantar la mirada y ver a todos los demás voluntarios desperdigados por la nave, dispuestos, atentos y con el corazón anhelando servir. Y así surgió en mi corazón la voz del Señor que me decía: ¿por qué no escribes una entrada sobre ello? E inmediatamente me vino el título que nos preside. 

Pero, como decía, los tiempos de Dios no son los nuestros y, hasta ahora, Él no había querido que me pusiera a ello. Y creo que lo entiendo, pues muchas cosas hemos vivido en estos meses y es ahora, en este momento, a punto de celebrar el evento, cuando el corazón está maduro por todo lo vivido. Lo bueno y lo no tan bueno. Todo, todo, ha servido al Corazón de Jesús para ir modelando nuestro corazón a imagen del suyo. Como en un triduo, tres entradas de este blog nos darán paso al inicio de los actos centrales el próximo viernes.

Y para ello, en su divina providencia dispuso ayer la celebración de la Natividad de San Juan Bautista la preciosa primera lectura que rezamos:

"Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
 Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor, defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra»." (Isaías 49, 1-6)


Los voluntarios del Corazón de Jesús somos aquellos llamados desde el vientre materno para servirle. Desde las entrañas de nuestra madre pronunció nuestro nombre y nos llamó, uno a uno, para estar con Él. No estamos aquí por casualidad, estamos aquí porque Él nos ha elegido. Ni más ni tampoco menos. No es mérito nuestro, es pura Misericordia suya.

Nos esconde en la sombra de su mano, guardándonos como siervos preciosos, pues sabe que por medio de nuestra pobreza, al ponerla totalmente a su servicio, Él será glorificado. No será nuestra la Gloria, que sólo a Él es debida, si todo sale bien y los peregrinos vuelven a casa con su ser lleno de gozo y más Amor del Señor. Deberemos, con humildad, repetir "siervo inútil soy, hice lo que debía hacer" (cfr. Lucas 17, 10)

Puede que a veces tengamos la tentación, fruto del cansancio, algunas decepciones e incluso heridas provocadas entre nosotros, de quedarnos en la queja de pensar que en vano nos cansamos, que "en viento y en nada" gastamos nuestras fuerzas, que nadie ve ni nos agradece lo suficiente por todo lo que hacemos... y que olvidemos que es el Señor (Aquel que nos conoce bien, que conoce nuestras intenciones, lo que nos hiere y nos hace gozar) y sólo el Señor nuestra recompensa. Que el simple hecho de estar al servicio suyo y de los demás, de poder subir al Cerro a servirle, ya es un inmenso privilegio. Que sólo en Él podremos encontrar nuestro descanso y restaurar nuestras fuerzas (físicas y afectivas) gastadas, recolocando nuestro corazón en el por Quién y para Quién estamos aquí.

Y una vez puesto de nuevo todo en su sitio... escuchar su promesa eterna: déjate inundar por mi Luz y así serás luz para los demás, pues yo te he llamado para ser reflejo de mi Corazón en este lugar. 


martes, 11 de junio de 2019

¿Tengo aquello que tengo que dar gratis?

"Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis" 
(Mateo 10, 7-8)

Hoy me han resonado con fuerza estas palabras de Jesús en el Evangelio: "Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis"

Creo que a todos nos puede pasar que, de tanto escuchar un Evangelio o pensando aquello de "ya me lo sé", sin querer "desconectemos" durante su lectura en la Eucaristía o en cualquier otro ámbito. 

Tengo que reconocer que mí me pasa a veces. Y hoy me ha pasado tras escuchar aquello de "Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis". Me he "perdido" el resto del Evangelio. Menos mal que luego tenemos mil y una formas de volver a leerlo y rezarlo...

Y me lo he "perdido" porque me he quedado enganchada en esa frase. Instantáneamente me ha venido esta pregunta con fuerza: y tú, Elena, ¿en verdad has recibido aquello que tienes que dar gratuitamente?

Porque, ¿cómo voy a vivir en mi ser y ser portadora para otros de los signos del reino de Dios si no he dejado que primero se manifiesten en mi vida?

¿Dejo que el Señor cure mis enfermedades, físicas y del alma?

¿Dejo que el Señor resucite en mí aquello que está herido de muerte o a punto de morir?

¿Dejo que el Señor, en su infinita Misericordia, vaya limpiando mis lepras, esas por donde se me escapa la vida a pedazos?

¿Dejo que, poco a poco, triunfen la Bondad y el Bien de Dios en mi vida y se manifieste su victoria sobre mis pecados y sobre la influencia que pueda tener el mal a través de tentaciones, engaños, mentiras... del enemigo?

