06 octubre 2021

Una preciosa conversión

Un hombre de cuarenta y siete años, devorado por una sórdida avaricia, se contagia de sarampión. Solicita un lugar entre los pobres de un hospital. Pronto la religiosa encargada de la sala donde se encuentra, lo visita y le pregunta si es buen cristiano.

– Poco importa, contesta con rudeza, con tal que sea un hombre honesto. – Pero ser un hombre honesto no basta para ir al cielo.– Yo asisto a Misa todos los domingos. – Hace falta más aún; un buen cristiano tiene otros deberes.

El enfermo, molesto por esta conversación, se vuelve del lado de la pared y permanece mudo. La religiosa se retira, y como no hay indicios de estado grave, decide esperar una ocasión mejor. Hasta difiere el regalarle una medalla de san José, aunque este pensamiento le viene varias veces a la mente.

Sin embargo, el estado del enfermo se agrava, la fiebre sube, queda afectado el pecho. El capellán acude, y se esfuerza por inspirar sentimientos cristianos en ese pobre hombre. El desdichado responde con groserías a sus expresiones caritativas y vomita toda clase de invectivas contra los sacerdotes. La religiosa encargada de la sala de los hombres encomienda ese pecador a san José y logra, si bien no sin esfuerzo, ponerle su medalla al cuello. Pronto el moribundo, feliz de poseer este objeto de piedad, pide conservarlo siempre y hasta llevarlo consigo si un día tiene que salir del hospital. Desde ese instante una transformación se opera en él. A esa rudeza que lo hacía inabordable, la sustituyen modales respetuosos; y cuando de nuevo le hablan de confesión, no opone ninguna resistencia y se confiesa con los sentimientos del más vivo arrepentimiento.

– iOh!, mi buena hermana, decía a la religiosa que lo cuidaba, después de su entrevista con el capellán. ¡Qué feliz soy! Esta vez, he confesado todos mis pecados; me ha costado mucho, es cierto, pero no he pagado demasiado caro la alegría que siento. ¡Cuánto me arrepiento de haber cumplido tan mal mis deberes en el pasado! Si sano, con la protección de san José, viviré de modo muy distinto.

La enfermedad avanzaba rápidamente; se creyó necesario darle los sacramentos, que recibió con las disposiciones más consoladoras. Hasta el final de su vida, edificó a sus allegados por sus sentimientos verdaderamente cristianos. «Morir después de haber hecho tanto mal y tan poco bien; es terrible», decía. Media hora antes de entregar su alma a Dios, tenía aún todo su conocimiento y repetía con un acento que emocionaba a los que lo rodeaban: «¡Dios mío, tened misericordia de mí!... ¡Santa María, rogad por mí, pobre pecador!... ¡San José, ayudadme a bien morir!». Y expiró sin agonía.

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


29 septiembre 2021

Familias bajo el patrocinio de san José

Las familias que quieren ser cristianas deben valerse del patrocinio de san José, recibirán auxilios muy particulares para realizar su noble ideal.

«José nos lleva directamente a María, y María a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su sumisión a José y a María consagró las virtudes familiares. Ahora bien, nuestro deseo es ver a todas las familias cristianas renovarse teniendo como modelos a tan hermosos ejemplos de virtud.

Así, a partir del momento en que la comunidad del género humano descanse sobre el fundamento de la familia, el día en que la sociedad doméstica adquiera más estabilidad, en que la santidad conyugal, que no admite de ningún modo la contracepción o el aborto, la concordia y la fidelidad sean salvaguardadas en ella más religiosamente, en el mismo instante se verá como una fuerza nueva, una sangre nueva, derramarse sobre todos los miembros de la sociedad humana y la virtud de Cristo penetrar en ella hasta sus últimos repliegues: ese día, veremos florecer la reforma no sólo de las virtudes privadas, sino también de la vida social y nacional» (Benedicto XV)

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


 

22 septiembre 2021

«Las escaleras inexplicables» de la hermana M. Florián

Este relato histórico fue extraído de «Las escaleras inexplicables» de la hermana M. Florián. En 1873, las religiosas de la Academia de Loreto de Nuestra Señora de la Luz, en Santa Fe, sur de los Estados Unidos (Nuevo México), contrataron carpinteros mexicanos para la construcción de una capilla gótica siguiendo el modelo de la Sainte Chapelle de París. Concebido por el arquitecto P. Mouly, este edificio fue construido en cinco años y su coste ascendió a 30.000$. Medía 22,50m. de largo por 7,50m. de ancho y 25,50m. de alto. Casi acabada la construcción, se descubrió un error o una omisión: no había ningún medio para subir al coro que se encontraba al fondo de la capilla.

