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12 marzo 2017

TESTIMONIO - Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra

Hoy compartimos el testimonio de un gran sacerdote que quiere presentarse como "un fraile menor". Doy fe, por experiencia propia, del amor apasionado por Cristo, por San Francisco y por su sacerdocio, que sabe transmitir a los que nos ponemos un poco a tiro. Leyendo su testimonio me asombro y me maravillo de los caminos que el Señor tiene para cada uno de nosotros con un único objetivo: amarnos con una plenitud que no podemos imaginar y hacernos felices en su Amor.

ESA ES MI PAZ Y MI FELICIDAD, Y NO NECESITO OTRA

Fui educado en un colegio católico aunque en mi familia nunca hemos sido demasiado “de Iglesia”. Tras 11 años en dicho colegio, donde recibí una buena educación a todos los niveles y una fuerte devoción a María, fui a un instituto público a cursar COU y, después, estudié Dirección de Marketing y un master en Gestión de Grandes Superficies Comerciales. Comencé a trabajar y me fue más o menos bien. El trabajo me reafirmaba y el dinero que ganaba me permitía “vivir a todo tren”, gastando tanto como tenía. Era un chico normal con una vida normal, según la norma habitual de la sociedad de entonces.

Durante la adolescencia y primera juventud me dediqué al deporte tanto como después a mi trabajo. Con mi familia nunca fui suficientemente dedicado ni agradecido, ni mucho menos. El balonmano y el gimnasio eran mi pasión. Junto con ello, mis amigos y salir a todas horas eran el motor de mis afectos y lo que llenaba mi tiempo… aunque siempre tenía un “runrún” por dentro que me llevaba, de vez en cuando, a tener “venazos místicos” (como yo los llamaba) en los que trataba de cambiarlo todo para volver a Dios y a la Iglesia. Duraban poco. El rostro de Dios que conocía me llamaba pero ni me llenaba ni me hacía sentir ilusión alguna.

En un viaje de empresa tuve un accidente de tráfico. La compañera de trabajo que viajaba conmigo falleció, yo quede en coma y desangrándome sobre el asfalto. La rapidez de la Cruz Roja fue la primera que me salvó la vida. Tras quince días en Albacete, pues mi estado de gravedad no permitía mi traslado, fui trasladado a un hospital de Coslada, de la mutua sanitaria de mi empresa. Allí recobré conciencia de mí mismo y de lo roto que me había quedado. Una fractura abierta de fémur, esa rodilla inmóvil, un pulmón desplazado, un hombro medio inútil… un cuadro y lleno de puntos… suspensivos.

Sujeto a una silla de ruedas comencé la rehabilitación, la cual me tuvo como fiel visitante durante casi dos años. Uno de los días, camino de mi tarea cotidiana con los fisios, sentí un fuerte impulso hacia la capilla. Pasaba todos los días junto a ella y no había reparado en su existencia, hasta ese momento. Entré y sentí una paz y un silencio interior como no conocía. Recé alguna cosa, “porque es lo que se hace en una capilla”, y me fui a rehabilitación dándole a los aros de mi silla de ruedas. La visita a la capilla se hizo, desde entonces, cotidiana.

Un mes después, ya en casa de mis padres, seguía con mi rutina de rehabilitación diaria en el hospital de Coslada. Pasados tres o cuatro meses, cuando ya me manejaba con las muletas, comencé a frecuentar la basílica de San Francisco el Grande porque mi hermana era miembro de la Jufra (Juventud Franciscana). Fui allí porque quería más de aquello que recibía en la capilla del hospital, pero no quería que nadie forzara mi ritmo ni me hiciera dar pasos hacia ningún lugar y por eso mantenía las distancias, claras y firmes.

