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29 septiembre 2021

Familias bajo el patrocinio de san José

Las familias que quieren ser cristianas deben valerse del patrocinio de san José, recibirán auxilios muy particulares para realizar su noble ideal.

«José nos lleva directamente a María, y María a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su sumisión a José y a María consagró las virtudes familiares. Ahora bien, nuestro deseo es ver a todas las familias cristianas renovarse teniendo como modelos a tan hermosos ejemplos de virtud.

Así, a partir del momento en que la comunidad del género humano descanse sobre el fundamento de la familia, el día en que la sociedad doméstica adquiera más estabilidad, en que la santidad conyugal, que no admite de ningún modo la contracepción o el aborto, la concordia y la fidelidad sean salvaguardadas en ella más religiosamente, en el mismo instante se verá como una fuerza nueva, una sangre nueva, derramarse sobre todos los miembros de la sociedad humana y la virtud de Cristo penetrar en ella hasta sus últimos repliegues: ese día, veremos florecer la reforma no sólo de las virtudes privadas, sino también de la vida social y nacional» (Benedicto XV)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


 

01 septiembre 2021

Director de la Sabiduría encarnada

«¿No es el hijo de ese obrero?, decían los judíos refiriéndose a Jesús. Sí, responde san Pedro Crisólogo, es el hijo de un obrero, pero ¿de qué obrero? Del que construyó el mundo, no con el martillo, sino por una orden de su voluntad; el que combinó los elementos, no por un efecto del ingenio, sino por un simple mandato; el que iluminó al sol, no con un fuego terrenal, sino con un calor superior; esta es la labor de un obrero, cuya palabra creó todo de la nada. Tenéis razón, santo Doctor; porque, en efecto, Jesús es el Hijo del gran Obrero que construyó el universo. Pero permitid que, para gloria de José, digamos también que es el hijo de ese pobre artesano, que en su pequeño taller maneja la sierra y la garlopa: y, puesto que la misma Santísima Virgen da a José ese hermoso título de padre de Jesús... decid también que es el hijo de este humilde carpintero, y que, como tal, le está sumiso, y que es el compañero de sus trabajos. ¡Oh! ¡Qué maravilla con solo pensar en ello!

Jesús ayudó a este artesano a trabajar la madera, como ayudó al Creador a edificar el mundo. ¡Oh maravillosa dignidad de José!, exclama Gerson. ¡Sublime grandeza que nos presenta a José como el émulo del mismo Dios!

¡Un pobre carpintero, que trabaja la madera, convertido en émulo de Aquel que ha creado el mundo! ¡Qué más queréis para proclamar a José como el más grande de todos los hombres, como padre, si el mismo Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo!

Hay tres cosas, dice el Doctor Angélico, que son tan grandes que Dios no puede hacer otras mayores, a saber: la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, causa de su unión hipostática con el Verbo; la gloria de los elegidos, en su género, a causa de su objeto principal, que es la esencia infinita de Dios; y la Madre incomparable de Dios, de la cual se ha dicho: “Majorem quam Matrem Dei non potest facere Deus”: Dios no puede honrar más a una persona que convirtiéndola en su propia Madre.

Podéis agregar, para gloria de José, que Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo» (san Leonardo de Puerto Mauricio )

 (del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)

04 agosto 2021

Primacía de la vida interior

«El clima de silencio que acompaña todo lo que se refiere a la figura de san José se extiende también a su trabajo de carpintero en la casa de Nazaret. Sin embargo, es un silencio el que revela de una manera especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que "hizo" san José, pero permiten descubrir en sus acciones, rodeadas de silencio, un clima de profunda contemplación. José estaba tan diariamente en contacto con el misterio escondido desde hacía siglos, que estableció su morada bajo su techo. Eso explica, por ejemplo, por qué santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo la promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

El sacrificio absoluto que san José hizo de toda su existencia ante las exigencias de la venida del Mesías a su casa, encuentra su justo motivo en su insondable vida interior, de donde le vienen las órdenes y los consuelos completamente especiales y de donde fluyen para él la lógica y la fuerza, propias de las almas simples y transparentes, las grandes decisiones, como la de poner inmediatamente a disposición de los designios divinos su libertad, su vocación humana legítima, su felicidad conyugal, aceptando la condición, la responsabilidad y el peso de la familia y renunciando, en beneficio de un amor virginal incomparable, al amor conyugal natural que la constituye y alimenta.

