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07 agosto 2022

Y Él esperando dentro...

Esta mañana he ido a misa en mi pueblo. Me encontraba sola, rezando, esperando que llegara el sacerdote.

En mi pueblo normalmente no se tocan las campanas hasta que él llega y la gente no viene a la iglesia hasta que las tocan. El pueblo es pequeño, en 2 minutos a lo sumo llegas al templo desde la parte más lejana; así que, mientras el sacerdote se reviste, se van sentando en los bancos, mientras aprovechan para saludarse y contarse las últimas novedades.

Antes de entrar a la iglesia, el anciano del pueblo encargado de la llave me había dicho que algunas personas le habían comentado que querían ir a misa pero que cambiarla a las 13h en agosto era muy tarde, y que también faltarían algunas mujeres (como su esposa) porque había que preparar la comida a esas horas...

Mientras rezaba sola, en la oscuridad, escuché a personas fuera (la puerta estaba abierta) que se encontraban, saludaban, comentaban, reían... Reconocí algunas voces, de unos primos lejanos que son Testigos de Jehová. Evidentemente, ellos no iban a entrar a misa...

En diálogo con el Señor sobre todas estas personas que no vendrían, me han resonado con fuerza estas palabras del p. Leocadio...

Si estas almas supieran que dentro les esperaba el Pan de Vida Eterna... 





03 noviembre 2021

La bondad de san José

Por doquier el querido san José manifiesta su bondad.

Una pequeña árabe que había perdido a sus padres, había crecido como una hierba silvestre, sin encontrar afecto alguno. Las personas que la habían recogido la hacían trabajar sin darle mucho alimento. Era golpeada constantemente, por lo que se ponía más insoportable. Varias veces se había escapado, pero la habían atrapado. Llegó un día en que, no aguantando más, decidió arrojarse a un pozo en pleno campo.

Tiró sus sandalias al agua, para no dejar rastros. En el momento en que iba a tirarse, oyó unos pasos detrás de ella. Se dio la vuelta y vio a un hombre que le dijo: "¡Aun con todo, eso jamás!". Le devolvió sus sandalias y le dijo: "Ve, yo te ayudaré ", luego desapareció. La niña partió a la aventura. Cerca de una ciudad, fue acogida por un grupo de jóvenes que trabajaban en un campo. Le dieron de comer porque estaba hambrienta.

Al visitar su casa, la pequeña se detuvo emocionada delante de una estatua diciendo: "Es el Señor que me dijo: "¡Ve, yo te ayudaré!". Era una estatua de san José, y la casa era la del Buen Pastor. La niña quiso conocer quién era ese señor que ella había visto y que volvía a encontrar en ese momento. Después de san José, y con él, descubrió a la Santísima Virgen María, y luego a Jesucristo y a la Iglesia.

Al Bautismo le siguió la vocación religiosa y la toma de hábito con el nombre de hermana Magdalena de san José. Fue a reunirse con su Protector después de muchos años de vida feliz en la verdadera fe.

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


 

01 septiembre 2021

Director de la Sabiduría encarnada

«¿No es el hijo de ese obrero?, decían los judíos refiriéndose a Jesús. Sí, responde san Pedro Crisólogo, es el hijo de un obrero, pero ¿de qué obrero? Del que construyó el mundo, no con el martillo, sino por una orden de su voluntad; el que combinó los elementos, no por un efecto del ingenio, sino por un simple mandato; el que iluminó al sol, no con un fuego terrenal, sino con un calor superior; esta es la labor de un obrero, cuya palabra creó todo de la nada. Tenéis razón, santo Doctor; porque, en efecto, Jesús es el Hijo del gran Obrero que construyó el universo. Pero permitid que, para gloria de José, digamos también que es el hijo de ese pobre artesano, que en su pequeño taller maneja la sierra y la garlopa: y, puesto que la misma Santísima Virgen da a José ese hermoso título de padre de Jesús... decid también que es el hijo de este humilde carpintero, y que, como tal, le está sumiso, y que es el compañero de sus trabajos. ¡Oh! ¡Qué maravilla con solo pensar en ello!