Los franciscanos seglares me acogieron con afecto y gratuidad, respetando siempre mis reticencias y excusas para no dar más de un paso cada vez y no darlo hasta que yo quisiera. Eso relajó mis barreras. Lo definitivo no fue conocer a San Francisco de Asís sino a Dios a través de los ojos de San Francisco. Ese descubrimiento me fascinó, me sedujo e hizo que ya no marcara yo el ritmo de mi caminar sino Alguien otro que me hacía ver con tanta claridad lo que tenía que hacer en cada momento que nunca me planteé hacer cosa alguna más que lo que me era sugerido en la conciencia y en el corazón.

Tras poco más de un año de frenética carrera, habiendo descubierto la vivencia de la Eucaristía, su natural consecuencia en la pertenencia agradecida a mi fraternidad seglar franciscana y en la atención a pobres y enfermos de un par de hospitales de los que me hice visitador, tras descubrir la necesidad de oración y discernimiento en todo ello, sentí un fuerte deseo indefinido, un deseo nuevo no de hacer más sino de ser otra cosa. Orar, preguntarme, sorprenderme con la respuesta que discernía… y en un mes tomé la decisión de entrar en la fraternidad franciscana de los Frailes Menores, así, sin previo aviso, sin más dilación. Mi sorpresa era tan grande como mi entusiasmo. En mi entorno familiar y de amistad compartían mi sorpresa pero no mi entusiasmo, pero la decisión estaba tomada porque no podía yo pensar que fuera posible hacer otra cosa que dar ese nuevo paso.

Veinte años después sigo viviéndolo todo como entonces: con oración, discernimiento, sorpresa, entusiasmo y con una gran claridad a la hora de tratar de llevar a la vida el fruto de todo ello. No siempre es fácil, a menudo no llego, frecuentemente esa claridad y pasión son una fuente de problemas y desencuentros, pero yo no puedo dejar de intentar vivir así porque no concibo otra forma de vivir la fe que desde el constante intento de poner por obra lo que se atisba como voluntad de Dios. Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra.

Canción: Servidores sed.
Autor: Agustín Sánchez




03 octubre 2016

Novena a San Francisco de Asís - día 9

“Tránsito de San Francisco”

Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Los pocos días que faltaban para su tránsito (Francisco) los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo. Él, a su vez, prorrumpió como pudo en este salmo:

Clamé al Señor con mi voz, con mi voz supliqué al Señor (sal 141)

Invitaba también a todas las criaturas a alabar a Dios, y con unas estrofas que había compuesto anteriormente él las exhortaba a amar a Dios.

Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos la exhortaba a la alabanza y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: <<Bienvenida sea - decía - mi hermana muerte>>." (1 Celano 109)

Reflexión

San Francisco murió en el atardecer del 3 de octubre del año 1226. El 3 de octubre era sábado y asomaba el Domingo 4 de octubre: la Iglesia iniciaba el Domingo, día de la Pascua del Señor.

El tránsito nos evoca un momento sencillo y sublime: el triunfo del Amor en Francisco de Asís que, una vez que dejó sus vanidades, fue cristiano hasta la médula, perfecto discípulo de Jesús.

Los franciscanos celebran este tránsito de un modo muy especial. He tenido la oportunidad de celebrarlo con ellos en distintas ocasiones y, al contemplar cómo vivió y murió San Francisco, me quedo embargada de muchos sentimientos, incluida una cierta "envidia santa": algún día me encontraré también con el Señor gracias a la hermana muerte, ¿pero habré vivido como él, que tanto se pareció a Jesucristo?

Hace más de 800 años en la Porciúncula, Francisco poco antes de morir, se dirigió a los hermanos que le rodeaban, como a representantes de toda la Orden, presentes y futuros. Entonces los fue bendiciendo a todos, apoyando su mano derecha sobre la cabeza de cada uno de ellos. Bendijo también a todos los que entonces pertenecían a la Orden, y a los que pertenecerían a ella hasta el fin de los tiempos (LP117)

Muchos nos consideramos, de un modo u otro, hijos espirituales de San Francisco. Aunque propiamente no pertenezcamos a la Orden, de algún modo participamos de su carisma.