Se llamó entonces a varios carpinteros, pero sus respuestas fueron todas idénticas: en razón de la altura, resultaba imposible construir una escalera. Ocuparía demasiado lugar en la nave; habría, pues, que usar una escalera de mano o reconstruir completamente el coro. Consternadas, las hermanas de Loreto resolvieron confiar a san José, cuya fiesta estaba próxima, esta dificultad humanamente insoluble. Comenzaron entonces una novena en su honor.

El último día de la novena, un hombre de cabellos entrecanos, acompañado de un asno y llevando una caja de herramientas, se detuvo en la Academia. Pidió hablar con la Madre Magdalena, superiora a cargo del convento en aquella época, y le ofreció sus servicios para la construcción de una escalera. Encantada, la Madre Magdalena aceptó inmediatamente. La construcción duró cerca de seis meses. Algunas religiosas que presenciaron los trabajos, notaron que el misterioso artesano había usado únicamente una sierra, una escuadra y un martillo. Recuerdan haber visto unas cubas repletas de tajos de madera. Cuando la Madre Magdalena buscó al obrero para pagarle, le fue imposible encontrarlo. Se ofreció una recompensa; nadie la reclamó. Incluso el taller de manufactura de la madera no tenía ningún documento de compra de la madera utilizada.

La obra es una escalera circular de 33 escalones y 2 espirales completas de 360°, sin ningún soporte central. Se apoya arriba sobre el coro y abajo sobre el piso que la sostiene completamente. Unos tarugos de madera sirven de clavos.

A lo largo de los años, arquitectos y constructores de numerosos países extranjeros inspeccionan esta obra maestra de la arquitectura. Todos se admiran de ver que esta escalera exista aún. Algunos pensaban que se derrumbaría al poco de usarla, pero a pesar de su empleo diario continúa resistiendo desde hace más de un siglo.

En la Academia, la Hermana Mary, en aquel entonces de trece años, fue una de las primeras en subir por la escalera con sus amigas, pero asustadas la bajaron de rodillas. No resulta difícil de comprender, pues la escalera carece de pasamanos.

Algunos expertos en la materia afirman que los largueros de la combadura han sido instalados con precisión. En el interior, la madera está empalmada en siete lugares diferentes y en nueve lugares en el exterior, formando cada pieza una curva perfecta. Además, esa madera es dura y no sería originaria de Nuevo México. Dónde fue adquirida, es todavía un misterio.

El señor Carl R. Albach, encargado de la instalación eléctrica, debió subir varias veces esta escalera para llegar al contador que se encuentra en lo alto del coro. Sintió cada vez un cierto movimiento vertical, como si las dos vueltas de 360° formaran un ancho resorte. No es el único que lo sintió. La actual Madre Superiora, Madre Ludavina, tuvo también la misma sensación subiendo la escalera. Quizá sea ese el secreto de su construcción.

¿El mismo san José es el autor de esta magnífica escalera milagro? Cualquiera que sea la respuesta, las Hermanas de la Academia de Loreto están seguras de que la escalera fue una respuesta a sus oraciones confiadas al glorioso esposo de Nuestra Señora, el modelo de los artesanos y el consolador de los afligidos.

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


 

14 septiembre 2021

Felices los que conocen bien a san José

A mediados de marzo de 1867, llevaban a una señora paralítica, protestante, a una casa de beneficencia de Canadá, puesta bajo el patrocinio de san José. Ella buscaba allí un alivio a sus sufrimientos y no pensaba en un cambio de religión. Hasta llegaba a comentar con una de sus amigas: «¡Muy hábil sería el que me atrapara!». No conocía a san José, menos aún todos sus recursos para ganar un alma. Cada día las religiosas dedicadas a la atención de la casa hacían el mes de marzo y rogaban a San José por la pobre paralítica. Sin que lo supiera, habían cosido en uno de los pliegues de su vestido dos medallas, una de la Santísima Virgen y otra de san José.

