«El solo ejemplo de Jesucristo en
su vida terrena, que quiso dar prueba de
tanto respeto y obediencia a san José, debería bastar para animarnos a todos a
ser defensores celosos y fervientes de la devoción hacia este gran santo.
Jesús, desde el instante en que
su Padre celestial le asignó a José para ocupar su lugar en la tierra, lo miró
siempre como a su padre, y, como tal, lo respetó y obedeció durante treinta años:
"Et erat subditus illis", y
les estaba sometido (Lc 2, 51). Lo que significa que durante todo ese tiempo la
única ocupación del Redentor fue obedecer a María y a José. Durante todo ese
tiempo, le correspondió a José mandar, como quien había sido constituido jefe
de esa pequeña familia; y a Jesús, obedecer, como subordinado; hasta tal punto
que Jesús no realizó jamás una sola acción, ni dio un solo paso, ni tomó jamás
su alimento, ni se entregó al reposo, sino siguiendo las órdenes de san José...
Esta humilde obediencia de
Jesucristo nos hace conocer que la dignidad de José es superior a la de todos
los santos, excepto la de la divina Madre.
De este modo, con razón un autor
erudito ha dicho: “Tiene derecho bien ganado a ser honrado por los hombres,
aquel al que el Rey de los reyes quiso elevar tan alto”. Por eso el mismo
Jesucristo recomendó a santa Margarita de Cortona “tener devoción especial a san
José, por ser el que le había procurado el alimento durante su vida” (san
Alfonso María de Ligorio)
“José no solamente tuvo el nombre
de padre de Jesús, sino que ejerció dicha misión, tanto como un hombre puede
hacerlo”, dice san Juan Damasceno.
La paternidad no la constituye
únicamente la procreación sino también la autoridad y los cuidados del
gobierno...
¿Existe una sola de las funciones
del mejor de los padres que no haya sido ejercida gloriosamente por este
servidor fiel y prudente, al que el Señor encargó el gobierno de su familia? ¿No
fue José el que recibió al Niño Jesús y lo acostó sobre la paja en el pesebre?
¿No fue José el que enrojeció con la sangre más preciosa el instrumento de la circuncisión,
cuando circuncidó a Jesús? Porque, como se sabe, eran los padres los encargados
de conferir ese rito a sus hijos. ¿No fue José, el que lo salvó de la furia de
Herodes, su perseguidor? ¿No fue él, el que le proporcionó, durante treinta
años, con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente, el alimento, la ropa
y el alojamiento? ¡Cuántas veces los brazos de san José sirvieron de cuna al
Niño Jesús! ¡Cuántos tiernos besos le prodigó! ¡Cuántas veces le dio de comer
con su mano, lo vistió, le enseñó a hablar y a trabajar! ¡Cuántas veces, cuando
este divino Niño se hizo mayor, José descansó sobre su corazón!
Ahora bien, si José ha sido un
padre tan tierno para Jesús, ¿cómo debió ser Jesús para José? No dudemos de que
haya sido para él el mejor de los hijos, y que le haya estado sometido,
siéndole obediente y respetuoso, en todas las cosas, como a su Padre» (san
Leonardo de Puerto Mauricio)
(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)