Acabamos de vivir Pentecostés y nos encontramos de lleno inmersos en el mes del Corazón de Jesús. Ante estas preguntas sólo me queda desnudar con simplicidad y humildad mi pobreza ante Dios, suplicar que el Espíritu Santo siga obrando en mí y orar con constancia para que el Señor en su bondad haga mi corazón semejante a su Corazón.

Creo que sólo así, dejándome hacer por Él, realmente seré portadora de los signos del reino.

Y tú, ¿te dejas hacer?

Canción: Quema mi vida
Artista: Jon Carlo

 

viernes, 3 de mayo de 2019

Mes de mayo, mes de María

Os comparto una colaboración en la página de los Misioneros Digitales Católicos.

Las expresiones de religiosidad popular son un regalo dentro de nuestra Iglesia cuando son bien vividas. Y una de ellas es vivir el mes de mayo dedicado a nuestra Madre. 

Algunos autores ven en esta manifestación de religiosidad popular una cristianización de una celebración pagana: la costumbre nació en la antigua Grecia. El mes mayo era dedicado a Artemisa, la diosa de la fecundidad. Algo similar sucedía en la antigua Roma pues mayo era dedicado a Flora, la diosa de la vegetación. En aquella época celebraban los ludi florals o los juegos florales a finales de abril y pedían su intercesión. De hecho, mayo debe su nombre a la diosa de la primavera Maia.

En la época medieval abundaron costumbres similares, todo centrado en la llegada del buen tiempo y el alejamiento del invierno. El 1 de mayo era considerado como el apogeo de la primavera en Europa.
Durante este período, antes del siglo XII, entró en vigor la tradición de Tricesimum o "La devoción de treinta días a María". Estas celebraciones se llevaban a cabo del 15 de agosto al 14 de septiembre y todavía puede observarse en algunas áreas. Con su poesía Ben vennas Mayo de las Cantigas de Santa María, Alfonso X el Sabio nos revela que ya existía en la Edad Media, al menos en España.

La idea de un mes dedicado específicamente a María se remonta al siglo XVII. Fue en esta época que el mes de mayo y de María se combinaron, haciendo que esta celebración cuente con devociones especiales organizadas cada día durante todo el mes. Esta costumbre se extendió sobre todo durante el siglo XIX y se practica hasta hoy.

La Iglesia la ha alentado, por ejemplo concediendo indulgencias plenarias especiales y con referencias en algunos documentos del Magisterio, como la encíclia Mense Mayo de Pablo VI en 1965. San Juan Pablo II afirmó en una audiencia general al empezar el mes de mayo en 1979: “El mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de modo particular de Ella. En efecto, este es su mes. Así pues, el período del año litúrgico, [Resurrección], y el corriente mes llaman e invitan nuestros corazones a abrirse de manera singular a María”.

La Iglesia nos alienta en este tiempo a no dejar que pase en balde. Es una oportunidad maravillosa para reflexionar en las principales virtudes de nuestra Madre: María era una mujer de profunda vida de oración, vivía siempre cerca de Dios. Era una mujer humilde, es decir, sencilla; era generosa, se olvidaba de sí misma para darse a los demás; tenía gran caridad, amaba y ayudaba a todos por igual; era servicial, atendía a José y a Jesús con amor; vivía con alegría; era paciente con su familia; sabía aceptar la voluntad de Dios en su vida.

Sea cual sea su origen, la celebración de este mes de mayo es más que una tradición entre los cristianos, es un homenaje y una acción de gracias hacia quien es nuestra Madre. Como "regalos" para ella, se suelen hacer muchas cosas:

*Mirar a María como una Madre. Confiarle todo lo que nos pasa: lo bueno y lo malo. Saber acudir a ella en todo momento.

*Demostrarle nuestro cariño: hacer lo que ella espera de nosotros como hijos suyos que somos y recordarla a lo largo del día.

*Confiar plenamente en ella: muchas de las Gracias que Jesús nos da pasan por las manos de María y es ella quien intercede ante su Hijo por nuestras dificultades.

 *Imitar sus virtudes: esta es la mejor manera de demostrarle nuestro amor, dejándonos hacer como ella se dejó hacer por Dios.

*Rezar en familia las oraciones especialmente dedicadas a María. La Iglesia nos ofrece bellas oraciones como el Ángelus o el Regina Caeli (en el Tiempo Pascual) a mediodía, la Consagración a María y el Rosario.