Hoy yo quiero acercarme con el corazón y sentarme a los pies de San Francisco en el momento de su partida. Quiero recibir su bendición y, como Eliseo con Elías, pedirle dos tercios de su espíritu para vivir como él vivió. Al menos dos tercios... que si me da más, mejor, pues yo no soy tan dócil como él lo fue. Y le pido que me ayude a seguir tras sus huellas, como Santa Clara le siguió. Y, como los dos, que me enseñe a ir tras las huellas de Cristo.

Hoy es un día de silencio, de contemplar, de dejarse empapar por la grandeza de este momento: hoy, por fin, el gran amante se encuentra con el Amado.

"Loado seas, mi Señor,
por nuestra hermana la muerte corporal
de la cual ningún hombre vivo puede escapar.
¡Ay de aquellos que morirán en pecado mortal!
Bienaventurados
los que encontrará en su santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal."
(extracto del Cántico de las Criaturas)


Canción: Yo quiero ser como Tú
Autor: Marcos Witt
https://www.youtube.com/watch?v=IcuZCcCT8tI

Película "Clara y Francisco" (de las mejores versiones que conozco sobre la vida de San Francisco)







02 octubre 2016

Novena a San Francisco de Asís - día 8

“San Francisco, un hombre dialogante y evangelizador”

Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Acompañado, pues, de un hermano llamado Iluminado -hombre realmente iluminado y virtuoso-, se puso en camino, y de pronto le salieron al encuentro dos ovejitas, a cuya vista, muy alborozado, dijo el Santo al compañero: «Confía, hermano, en el Señor, porque se cumple en nosotros el dicho evangélico: He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Y, avanzando un poco más, se encontraron con los guardias sarracenos, que se precipitaron sobre ellos como lobos sobre ovejas y trataron con crueldad y desprecio a los siervos de Dios salvajemente capturados, profiriendo injurias contra ellos, afligiéndoles con azotes y atándolos con cadenas. Finalmente, después de haber sido maltratados y atormentados de mil formas, disponiéndolo así la divina Providencia, los llevaron a la presencia del sultán, según lo deseaba el varón de Dios.

Entonces el jefe les preguntó quién los había enviado, cuál era su objetivo, con qué credenciales venían y cómo habían podido llegar hasta allí; y el siervo de Cristo Francisco le respondió con intrepidez que había sido enviado no por hombre alguno, sino por el mismo Dios altísimo, para mostrar a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Y predicó ante dicho sultán sobre Dios trino y uno y sobre Jesucristo salvador de todos los hombres con tan gran convicción, con tanta fortaleza de ánimo y con tal fervor de espíritu, que claramente se veía cumplirse en él aquello del Evangelio: Yo os daré palabras y sabiduría, a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro (Lc 21,15).

De hecho, observando el sultán el admirable fervor y virtud del hombre de Dios, lo escuchó con gusto y le invitó insistentemente a permanecer consigo.

Pero el siervo de Cristo, inspirado de lo alto, le respondió: «Si os resolvéis a convertiros a Cristo tú y tu pueblo, muy gustoso permaneceré por su amor en vuestra compañía. Mas, si dudas en abandonar la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, manda encender una gran hoguera, y yo entraré en ella junto con tus sacerdotes, para que así conozcas cuál de las dos creencias ha de ser tenida, sin duda, como más segura y santa».

Respondió el sultán: «No creo que entre mis sacerdotes haya alguno que por defender su fe quiera exponerse a la prueba del fuego, ni que esté dispuesto a sufrir cualquier otro tormento». Había observado, en efecto, que uno de sus sacerdotes, hombre íntegro y avanzado en edad, tan pronto como oyó hablar del asunto, desapareció de su presencia.

Entonces, el Santo le hizo esta proposición: «Si en tu nombre y en el de tu pueblo me quieres prometer que os convertiréis al culto de Cristo si salgo ileso del fuego, entraré yo solo a la hoguera. Si el fuego me consume, impútese a mis pecados; pero, si me protege el poder divino, reconoceréis a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, verdadero Dios y Señor, salvador de todos los hombres».