Esta sumisión a Dios, que es prontitud de la voluntad para consagrarse a todo lo que concierne a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción que constituye una de las expresiones de la virtud de religión.

La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva a considerar también el misterio de la Encarnación precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad para la santificación de los hombres: en virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo han sido salvadoras para nosotros, al producir en nosotros la gracia tanto en razón del mérito como por su eficacia verdadera.

Entre las acciones, los evangelistas resaltan las que conciernen al misterio pascual, pero no omiten el subrayar la importancia del contacto físico con Jesús a propósito de las curaciones (Mc 1, 41) y la influencia que ejerce sobre Juan Bautista cuando ambos estaban en el seno materno (Lc 1, 41-44)

El testimonio apostólico no dejó de narrar el nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el Templo, la huida a Egipto y la vida escondida en Nazaret, y ello en razón del " misterio" de gracia contenido en tales "gestos", todos salvíficos, porque participan de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo.

Si este amor a su humanidad irradiaba sobre todos los hombres, los primeros beneficiarios eran evidentemente aquellos que la voluntad divina había colocado en su intimidad más cercana: María, su madre, y José, su padre nutricio.

Puesto que el amor "paternal" de José no podía dejar de influir sobre el amor "filial" de Jesús y puesto que, recíprocamente, el amor "filial" de Jesús no podía dejar de influir sobre el amor paternal de José, ¿cómo llegar a conocer en profundidad esta relación totalmente singular? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con justo título en José un ejemplo luminoso de vida interior.

Además, la aparente contradicción entre la vida activa y la vida contemplativa es superada en él de manera ideal, como ocurre en el que posee la perfección de la caridad. Según la distinción bien conocida entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José experimentó tanto el amor de la verdad, es decir, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, es decir el amor, puro también, de servicio, requerido por la protección y el desarrollo de esta misma humanidad» (Papa san Juan Pablo II)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)

28 abril 2021

Amor de san José a Jesús y María

«José era santo ya antes de su matrimonio, pero aún hizo muchos más progresos en la santidad después del matrimonio con la Santísima Virgen María. Los ejemplos de su santa Esposa bastaban para santificarlo. Pero si María, como dice San Bernardino de Siena, es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, ¡con qué profusión había enriquecido a su esposo, al que amaba tanto, y del cual, a su vez, era tan amada! ¡Cuánto más debemos creer que creció la santidad de José por el trato continuo y la familiaridad que tuvo con Jesucristo durante todo el tiempo que vivieron juntos! Si los dos discípulos que iban a Emaús se sintieron abrasados de amor divino en el poco tiempo que acompañaron al Salvador y lo oyeron hablar, ¡qué llamas ardientes de santa caridad debieron iluminar el corazón de José después de conversar durante treinta años con Jesucristo, después de oír las palabras de vida eterna que salían de su boca, y observar los maravillosos ejemplos de humildad, paciencia y obediencia que le daban mostrándose tan diligente en ayudarle en todos sus trabajos y servirle en todas las necesidades del hogar!

¡Qué incendio de amor divino debían obrar todos esos dardos inflamados de caridad en el corazón de José, corazón desapegado de todos los afectos de la tierra! Cierto que amaba también mucho a su Esposa María, pero este amor a María no dividía su corazón, como dice el Apóstol que el hombre casado tiene su corazón divido. No, el corazón de José no estaba dividido, porque el amor que tenía a su Esposa le colmaba de amor divino todavía más. Así, sin lugar a dudas, José, mientras vivió con Jesucristo, acrecentó sus méritos y su santidad hasta tal punto que podemos ciertamente decir que sobrepasó los méritos de todos los otros santos.