Aprovechemos cada minuto de estos 31 días para abrir nuestro corazón a María. Para pedirle que haga nuestro corazón semejante a su Inmaculado Corazón. Que por su intercesión nos conceda el Señor la Gracia de vivir amando con su misma delicadeza, dulzura y ternura. Y que, algún día, nos conduzca a su lado para vivir la Pascua eterna en una bienaventuranza sin fin contemplando el rostro amado de Dios.


Canción: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
Autor: Martín Valverde


sábado, 13 de abril de 2019

Es tiempo de estar con Dios (Domingo de Ramos)

Muchas veces he escuchado o leído aquello de que, cuando uno está más cerca de Dios, su Luz intensa provoca que no lo puedas en ocasiones ver. Es la experiencia de la oscuridad de los santos, por ejemplo.

Pero hasta hace poco no ha surgido en mi corazón pensar en ello de forma espontánea. Y ha sido, una vez más, frente al mar.

Caminaba hacia un lugar conocido, en lo alto, donde sabía que podía ver el mar en el horizonte. Había algunas nubes pero el sol brillaba. Según subía, en un determinado lugar, miré entre las copas de los árboles, pues sabía que desde allí también podía verse.

Sin embargo, sólo vi blanco. Un blanco brillante.

Por un instante surgió la duda y la queja en mi corazón: ¿acaso las nubes o la neblina marítima me impedirían ver el mar cuando llegara a lo alto, como ahora parecía que estaba ocurriendo entre los árboles?

Y entonces comprendí: no es la niebla, es la luz del sol reflejando en el mar lo que hace que brille y no lo puedas ver con claridad.

Efectivamente: al subir del todo, la belleza del mar se extendía ante mis ojos en el vasto horizonte.

Comenzamos la Semana Santa. Y puede que nos ocurra lo mismo: los misterios de la vida de Cristo se van a mostrar ante nuestros ojos en su más profunda belleza. Los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección nos hablarán con una inmensa claridad de quién es Dios, quiénes somos nosotros, para qué hemos sido creados, la necesidad de nuestra redención para alcanzar el regalo de una vida gloriosa y eterna junto al Corazón de nuestro Amado Creador.

Se nos va a mostrar tan cerca y tan radiante su vasta Misericordia que puede que quedemos cegados, o que creamos que lo estamos, y nos perdamos en oscuridades y tinieblas.

Hoy en mi corazón brota una oración: que no sea así, Señor. Que me deje deslumbrar por tu Luz insondable y admirable. Que me deje amar, perdonar, redimir. Que me deje hacer. Que ni por un segundo me quede mirando mis tinieblas, sino que me deje penetrar por la inmensidad de tu Misericordiosa Luz. Que no olvide ni por un instante quién eres Tú y quién soy yo: el Todo y la nada. Y que no me pierda por mis naderías las maravillas de tu Todo.

Comienza la "semana grande". Es tiempo de estar con Dios, de estar solo con Él. Nos vemos a la vuelta.

Feliz y santa Semana Santa.

Canción: Todo es tuyo
Autor: Athenas
https://youtu.be/Haj7OJRS8Y4
 

sábado, 6 de abril de 2019

Lo que ves no es lo que hay. Hay más (V Domingo de Cuaresma)

"Lo que ves no es lo que hay. Hay más"

Esta frase pertenece al anuncio publicitario de un móvil, cuya marca ahora no recuerdo, y que vi en la parada de un autobús. Inmediatamente la relacioné con nuestro Dios.

Él siempre nos mira así: lo que nosotros vemos no es lo que hay, hay más. Y Jesucrito siempre lo ve. Siempre. Él nos mira como nadie nos mira. Con profundidad, con Misericordia, con sanación... con perdón...

Como en el evangelio de hoy: Jesús no ve a una mujer adúltera. Ve a la hija de su Amor. Ve a su hija amada, llamada a ser redimida, sanada, perdonada... Una mirada que se inclina, se abaja y se pone a nuestra altura, para que, estemos como estemos, podamos encontrarnos con sus ojos y sentirnos inmensamente amados (cfr. Juan 8, 6. 8)

Exactamente igual que aquellos que la juzgaban y pretendían apedrearla. Exactamente igual, porque ellos también eran mirados por su Corazón como amados y llamados a la redención y el perdón. Por ellos también moriría en la cruz.

Porque el evangelio de este Domingo es eso: un precioso anticipio del Viernes Santo. Es la Misericordia de Dios llenándonos de su perdón. Es el Corazón de Cristo que sale a nuestro encuentro, abierto de par en par (como en la cruz) mostrándonos su Amor infinito. Redimiendo nuestro ser y devolviéndonos nuestra inmensa dignidad de hijos de Dios, llamados a una vida en plenitud. Ya aquí y ahora, y por toda la eternidad. 