El sultán respondió que no se atrevía a aceptar dicha opción, porque temía una sublevación del pueblo. Con todo, le ofreció muchos y valiosos regalos, que el varón de Dios -ávido no de los tesoros terrenos, sino de la salvación de las almas- rechazó cual si fueran lodo.

Viendo el sultán en este santo varón un despreciador tan perfecto de los bienes de la tierra, se admiró mucho de ello y se sintió atraído hacia él con mayor devoción y afecto. Y, aunque no quiso, o quizás no se atrevió a convertirse a la fe cristiana, sin embargo, rogó devotamente al siervo de Cristo que se dignara aceptar aquellos presentes y distribuirlos -por su salvación- entre cristianos pobres o iglesias. Pero Francisco, que rehuía todo peso de dinero y percatándose, por otra parte, que el sultán no se fundaba en una verdadera piedad, rehusó en absoluto condescender con su deseo." (Leyenda Mayor de San Buenaventura, capítulo 9,8)

Reflexión

Francisco y el sultán en medio de la guerra, tuvieron un encuentro en Paz, gracias a la hospitalidad de uno y a la apertura al dialogo de ambos.

Si bien Francisco no logra hacer que el sultán se haga cristiano, tampoco el sultán logra retener a este “monje” llamado Francisco ofreciéndole suntuosos regalos y dinero. Sin embargo, ambos vivenciaron un encuentro en paz, en donde cada uno pudo exponer al otro su perspectiva en un franco diálogo.

Gracias a este encuentro en paz que hoy en día los franciscanos viven en paz custodiando los lugares santos en medio de tierras no cristianas.

Hoy en día los cristianos estamos en medio de un mundo abiertamente no cristiano e incluso hostil. Sin embargo, como dice la carta a los Hebreos, aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado (12, 4), ni el nuestro ni el que nos rodea.

¿Nos urge la salvación de nuestros hermanos, sean o no creyentes? ¿Nos abrasa el fuego del Amor de Cristo hasta tal punto que estemos dispuestos a dar la vida en favor de la evangelización para salvar, aunque sea, a uno solo? Porque urge, nuestra conversión y la de la humanidad urge. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Canción: Cristo Vive
Autor: Nico Montero
https://www.youtube.com/watch?v=eo8uH4Kdx34






01 octubre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 7

“San Francisco, el alter Christus”
Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Entre tanto, el santo de Dios, cambiado su vestido exterior y restaurada la iglesia ya mencionada [la de San Damián], marchó a otro lugar próximo a la ciudad de Asís; allí puso mano a la reedificación de otra iglesia muy deteriorada y semiderruida [la de San Pedro]...

De allí pasó a otro lugar llamado Porciúncula, donde existía una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen Madre de Dios, construida en tiempos lejanos y ahora abandonada, sin que nadie se cuidara de ella. Al contemplarla el varón de Dios en tal estado, movido a compasión, porque le hervía el corazón en devoción hacia la madre de toda bondad, decidió quedarse allí mismo.

Cuando acabó de reparar dicha iglesia, se encontraba ya en el tercer año de su conversión. En este período de su vida vestía un hábito como de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón en la mano, y los pies calzados.

Pero cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio.

Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica».

Rebosando de alegría, se apresura inmediatamente el santo Padre a cumplir la doctrina saludable que acaba de escuchar; no admite dilación alguna en comenzar a cumplir con devoción lo que ha oído..." (Vida primera según Celano, nº 21-22)

Reflexión

Ya en su época llamaban a San Francisco el alter Christus. El "otro Cristo", el que mejor supo vivir el Evangelio hasta el punto de llevar en sí los estigmas de la Pasión. Francisco era un enamorado de Cristo y de su Evangelio.

Del encuentro con el Evangelio brota la elección de su vida y la vida de sus hermanos. Pues la vida de los hermanos franciscanos es una vida “según el santo Evangelio”, tal como señala la regla bulada: "La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad."