Considerad en primer lugar el amor que José tuvo a santa Esposa. Ella era la mujer más bella de toda la creación; más aún, era la más humilde, la más dulce, la más pura, la más obediente y la más aventajada en el amor de Dios que haya habido jamás entre todos los hombres y todos los ángeles: de tal manera que merecía todo el amor de José que amaba tanto la virtud. Agregad también a esto que José veía cuánto le amaba a él María, quien ciertamente prefería en su corazón a su esposo antes que a todas las otras criaturas. Por otra parte, San José la consideraba la predilecta de Dios, elegida para ser la Madre de su Hijo único. Ahora bien, por todas estas consideraciones, reflexionad cuál debía ser el afecto que conservaba en su corazón el justo y agradecido José para una esposa tan amable.

Considerad, en segundo lugar, el amor que José tenía a Jesús. Cuando Dios eligió a este santo para hacer las veces de padre de Jesús, ciertamente debió grabar en su corazón el amor que convenía a un padre, al padre de un hijo tan amable, al padre de un Niño-Dios. Así, el amor de José no fue un amor puramente humano, como es el amor de los otros padres, sino un amor sobrehumano que le hacía encontrar en la misma persona a un hijo y a Dios. José sabía bien, por la revelación cierta y divina que había tenido del ángel, que este niño, que lo acompañaba siempre, era el Verbo divino, quien se había encarnado por amor a los hombres y en particular a él. Sabía que él mismo lo había elegido entre todos para ser el guardián de su vida, y quería ser llamado su hijo. Ahora bien, considerad qué incendio de amor santo debía arder en el corazón de José cuando pensaba en todo esto y cuando veía a su divino Maestro servirlo como un aprendiz: ora abrir, ora cerrar el taller, ora ayudarlo a cortar madera o usar la garlopa y el hacha; ora recoger las virutas y barrer la casa; en una palabra, obedecerle en todo lo que le mandaba, y, más aún, no hacer nada sino bajo la dependencia de la autoridad que José ejercía como padre.

La prolongada familiaridad de las personas que se aman a veces enfría el amor, porque cuanto más tiempo conviven entre ellos, más se conocen los defectos unos de otros. No ocurría así respecto a San José: cuanto más convivía con Jesús, más conocía su santidad. ¡Juzgad por esto cuánto amaba a Jesús!» (San Alfonso de Ligorio)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)



 

20 diciembre 2019

¿A qué esperamos? (1ª parte)

Hace un ratito he recibido un mensaje de un anciano fraile carmelita amigo. Me decía que mañana me iba a mandar la historia de la Salve y añadía: “Para GLORIA DE LA MADRE QUE DENTRO DE 4 DÍAS NOS DARÁ A SU HIJO PARA QUE NOS SALVE”.

La verdad es que me ha impactado mucho. De repente he caído que sólo quedan 4 días para celebrar la Navidad, el nacimiento de nuestro Señor. Sí, es “fácil” como cristianos pensar o decir que el Señor va a nacer, que el Hijo de Dios nace para nuestra salvación. ¿Pero eso qué significa concretamente en mi vida? ¿Realmente dejo que Cristo muestre su salvación en mi día a día? ¿Y a qué espero si no es así?

¿Acaso me conformo con una “ley de mínimos cristianos”? Es decir, ir a Misa los Domingos, confesarme regularmente (o de vez en cuando… o de año en año, por Pascua de Resurrección, lo mínimo que me pide la Madre Iglesia), dar una limosna si tengo unas monedillas de sobra en el bolsillo y si no voy con demasiada prisa, ser buenecito, buenecita…

Y en todo esto, ¿a Cristo dónde le dejo?

Porque, yo no sé tú, pero cuando “yo” vivo así me quedo en eso: mi “yo”. YO soy la que va a Misa, YO soy la que se confiesa porque me hace bien, YO soy la que da limosna, YO soy la que intenta ser buena…

¿Y dónde te dejo, Señor? Si al final soy yo la que vive “en clave cristiana”, ¿cuándo dejo que se haga en mí tu Palabra (cfr. Lucas 1, 38) y que seas Tú por medio del Espíritu Santo quien viva en mí (cfr. Gálatas 2, 20)? 