Jesús ayudó a este artesano a trabajar la madera, como ayudó al Creador a edificar el mundo. ¡Oh maravillosa dignidad de José!, exclama Gerson. ¡Sublime grandeza que nos presenta a José como el émulo del mismo Dios!

¡Un pobre carpintero, que trabaja la madera, convertido en émulo de Aquel que ha creado el mundo! ¡Qué más queréis para proclamar a José como el más grande de todos los hombres, como padre, si el mismo Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo!

Hay tres cosas, dice el Doctor Angélico, que son tan grandes que Dios no puede hacer otras mayores, a saber: la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, causa de su unión hipostática con el Verbo; la gloria de los elegidos, en su género, a causa de su objeto principal, que es la esencia infinita de Dios; y la Madre incomparable de Dios, de la cual se ha dicho: “Majorem quam Matrem Dei non potest facere Deus”: Dios no puede honrar más a una persona que convirtiéndola en su propia Madre.

Podéis agregar, para gloria de José, que Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo» (san Leonardo de Puerto Mauricio )

 (del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)

25 agosto 2021

Obediencia de Jesús a san José

«El solo ejemplo de Jesucristo en su vida terrena, que quiso dar prueba de tanto respeto y obediencia a san José, debería bastar para animarnos a todos a ser defensores celosos y fervientes de la devoción hacia este gran santo.

Jesús, desde el instante en que su Padre celestial le asignó a José para ocupar su lugar en la tierra, lo miró siempre como a su padre, y, como tal, lo respetó y obedeció durante treinta años: "Et erat subditus illis", y les estaba sometido (Lc 2, 51). Lo que significa que durante todo ese tiempo la única ocupación del Redentor fue obedecer a María y a José. Durante todo ese tiempo, le correspondió a José mandar, como quien había sido constituido jefe de esa pequeña familia; y a Jesús, obedecer, como subordinado; hasta tal punto que Jesús no realizó jamás una sola acción, ni dio un solo paso, ni tomó jamás su alimento, ni se entregó al reposo, sino siguiendo las órdenes de san José...

Esta humilde obediencia de Jesucristo nos hace conocer que la dignidad de José es superior a la de todos los santos, excepto la de la divina Madre.

De este modo, con razón un autor erudito ha dicho: “Tiene derecho bien ganado a ser honrado por los hombres, aquel al que el Rey de los reyes quiso elevar tan alto”. Por eso el mismo Jesucristo recomendó a santa Margarita de Cortona “tener devoción especial a san José, por ser el que le había procurado el alimento durante su vida” (san Alfonso María de Ligorio)

“José no solamente tuvo el nombre de padre de Jesús, sino que ejerció dicha misión, tanto como un hombre puede hacerlo”, dice san Juan Damasceno.

La paternidad no la constituye únicamente la procreación sino también la autoridad y los cuidados del gobierno...

¿Existe una sola de las funciones del mejor de los padres que no haya sido ejercida gloriosamente por este servidor fiel y prudente, al que el Señor encargó el gobierno de su familia? ¿No fue José el que recibió al Niño Jesús y lo acostó sobre la paja en el pesebre? ¿No fue José el que enrojeció con la sangre más preciosa el instrumento de la circuncisión, cuando circuncidó a Jesús? Porque, como se sabe, eran los padres los encargados de conferir ese rito a sus hijos. ¿No fue José, el que lo salvó de la furia de Herodes, su perseguidor? ¿No fue él, el que le proporcionó, durante treinta años, con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente, el alimento, la ropa y el alojamiento? ¡Cuántas veces los brazos de san José sirvieron de cuna al Niño Jesús! ¡Cuántos tiernos besos le prodigó! ¡Cuántas veces le dio de comer con su mano, lo vistió, le enseñó a hablar y a trabajar! ¡Cuántas veces, cuando este divino Niño se hizo mayor, José descansó sobre su corazón!

Ahora bien, si José ha sido un padre tan tierno para Jesús, ¿cómo debió ser Jesús para José? No dudemos de que haya sido para él el mejor de los hijos, y que le haya estado sometido, siéndole obediente y respetuoso, en todas las cosas, como a su Padre» (san Leonardo de Puerto Mauricio)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)