La interpretación de la palabra de Dios en San Francisco es clara y lineal: “la letra mata, el Espíritu da Vida” (Adm .7); El principio interpretativo de Francisco no es de erudición, sino de conversión: es total prontitud para obrar con el propósito de en todo momento dar Gloria a Dios. Para Francisco la caridad, el contenido de la palabra de Dios, vale más que todo lo material que le rodea.

Y, así, dejó a Dios ser Dios en su vida, convirtiéndose en el alter Christus, modelo para nosotros y para toda la humanidad desde hace siglos.

¿Estamos nosotros dispuestos a dejarnos hacer. como él, otros Cristos allá donde vivimos? Sólo hay que dejarse hacer... por Él...


Canción: El poder de tu Amor
Intérprete: Ingrid Rosario
https://www.youtube.com/watch?v=pTzvdVgnnmg




30 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 6

“San Francisco, un hombre de Dios”
Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Caminando los hermanos en simplicidad ante Dios y con confianza ante los hombres, merecieron por aquel tiempo el gozo de la divina revelación.

Mientras, inflamados del fuego del Espíritu Santo, cantaban el Padre Nuestro con voz suplicante, en melodía espiritual, no sólo en las horas establecidas, sino en todo tiempo, ya que ni la solicitud terrena ni el enojoso cuidado de las cosas les preocupaba, una noche el beatísimo padre Francisco se ausentó corporalmente de su presencia.

Y he aquí que a eso de la media noche, estando unos hermanos descansando y otros orando fervorosamente en silencio, entró por la puertecilla de la casa un carro de fuego deslumbrador que dio dos o tres vueltas por la habitación; sobre él había un gran globo, que, semejándose al sol, hizo resplandeciente la noche. Quedaron atónitos cuantos estaban en vela y se sobresaltaron los que dormían; sintiéronse iluminados no menos en el corazón que en el cuerpo.

Reunidos todos, se preguntaban qué podría significar aquello; mas por la fuerza y gracia de tanta claridad quedaban patentes las conciencias de los unos para los otros. Comprendieron finalmente y descubrieron que era el alma del santo Padre, radiante con aquel inmenso fulgor, la cual, en gracia, sobre todo, a su pureza y a su gran piedad con sus hijos, había merecido del Señor don tan singular." (Vida primera según Celano, nº 47)

Reflexión

San Francisco supo descubrir, acoger y asumir lo positivo y lo negativo de la vida humana y de toda la realidad. Podemos aprender de él a vivir nuestras vidas con la alegría que brota del Evangelio de Cristo, ser portadores de esperanza en un mundo desanimado y triste.

Vivir la vida como Francisco la vivió es descubrir en nuestro interior y exterior las maravillas que Dios ha obrado, y restituirle a Él el don recibido. Celebremos la vida como Francisco, mirando nuestras realidad personal y todo lo que nos rodea con los ojos de Dios.

Para Francisco, la vida, los campos, los mares, las montañas, el sol, la luna, las estrellas es la manifestación de lo más grande que existe: Dios. Desde su sentir nos señala un nuevo camino. Abrirnos a la novedad de Dios implica llenarnos de optimismo, de una nueva humanidad y de unas ganas inconmensurables de vivir.

Francisco nos llama a acoger lo diverso de la vida con alegría, a llenarnos de asombro por las maravillas que Dios ha hecho en nosotros y alrededor de nosotros. Francisco ofrece a la sociedad actual una cultura de la austeridad y la moderación en el uso de las cosas. Gracias a esta actitud el hombre moderno descubrirá el rostro gratuito de la vida y podrá aprender a dar gracias y a revestirse de simpatía, de cortesía y de amabilidad, caminos necesarios para vivir lo cotidiano.

Vivir así la vida, es abrir nuestro corazón para acoger toda la vida que existe en el Universo desde la vida humana hasta la más pequeña expresión que refiere al amor de Dios. Esta es la vida que Dios nos ofrece, y este es el camino que emprendió San Francisco.

Canción: El tiempo es de Dios
Autor: Nico Montero
https://youtu.be/PX7DJAfWYSU?list=PLKxU-TvdHXi2pFKu_anEheWfhUZVdjt68


29 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 5

“San Francisco, un hombre reconciliado con la naturaleza”

Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles.

Pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero, y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios.

De camino por la Marca de Ancona, después de haber predicado en la ciudad de este nombre, marchaba a Osimo junto con el señor Pablo, a quien había nombrado ministro de todos los hermanos en la dicha provincia; en el campo dio con un pastor que cuidaba un rebaño de cabras e irascos. Entre tantas cabras e irascos había una ovejita que caminaba mansamente y pacía tranquila.

Al verla, el bienaventurado Francisco paró en seco y, herido en lo más vivo de su corazón, dando un profundo suspiro, dijo al hermano que le acompañaba: «¿No ves esa oveja que camina tan mansa entre cabras e irascos? Así, créemelo, caminaba, manso y humilde, nuestro Señor Jesucristo entre los fariseos y príncipes de los sacerdotes. Por esto, te suplico, hijo mío, por amor de Cristo, que, unido a mí, te compadezcas de esa ovejita y que, pagando por ella lo que valga, la saquemos de entre las cabras e irascos»." (Vida primera según Celano, nº77)

Reflexión

Este relato nos revela el inmenso amor de Francisco por toda la obra de Dios; este amor así vivido representó en su tiempo algo radicalmente sorprendente y nuevo. Fue una experiencia que comunicaba al hombre directamente con lo divino.

Francisco logra ver, de una manera asombrosa, en toda la Creación la belleza que Dios había impreso en cada espacio del universo. Para Francisco la realidad entera, participante de idéntico origen y dignidad, estaba a su misma altura, todas las creaturas, sin distinción recibían el nombre de hermanas, inclusive el hombre leproso en su carne o en sus ideas, el hereje o infiel.

Esta mirada contemplativa sobre la Creación en Francisco es consecuencia del despojo de toda sed de dominio y de poder. Francisco vive pobre y es pobre, ama la vida y todo lo que hay en la vida con una infinita ternura. En él no hay espacio para la destrucción y la explotación de la obra creada por Dios.

De un corazón simple y pobre brotan la ternura y la simpatía, y a través de ellas se contempla la presencia de Dios en medio nuestro. El mundo para Francisco es una gran ventana donde se puede observar a Dios.

Canción: Laudato Si
Autor: Marco Frisina
https://www.youtube.com/watch?v=bbOWFPJiNm8



28 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 4

“San Francisco y la mansedumbre”
Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Todo su afán era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas.

Y les decía: «Que la paz que anuncian de palabra, la tengan, y en mayor medida, en sus corazones. Que ninguno se vea provocado por ustedes a ira o escándalo, sino que por su mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo»". (Leyenda de los Tres Compañeros 58)

"Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo." (Admonición 15)

Reflexión

No son pocas las organizaciones que promueven la paz. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana observamos que no se suele tratar con mansedumbre a los que nos rodean: impaciencia con los niños ante sus errores, gritos conduciendo el vehículo, malos gestos en las aglomeraciones del transporte público... La mansedumbre encuentra su fuente y sostén en la paz del corazón. De ahí puede brotar hacia los otros, pero no podemos dar lo que no poseemos.

Si poseemos la paz en nuestro interior será mucho más fácil y real transmitirla a los otros. San Francisco insiste más en poseer la paz: “Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones…” (Cf.TC 58). Quien posee la paz, como consecuencia crea la paz.

Una forma de medir cuánta paz poseemos la descubrimos en la admonición o consejo que da Francisco; en él nos muestra que los verdaderos pacíficos son aquellos que, por amor de nuestro Señor Jesucristo soportan todas las adversidades con un espíritu de verdadera paz, por ello podemos decir que la paz se mide en el momento de la prueba. Uno de los caminos para llegar a amar a Jesucristo y por este amor conservar la paz es la vivencia del evangelio.