Me impresiona la prontitud de los pastores que recibieron el anuncio del ángel de que el Salvador había nacido: se presentaron como estaban, con lo que eran y con lo que tenían, que era más bien nada pues estaban al raso cuidando los rebaños. Corrieron a su encuentro tal cual estaban, porque el regalo realmente ERA ÉL: Dios hecho Hombre. 

"Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor NOS HA MANIFESTADO.» Y fueron A TODA PRISA, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, DIERON A CONOCER lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y TODOS LOS QUE LO OYERON se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las MEDITABA en su corazón. Los pastores se volvieron GLORIFICANDO Y ALABANDO A DIOS por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho." (Lucas 2, 16-20)

El regalo que quiere Jesús es tú mismo, tu corazón. Tal como está, tal como estás todo tú, para que Él pueda vivir en ti y a través de ti, y que cuantos te vean vivir se maravillen de la obra de Dios. Es decir, que Dios nos llama a ser santos, no cristianos del montón que se conforman con vivir tirando mediocremente. Y el santo no es alguien “excepcional y perfecto”, es alguien que se deja hacer otro Cristo por obra del Espíritu, en el día a día, en cada minuto, con cada latido de su corazón. Con la pobreza de como está y con lo que tiene, como los pastores en Belén.

Pero esto, como todo en la vida de la fe, es don y tarea. Don del Espíritu Santo que, como buena brújula, nos guía y santifica, y tarea por nuestra parte para que lo que Él quiere hacer con nosotros y a través de nosotros se lleve a cabo. No he puesto por casualidad esas mayúsculas en el texto de San Lucas. ¿A ti qué te dicen?

Creo que una clave muy buena para vivirlo podría ser esta frase de San Alberto Hurtado: 

¿Qué haría Cristo en mi lugar?"

Canción: Sopla
Autor: Jonatan Narvaez
Intérprete: Verónica Sanfilippo
https://youtu.be/qVkrRzlDizc

 


24 diciembre 2018

Invitación de Adviento - 4ª semana

Ya estoy en la entrada del portal.

Por un momento me pregunto cuál es mi lugar en el portal. Empiezo a analizarme y a analizar las circunstancias que me rodean. Viendo cómo está mi corazón y mi vida, me considero poco más que el hedor que a veces se siente, proveniente de los animales.

Si me miro bien, no encuentro en mí ninguna dignidad para penetrar más allá de donde me encuentro.

Pero escucho una voz en lo profundo de mi corazón. Una voz que me habla de Amor y Misericordia, que me ama en lo profundo de lo que soy, y tal y como soy y estoy. Y que me invita a entrar más allá, a ir más allá de mis límites y mis pobrezas...

Ha llegado el momento de dejar de hacer preguntas. Ha llegado el momento de dejar de analizar y comparar. 

Ha llegado el momendo de hacer silencio. De postrar mi corazón ante este Dios que encuentro, Amante silencioso, envuelto en pañales y recostado en un pesebre. 

Sí, ha llegado el momendo de adorar, de amar, de estar. Que la música y el canto que brotan de mi corazón sean sólo para Él.

Sí, es el momento de estar sencillamente en intimidad con Él, dejándome amar por este Dios que me ama tanto que se ha hecho Niño por mí.

Y entro... Y me dejo agarrar por el Emmanuel, Dios con nosotros. En el silencio de su Amor, no hace falta hablar. Sé que Él nunca me soltará. Y yo no me quiero soltar..

"Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su Misericordia" (Salmo 118, 1)

Canción: Silencio de Amor
Autor: Kiki Troia
https://youtu.be/BUH7pfnGfIQ



17 diciembre 2018

Invitación de Adviento - 3ª semana

Voy camino de Belén. Atrás he dejado el mundo limitado que conozco y me abro, con incertidumbre pero con una enorme expectación, a lo que está por delante.

Sigo escuchando coros de ángeles que cantan la Gloria de Dios. Pero más fuerte aún es el latido de mi corazón. El mensaje decía que encontraría un niño. Un niño... Envuelto en pañales y recostado en un pesebre (cfr. Lucas 2, 12)

¿El Salvador del mundo, Dios con nosotros... en un pesebre? Este Dios que creí conocer se me revela de un modo totalmente distinto, completamente inesperado. Voy andando deprisa y pensando que, tal vez, es el momento de dejar caer en este camino que recorro esos viejos esquemas que llevo conmigo demasiado tiempo.