Ante una mirada así, ante el Corazón de nuestro Dios que se nos entrega así, cómo no exclamar como San Pablo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura por ganar a Cristo" (Filipenses 3, 8)

Dejémonos mirar así. Dejemos que Dios realice su plan sobre nosotros. Escuchemos su Palabra sobre nuestra vida:

"No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?" (Isaías 43, 18-19)


Canción: Quién me quita
Autor: Kiki Troia
https://youtu.be/WVJ4yU2l2oc


sábado, 30 de marzo de 2019

A ganar o morir... (IV Domingo de Cuaresma)

"...y nadie le daba de comer" (cfr. Lucas 15, 16)

Nadie le daba de comer... Al hijo pródigo, que contemplamos en el evangelio de hoy (Lucas 15, 1-3. 11-32), nadie le daba de comer. En otra versión, el evangelio dice "nadie le daba nada" (Lucas 15, 1-3.11-32)

Nadie. El hombre de hoy, lejos de Dios, tiene hambre y sed. Pero no encuentra en este mundo nada ni nadie que le colme esa hambre y esa sed. Nada ni nadie. 

¿Y nosotros? ¿Nos encuentra a nosotros? ¿Encuentra en nosotros ese "ministerio de la reconciliación" del que habla San Pablo en la segunda lectura?

 "Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo 
y que nos confirió el ministerio de la reconciliación." (2 Corintios 5, 18)

El Señor, una vez más, en su infinita Misericordia, nos hace partícipes de su plan de Amor y Redención de la humanidad. Quiere contar con nosotros, no quiere hacer nada sin nosotros. Nos invita a dejarnos hacer por el Espíritu Santo a imagen de su Corazón y, como Él (cfr. Lucas 15, 20), salir al encuentro del hijo de sus entrañas que está perdido en medio de este mundo que no puede llenar el corazón del hombre.

Nosotros hemos encontrado en su Corazón aquello que nos colma, aquello que nos convierte en criaturas nuevas:

 "El que vive según Cristo es una criatura nueva. Para él todo lo viejo ha pasado, 
ya todo es nuevo" (cfr. 2 Corintios 5, 17)

Yo hoy miro mi vida y me pregunto: ¿me lo creo? ¿Me creo que soy una criatura nueva en Cristo? Y si me lo creo... ¿se me nota? Y si me lo creo... ¿lo comparto con este mundo que muere de hambre y sed como lo que es, el mayor tesoro que he encontrado, aquello que da sentido a mi vida? ¿Ejerzo el ministerio de la reconciliación, como embajadora suya (cfr. 2 Corintios 5), a imagen de Cristo, dejando que por mi medio Dios exhorte a aquellos que realmente no le conocen, aquellos que vagan buscando aquello que sólo Cristo puede darles? ¿Tengo compasión del Corazón herido de Dios, que sigue esperando cada día la vuelta de sus hijos, y colaboro con Él para que sus hijos vuelvan a casa? ¿Soy consciente de que esto es una guerra sin tregua, en el "campo de juego" del mundo, contra el mal y por la salvación de las almas?

"Somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!" (cfr. 2 Corintios 5, 20)

¿O me estoy reservando la vida...? 

Canción: A ganar o morir
Autor: Kiki Troia

 

domingo, 24 de marzo de 2019

Dejándose "atufar" por Dios (III Domingo de Cuaresma)

Me encanta cuando el Señor me sorprende. Y la verdad es que suele ser muy a menudo. Cuanto más nos acercamos al Señor y a su Amor, más nos damos cuenta del abismo de Misericordia que hay detrás y todo se convierte en una continua novedad y sorpresa. Y como este abismo es insoldable, infinito, inabarcable desde nuestra pobreza... pero puesto a nuestro alcance por su parte con profunda ternura y delicadeza... no hay palabras para expresar tanta gratitud.

Y hoy el Señor me ha sorprendido de nuevo. En miles de pequeños detalles. Me quedo con uno: la lectura del evangelio de hoy (que os invito a rezar con profundidad pues, como siempre, no tiene desperdicio. Aquí lo podéis encontrar: https://www.vaticannews.va/es/evangelio-de-hoy.html)

Como si lo escuchara/rezara por primera vez, me he quedado "enganchada" en la palabra estiércol. Desde hace unos días, en mi ciudad se nota el comienzo de la primavera. Andar por las calles se convierte en toda una maravillosa aventura llena de disparidad de olores, mezclando el aroma de las incipientes flores con el profundo "tufillo" del estiércol.