Si procuramos guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1R. 1) seremos poseedores de los elementos que nos ayuden a vivir la paz; en primer lugar en nuestra propia vida y luego en nuestro entorno cotidiano. Seremos capaces de dar testimonio como cristianos de que otro mundo es posible, un mundo donde reine la paz y la concordia. "Comencemos, hermanos, porque hasta el presente poco o nada hemos hecho."

Canción: Ya podría yo
Autor: Fray Nacho
https://www.youtube.com/watch?v=qMbI_53fZPo


27 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 3

“San Francisco y la paz”
Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Como más tarde él mismo atestiguó, había aprendido, por revelación divina, este saludo: «El Señor te dé la paz». Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz.

Y es de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro- que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: «Paz y bien, paz y bien».

Se creyó firmemente que así como Juan, que anunció a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente.

Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones." (Leyenda de los Tres Compañeros nº 26)

Reflexión

El común de las personas relaciona a San Francisco con la paz, hasta el punto que todos los líderes religiosos se reunieron en Asís el año 1986 para orar por la paz, convocados por el Papa San Juan Pablo II. El espíritu de ese encuentro se ha ido repitiendo en distintos lugares, siendo el último de ellos en la misma ciudad de Asís hace unos días, de la mano del Papa Francisco.

En sí, San Francisco provoca y crea un sentimiento de unión y respeto entre quienes le admiran, sin importar su condición. Por lo tanto, el hermano de Asís es un modelo a seguir para quienes desean ser constructores de paz. El saludo de Francisco “el Señor te dé la paz”, con el cual procuraba iniciar toda predicación y además recomendaba a sus hermanos hacer, ha perdurado en el tiempo consolidándose como el lema particular de toda la familia franciscana, tal como lo anunciaba el precursor por las calles de Asís: ¡Paz y bien!

El deseo de paz que alojaba en el corazón y en la vida de Francisco no es otro que el regalo de Dios al hombre, pues el Señor le reveló que dijese ese saludo (Test.23)

Quien siente la gratuidad de Dios en su vida no hace otra cosa que compartirla. Así, el deseo de paz se recibe como uno de los dones más grandes de Dios: “que el Señor te dé su paz”. En consecuencia, la paz que predica Francisco es la paz que Dios ofrece a todos los hombres.

Canción: Paz, paz, paz
Autor: Juanes
https://www.youtube.com/watch?v=CT3ti7EQmOM

Oración ecuménica y ceremonia conclusiva de la Jornada Mundial para la Paz - 2016.09.20



26 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 2

“La pobreza de Francisco de Asís: expresión de solidaridad”

Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"San Francisco se apartaba instintivamente con horror de los leprosos. Los evitaba cuanto podía y no deseaba encontrase con alguno.

Un día que paseaba a caballo cerca de Asís, le salió al paso uno de ellos. Y por más que le causara mucha repugnancia y horror, sea por su mal olor u horrible apariencia, para no fallar en la práctica del amor, que descubría en su oración, saltando del caballo, corrió a besarlo. Y el leproso, al extenderle su mano a Francisco, el santo se la besó.

Volvió Francisco a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado, y, aunque era un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso.

Lleno de admiración y de gozo por lo vivido, pocos días después trata de repetir la misma acción. Se va al lugar donde moran los leprosos, y va besando la mano y la boca de cada uno de ellos.

Así, lo amargo que le era ver a los leprosos se convirtió en dulzura para su alma." (Vida segunda según Celano, nº 9)

Reflexión

Para San Francisco era muy desagradable encontrarse con los leprosos. Ellos representaban lo feo y más degradante del ser humano. Eran aquellas personas que por tener lepra, enfermedad que descompone la carne del cuerpo, bastante común en el tiempo de Francisco, eran expulsados de la ciudad y condenados a vivir fuera para esperar la muerte. Significaban, por lo tanto, lo más indigno de la sociedad, aquellos despreciados que nadie quería tocar.

Francisco se encuentra con ellos en un momento decisivo de su conversión. Aquel momento en que su vida cambia de tal manera que aquello que antes le era desagradable pasará a ser dulzura del alma. Es decir, un verdadero encuentro con Dios, pues descubre en los despreciados el rostro humano del Cristo sufriente.