¿Y si me dejo sorprender? ¿Y si me dejo alcanzar por la novedad de este Dios-Amor que viene a mí y se me quiere revelar de un modo nuevo, que me quiere llevar a una vida nueva?

Ya estoy muy cerca de la ciudad. No sé muy bien cómo, pero mis compañeros y yo sabemos a dónde debemos dirigirnos. Alguien, en lo profundo de nuestro corazón, nos va guiando con una certeza sin igual.

Nos vamos acercando al lugar. Y hay gente. En medio de la oscuridad, con una ligera claridad al fondo, se ven sombras variadas de personas. Y también de algunos animales. Me adentro entre ellas. Y miro sus rostros. No sé por qué, pero estoy seguro de que mi rostro refleja lo que veo en los suyos. No son desconocidos, somos una familia. Les siento hermanos míos, hijos de un mismo Padre... y hermanos... Hermanos... ¿en quién? De nuevo esta certeza en el interior de algo que aún desconozco.

Y de mi corazón brota una canción de amor. Dejo que fluya, porque es una oración que sale de lo profundo de mis entrañas...


Canción: Darme
Autor: Pablo Martínez (interpretada con Maru Galassi)



11 diciembre 2018

Invitación de Adviento - 2ª semana

Ya estamos en la segunda semana de Adviento. En la primera semana escuchamos en nuestro corazón la invitación para acercarnos al portal. Hoy os invito a sentiros como uno de esos pastores que cuidaban los rebaños en las afueras de las ciudades. 


Me encuentro a la intemperie. Pasando la noche junto con el rebaño. Estoy en las periferias, allí donde sólo están los que son como yo. Tengo un trabajo que pocos quieren, porque implica ser y sentirme excluido de la sociedad al no poder seguir los cultos religiosos en la sinagoga. Al no poder cumplir todas las indicaciones para lo que algunos consideran una "vida digna". A los ojos de muchos he sido rebajado, menospreciado, excluido de sus corazones.

La noche es fría. Me cubro con la manta, intentando tapar todos los huecos que pueda haber para que no entre el relente de la noche. Miro a lo alto y veo un cielo limpio y lleno de estrellas. Tal vez pienso en mi familia, que está lejos, física o emocionalmente. O en mis amigos, los que están y los que estuvieron. O en aquellas situaciones que he vivido y que se me han escapado entre las manos. Algunas me sacarán una sonrisa, otras me harán sentirme triste.

Aunque tengo algunos compañeros, en el fondo me siento solo. En las periferias de Belén. Es una soledad que ya he experimentado no puede llenar ninguna compañía. Es un hambre profunda de algo más.

Sé que, aunque a veces crea estar solo y desamparado, nunca estoy solo. El Padre está conmigo (cfr. Juan 16, 32). Me entere o no me entere, Él está. Sólo tengo que cerrar por un instante los ojos y sentir su abrazo de Amor y Misericordia. Y lo hago en esta noche. Quiero dejarme abrazar por Aquel que llena con su Presencia la inmensidad de este Cielo lleno de estrellas. Necesito dejarme abrazar por Él en lo más profundo.

Y algo ocurre. Una dulce melodía que me habla de una gran alegría. Una gran alegría para mí, para mis compañeros, para todo el pueblo.

Con asombro y cierto temor abro los ojos y me encuentro con un ser celestial, de esos de los que alguna vez he oído hablar en la sinagoga. Tan radiante, tan lleno de belleza. Pero no, no es el ángel, es la Gloria del Señor que me envuelve con su luz y su belleza. Y siento a mi Dios más cerca aún, un Dios que me invita a dar un paso más. Un paso en fe: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lucas 2, 10-12)

Un niño... ¡un niño! ¡El Salvador, Cristo el Señor se ha hecho niño y viene a mi encuentro! Y soy un invitado especial, que recibe el anuncio allí donde me encuentro, tal y como me encuentro. En mi pobreza, en mis periferias, en mi sentirme totalmente indigno por algo tan grande...