Un día, una religiosa hizo que la conversación girara sobre san José.

– San José, continuó la protestante, yo no conozco a ese hombre, no lo he visto nunca.

– ¿Cómo, replicó la Hermana, usted está en una casa y no conoce al dueño? Y abriendo su libro de oficios, le presentó una estampa de san José.

– ¡Oh, qué bien está! Dijo contemplándolo; pero ¿quién es?

La buena hermana se lo explicó lo mejor posible; y he aquí que, para gran sorpresa suya, la señora toma la estampita, la besa con respeto y pide que se la den para guardarla. A partir de ese día no tenía más consuelo que oír hablar de san José, que le contaran la vida que había llevado, las virtudes que había practicado. Ella tenía un hijo joven a quien unos amigos piadosos le guiaban al catolicismo. Este vino a solicitar a su madre autorización para abjurar del error el próximo uno de mayo; ella aceptó con gran firmeza. Apenas él había partido, hizo llamar al capellán de la casa.

– ¡Señor, le dijo, quiero ser católica, quiero ser bautizada al mismo tiempo que mi hijo! Tenga la bondad de instruirme.

La instruyeron, la prepararon y el 1 de mayo se vio a la madre y al hijo al pie del altar de san José, mezclando sus lágrimas con el agua santa que corría sobre sus frentes. Y el último día del mes nuestros nuevos católicos hacían su primera Comunión y recibían el sacramento de la Confirmación.

¡Felices los que hacen conocer, felices los que conocen bien a san José!

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01 septiembre 2021

Director de la Sabiduría encarnada

«¿No es el hijo de ese obrero?, decían los judíos refiriéndose a Jesús. Sí, responde san Pedro Crisólogo, es el hijo de un obrero, pero ¿de qué obrero? Del que construyó el mundo, no con el martillo, sino por una orden de su voluntad; el que combinó los elementos, no por un efecto del ingenio, sino por un simple mandato; el que iluminó al sol, no con un fuego terrenal, sino con un calor superior; esta es la labor de un obrero, cuya palabra creó todo de la nada. Tenéis razón, santo Doctor; porque, en efecto, Jesús es el Hijo del gran Obrero que construyó el universo. Pero permitid que, para gloria de José, digamos también que es el hijo de ese pobre artesano, que en su pequeño taller maneja la sierra y la garlopa: y, puesto que la misma Santísima Virgen da a José ese hermoso título de padre de Jesús... decid también que es el hijo de este humilde carpintero, y que, como tal, le está sumiso, y que es el compañero de sus trabajos. ¡Oh! ¡Qué maravilla con solo pensar en ello!

Jesús ayudó a este artesano a trabajar la madera, como ayudó al Creador a edificar el mundo. ¡Oh maravillosa dignidad de José!, exclama Gerson. ¡Sublime grandeza que nos presenta a José como el émulo del mismo Dios!

¡Un pobre carpintero, que trabaja la madera, convertido en émulo de Aquel que ha creado el mundo! ¡Qué más queréis para proclamar a José como el más grande de todos los hombres, como padre, si el mismo Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo!

Hay tres cosas, dice el Doctor Angélico, que son tan grandes que Dios no puede hacer otras mayores, a saber: la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, causa de su unión hipostática con el Verbo; la gloria de los elegidos, en su género, a causa de su objeto principal, que es la esencia infinita de Dios; y la Madre incomparable de Dios, de la cual se ha dicho: “Majorem quam Matrem Dei non potest facere Deus”: Dios no puede honrar más a una persona que convirtiéndola en su propia Madre.

Podéis agregar, para gloria de José, que Dios no puede hacer un padre más grande que el que tiene a Dios por hijo» (san Leonardo de Puerto Mauricio )

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25 agosto 2021

Obediencia de Jesús a san José

«El solo ejemplo de Jesucristo en su vida terrena, que quiso dar prueba de tanto respeto y obediencia a san José, debería bastar para animarnos a todos a ser defensores celosos y fervientes de la devoción hacia este gran santo.

