«El clima de silencio que
acompaña todo lo que se refiere a la figura de san José se extiende también a
su trabajo de carpintero en la casa de Nazaret. Sin embargo, es un silencio el
que revela de una manera especial el perfil interior de esta figura. Los
Evangelios hablan exclusivamente de lo que "hizo" san José, pero
permiten descubrir en sus acciones, rodeadas de silencio, un clima de profunda
contemplación. José estaba tan diariamente en contacto con el misterio
escondido desde hacía siglos, que estableció su morada bajo su techo. Eso
explica, por ejemplo, por qué santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del
Carmelo contemplativo, se hizo la promotora de la renovación del culto a san
José en la cristiandad occidental.
El sacrificio absoluto que san
José hizo de toda su existencia ante las exigencias de la venida del Mesías a
su casa, encuentra su justo motivo en su insondable vida interior, de donde le
vienen las órdenes y los consuelos completamente especiales y de donde fluyen
para él la lógica y la fuerza, propias de las almas simples y transparentes,
las grandes decisiones, como la de poner inmediatamente a disposición de los
designios divinos su libertad, su vocación humana legítima, su felicidad
conyugal, aceptando la condición, la responsabilidad y el peso de la familia y
renunciando, en beneficio de un amor virginal incomparable, al amor conyugal
natural que la constituye y alimenta.
Esta sumisión a Dios, que es
prontitud de la voluntad para consagrarse a todo lo que concierne a su
servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción que constituye una de
las expresiones de la virtud de religión.
La comunión de vida entre José y
Jesús nos lleva a considerar también el misterio de la Encarnación precisamente
bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad
para la santificación de los hombres: en virtud de la divinidad, las acciones
humanas de Cristo han sido salvadoras para nosotros, al producir en nosotros la
gracia tanto en razón del mérito como por su eficacia verdadera.
Entre las acciones, los
evangelistas resaltan las que conciernen al misterio pascual, pero no omiten el
subrayar la importancia del contacto físico con Jesús a propósito de las
curaciones (Mc 1, 41) y la influencia que ejerce sobre Juan Bautista cuando ambos
estaban en el seno materno (Lc 1, 41-44)
El testimonio apostólico no dejó
de narrar el nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el
Templo, la huida a Egipto y la vida escondida en Nazaret, y ello en razón del
" misterio" de gracia contenido en tales "gestos", todos
salvíficos, porque participan de la misma fuente de amor: la divinidad de
Cristo.
Si este amor a su humanidad
irradiaba sobre todos los hombres, los primeros beneficiarios eran
evidentemente aquellos que la voluntad divina había colocado en su intimidad
más cercana: María, su madre, y José, su padre nutricio.
Puesto que el amor
"paternal" de José no podía dejar de influir sobre el amor
"filial" de Jesús y puesto que, recíprocamente, el amor
"filial" de Jesús no podía dejar de influir sobre el amor paternal de
José, ¿cómo llegar a conocer en profundidad esta relación totalmente singular?
Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con justo título en
José un ejemplo luminoso de vida interior.
Además, la aparente contradicción
entre la vida activa y la vida contemplativa es superada en él de manera ideal,
como ocurre en el que posee la perfección de la caridad. Según la distinción
bien conocida entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del
amor (necessitas caritatis), podemos decir que José experimentó tanto el amor
de la verdad, es decir, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que
irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, es decir el
amor, puro también, de servicio, requerido por la protección y el desarrollo de
esta misma humanidad» (Papa san Juan Pablo II)
(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)