Y ahora, ¿qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer...? Sólo encuentro una respuesta: dejar que este gozo me invada, que esta gran alegría me levante de esta postración en la que estoy y me lleve con prisa, ¡a toda prisa!, a encontrarme con ese niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No puedo hacer otra cosa...

Y corro, corro, mientras sigo escuchado cantar cantos celestiales que me hablan de la Gloria de Dios. Pero eso ya no me atemoriza, incluso ya no me importa igual, pues me he sentido abrazado en lo más profundo de mis entrañas por este Dios que me ama con locura y que me invita a algo más. Que me invita a ir más allá...


Canción: Donde quiera que te encuentres
Autora: Ester Hernández




03 diciembre 2018

Invitación de Adviento - 1ª semana

Y de repente... estamos en diciembre y hemos comenzado el Adviento. No me he dado ni cuenta de cómo hemos llegado ya a esta fecha, la vida vuela... Y, sin querer, al principio me vino el pensamiento: "un año más, ¿lo aprovecharé esta vez?". Pero no es "un año más". Es "el" año, "el" Adviento. Un Adviento muy especial, porque Cristo quiere cambiar nuestro corazón. El tuyo y el mío.

Y viene acompañado por una invitación también muy especial. ¿A qué? A acudir al portal de Belén, con ese corazón cambiado. Porque necesitamos encontrar nuestro lugar en medio de la historia de la Salvación de Dios que se hace Hombre y es reclinado en un humilde pesebre. Soy parte también de esta historia de Amor de Dios con la humanidad. ¿Qué estoy dispuesto a ofrecer a Dios en este Adviento? ¿Tal vez mi corazón, para que lata el suyo en medio de los hombres?

Hay muchas llamadas, muchos medios por los cuales Él nos invita a Belén.

¿Por quién o a través de qué soy llamado e invitado a ir a Belén? Por la estrella de oriente, por los ángeles, por los oráculos y profecías, por los pastores, por San José... 

¿Cuál es mi lugar en el portal? Un simple espectador, un invitado especial, alguien que invita a otros... soy un pastor, una oveja, las pajas que acogen a Jesús, la Virgen que le observa asombrada guardando todo en el silencio de su corazón...

Dios me invita a descubrir su llamada. A dejarme sorprender este año de un modo especial y a encontrar mi lugar en el portal. Y ante esta propuesta suya de abrirle el corazón para que lo transforme, sólo cabe una respuesta: "fiat". "Hágase".

Es esta una palabra muy especial. Se ha pronunciado cuatro veces a lo largo de la historia de la humanidad. Cuatro "fiat" con unas consecuencias impresionantes:

1. El fiat de Dios Padre, por medio del cual surgió todo lo creado. También lo pronunció sobre mi vida y vine a este mundo. No soy fruto del azar ni estoy lanzado al vacío del espacio: soy querido, soy anhelado, soy llamado a la vida por el "hágase" de Dios.

2. El fiat de la Virgen María en el hogar de Nazaret al ángel Gabriel, que llevó sus palabras en respuesta a la invitación amorosa de Dios. Y la consecuencia fue la Encarnación, el Hijo de Dios hecho Hombre en medio de nosotros por nuestra Salvación.

3. El fiat del Hijo de Dios, en Getsemaní, al comienzo de su Pasión. Un "hágase" que desencadenó la Redención de toda la humanidad. Y la tuya y la mía.

4. Y el 4º fiat... el que el Señor espera en mi vida. Para renovar todo mi existir, para cambiar mi corazón. Y con unas consecuencias también impresionantes, pues por medio de mi "hágase" Dios se sigue haciendo presente en medio del mundo. Y sin mí, sin mi sí, ya no es lo mismo.

Dios me invita a dejarme hacer estas cuatro semanas para acudir al portal con un corazón nuevo. Y sé, en lo profundo, que me lo juego todo. Aunque aún no sepa qué viene después, aunque puede que no entienda nada, aunque aún no sepa cuál es mi lugar en el portal, ¿le diré, por fin, fiat?


¿Le dirás fiat?

Canción: Así sea
Autor: Pablo Martínez
https://youtu.be/-fQ2ehwPb0g