Y hoy el evangelio me dice que, para que mi vida dé fruto, el Señor ve necesario echar estiércol en ella. Huele mal, está creado con excrementos de animales, si lo pisas vas dejando una huella negruzca... pero es necesario. Para Dios es necesario porque para mí es necesario.

Y en esa imagen del estiércol cada uno de nosotros puede poner tantas cosas... Nuestras pobrezas, nuestros pecados, todo aquello que nos hace sufrir y temblar, nuestras cruces... 

A mí me encantaría ser una eterna primavera: siempre llena de luz a raudales, de flores hermosas y aromáticas, de frutos frescos de colores vivos... Pero para ello necesito el estiércol en mi vida... Y si Dios lo ve necesario, ¿por qué me asusto cuando llega?

¿O por qué me asusto cuando llega a la vida de los demás? Creo que a veces "atufamos" cuando el Señor nos está arando, cavando y fertilizando con el estiércol. Nadie más interesado que Él en que demos fruto, así que lo hace a conciencia. Y que cave en nosotros para sacar las malas hierbas duele, claro. Y nos surge la queja, la tristeza, la frustración, la desesperanza o incluso el grito de dolor. Y queremos que Dios y que todo el mundo a nuestro alrededor se compadezca de nosotros y que nos tenga paciencia. ¿Pero somos nosotros pacientes y misericordiosos con el "tufillo" de estiércol de los demás? ¿Acaso nosotros no somos tan pecadores como ellos? (cfr. Lucas 13, 2). O más, mucho más...

Yo hoy le pido al Señor la Gracia de acercarme al hermano como tierra sagrada (cfr. Éxodo 3, 1-8a.13-15) en la que el Señor está trabajando. Sin juicio, sin queja, con profundo respeto por la obra maestra que Dios está haciendo en su alma. Porque, aunque ahora "me atufe", Dios está escavando en su vida para dar como fruto a un santo. Igual que lo está haciendo conmigo, porque mi alma también es tierra sagrada que Dios ama y que Dios trabaja para hacerme santa. Algún día oleremos a la santidad de Cristo, sólo hay que tener paciencia, como Dios la tiene con nosotros.

Quiero dejarme arar por ti, Señor, porque quiero que hagas tu obra en mi vida. Como Tú quieras, al modo que Tú quieras. Como la Virgen María, como los santos.


Canción: En tus manos
Autor: Jesús Cabello
https://youtu.be/YFjQ_fmDmf4


sábado, 16 de marzo de 2019

No te conformes... (II Domingo de Cuaresma)

Hoy el apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, 3, 20, nos dice:

"Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo".

A veces me pregunto si nos creemos estas palabras en serio. Si vamos por la vida con la certeza de nuestra dignidad de hijos de Dios, con la confianza de tener una naturaleza pecadora pero redimida y llamada a la santidad. 

O tal vez, como Pedro y compañía en el evangelio de hoy (cfr. Lucas 9, 28b-36) , nos quedamos "dormidos" en una vida tibia, conformándonos con "lo que nos toca" y sin más expectativas que la vida cotidiana y "rutinaria" de cada día. 

Pues... ¡ya es tiempo de despertar! La Gloria de Cristo está ante nosotros, en esa vida cotidiana que no por ello deja de ser preciosa y llamada a la santidad. Sí, ¡a la santidad! Porque...¿para qué crees que la Iglesia nos regala este tiempo de Cuaresma? ¿Para quedarte más o menos igual, con algún pecadillo y algún kilo de menos? ¡Pues no sólo eso! Es un tiempo de purificación, de cambio, de dejarse hacer...¡santos! ¡Esa es la vida nueva pascual: la santidad!

No te conformes con "las tres tiendas". No te conformes con mirar al cielo y contar las estrellas, como Abraham (cfr. Génesis 15, 5-12.17-18). CREE. Cree y verás la Gloria de Dios actuando en ti, pasando en medio del pueblo con el que caminas (ya sea parroquia, grupo, comunidad, movimiento... o tu mismo barrio o ciudad) y manifestándose en lo más profundo de tu ser, donde escucharás su voz llamándote mi hijo amado, mi hija amada.

Estamos llamados a una alta vocación, a una vida muy grande, a ser santos... No nos conformemos con menos...


Canción: Pablo Collazo
Autor: Reflejo de tu Amor
https://youtu.be/TYpIbx8USEA