Francisco se da cuenta de que Jesús también fue pobre en su vida, y ahora se le manifestaba a él en lo despreciable a los ojos de los hombres, los leprosos. También Jesús se encontró con ellos y los curaba de sus dolencias, transformando las situaciones de dolor e injusticia en verdadera liberación de las personas y sus esclavitudes.

Francisco se dio cuenta y quiso practicar la misericordia y la justicia con los más pobres de su tiempo y desde ahí comenzar a vivir como ellos, fuera de la ciudad y sin nada propio. Dios, que se ha manifestado plenamente en su Hijo pobre y humilde, continúa presente especialmente desde los pobres.

Por ello, reivindicar el primado de Dios es, para Francisco, hacer penitencia desde ellos, y por lo tanto, llevar una vida sobria, practicando la justicia, respetando a cada hombre y mujer por lo que es: un hijo de Dios, y por lo tanto, hermano mío. En nuestra actualidad también tenemos leprosos. Pensemos en las personas que menos cuentan en nuestra sociedad y descubramos en ellos el rostro de Cristo sufriente que nos invita a amarlo.

Canción: A ti te quiero yo en mi obra
Autor: Nico Montero


25 septiembre 2016

Novena a San Francisco de Asís - Día 1

“Francisco de Asís, un hombre justo y misericordioso”

Oración inicial

ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO DE SAN DAMIÁN [OrSD] 

¡Oh alto y glorioso Dios! 
Ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
 sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

Lectura tomada de los Escritos de san Francisco:

"Aunque Francisco animaba con todo su empeño a los hermanos a llevar una vida sobria, sin embargo, no era partidario de una severidad intransigente, es decir una vida sin misericordia. Prueba de ello es el siguiente hecho.

Cierta noche, un hermano que ayunaba hacía varios días, se sintió atormentado con un hambre tan terrible, que no podía estar tranquilo. Dándose cuenta san Francisco, llamó al hermano, le preparó la mesa con alimentos y -para evitarle toda posible vergüenza- comenzó él mismo a comer primero, invitándole dulcemente al hermano que sufría, que también él comiera.

Venció el hermano su vergüenza y tomó el alimento necesario, sintiéndose muy confortado, porque, gracias a la prudente acción del santo, había superado su desvanecimiento corporal, y además había recibido un gran ejemplo de edificación.

A la mañana siguiente, el varón de Dios, Francisco, llamó a sus hermanos y les contó lo sucedido aquella noche, añadiéndoles esta prudente recomendación: «Hermanos, que les sirva de ejemplo, en este caso, no tanto el alimento, sino el amor».

Les enseñó, además, a guardar la discreción, como reguladora de las virtudes; pero no la discreción que sugiere la carne, sino la que enseñó Cristo, un verdadero ejemplo de perfección." (Leyenda Mayor 5, 7)

Reflexión

San Francisco se esforzó mucho por ser fiel a Jesús, haciendo oración, dando gracias por todas las cosas recibidas de parte de Dios, y también practicando la justicia con quienes el Señor le había regalado para vivir juntos la vida en fraternidad. Francisco era exigente consigo mismo y bondadoso con los demás. Esta es una muestra de la justicia que descubría en su Señor y que debía practicar con sus hermanos.

Esta hermosa historia nos ayuda a descubrir que nuestra justicia debe estar fundamentada en el amor, para que sea verdadera justicia evangélica, de la misma manera que la practicó Cristo, dando a cada hombre y mujer lo que necesitaba, atendiendo las necesidades del prójimo.

Que también a nosotros nos sirva de enseñanza este pasaje, para estar atentos a lo que el amor nos exige a cada uno, sea en el hogar o el trabajo, en la iglesia o en la calle, en nuestra familia y con nuestros vecinos, y practicar la justicia misericordiosa que Jesús nos dio a conocer.

Canción: Amor de mis amores
Autor: Nico Montero
https://www.youtube.com/watch?v=8myvvtCnim8