Jesús, desde el instante en que su Padre celestial le asignó a José para ocupar su lugar en la tierra, lo miró siempre como a su padre, y, como tal, lo respetó y obedeció durante treinta años: "Et erat subditus illis", y les estaba sometido (Lc 2, 51). Lo que significa que durante todo ese tiempo la única ocupación del Redentor fue obedecer a María y a José. Durante todo ese tiempo, le correspondió a José mandar, como quien había sido constituido jefe de esa pequeña familia; y a Jesús, obedecer, como subordinado; hasta tal punto que Jesús no realizó jamás una sola acción, ni dio un solo paso, ni tomó jamás su alimento, ni se entregó al reposo, sino siguiendo las órdenes de san José...

Esta humilde obediencia de Jesucristo nos hace conocer que la dignidad de José es superior a la de todos los santos, excepto la de la divina Madre.

De este modo, con razón un autor erudito ha dicho: “Tiene derecho bien ganado a ser honrado por los hombres, aquel al que el Rey de los reyes quiso elevar tan alto”. Por eso el mismo Jesucristo recomendó a santa Margarita de Cortona “tener devoción especial a san José, por ser el que le había procurado el alimento durante su vida” (san Alfonso María de Ligorio)

“José no solamente tuvo el nombre de padre de Jesús, sino que ejerció dicha misión, tanto como un hombre puede hacerlo”, dice san Juan Damasceno.

La paternidad no la constituye únicamente la procreación sino también la autoridad y los cuidados del gobierno...

¿Existe una sola de las funciones del mejor de los padres que no haya sido ejercida gloriosamente por este servidor fiel y prudente, al que el Señor encargó el gobierno de su familia? ¿No fue José el que recibió al Niño Jesús y lo acostó sobre la paja en el pesebre? ¿No fue José el que enrojeció con la sangre más preciosa el instrumento de la circuncisión, cuando circuncidó a Jesús? Porque, como se sabe, eran los padres los encargados de conferir ese rito a sus hijos. ¿No fue José, el que lo salvó de la furia de Herodes, su perseguidor? ¿No fue él, el que le proporcionó, durante treinta años, con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente, el alimento, la ropa y el alojamiento? ¡Cuántas veces los brazos de san José sirvieron de cuna al Niño Jesús! ¡Cuántos tiernos besos le prodigó! ¡Cuántas veces le dio de comer con su mano, lo vistió, le enseñó a hablar y a trabajar! ¡Cuántas veces, cuando este divino Niño se hizo mayor, José descansó sobre su corazón!

Ahora bien, si José ha sido un padre tan tierno para Jesús, ¿cómo debió ser Jesús para José? No dudemos de que haya sido para él el mejor de los hijos, y que le haya estado sometido, siéndole obediente y respetuoso, en todas las cosas, como a su Padre» (san Leonardo de Puerto Mauricio)

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18 agosto 2021

Confianza segura en san José

«La fuerte lluvia que cae sin parar desde la mañana provoca, al comienzo de la tarde, inundaciones en el barrio sur de una ciudad de los Estados Unidos: los conductos de agua se desbordan, las alcantarillas están atascadas, de tal manera que el agua inunda las calles, transformadas en ríos e invade los subsuelos; las familias deben evacuar sus habitaciones. La electricidad y el son cortados hasta el día siguiente, el aeropuerto debe ser cerrado.

En la calle, delante de nuestra casa, el agua alcanza 90 cm. de altura...

En nuestra casa, el sótano está inundado también; por prudencia, los ascensores se ponen fuera de servicio. Una vez más, san José responde a nuestra confianza: poco después de haber colocado su estatua en el exterior, y otra sobre el borde de una ventana y una lamparita a sus pies, el nivel del agua comienza a bajar... y finalmente la lluvia cesa».

Lacónica pero conmovedora, esta carta muestra cómo saben las Hermanitas de los Pobres ser agradecidas a su poderoso protector, tratando por este medio de transmitir su fe a las almas humildes que confían más en la gracia divina que en sus propias fuerzas.

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11 agosto 2021

Consagración de Francia a san José

El 7 de junio de 1660, mientras Luis XIV está en la frontera de España para recibir a la infanta María Teresa, la nueva reina de Francia, un pastor, Gaspar Ricard d'Estienne, como hacía un día muy caluroso, se refugió con sus animales bajo la sombra de los árboles del Cerro del Bessillon en el corazón de la provincia de Var, en el municipio de Cotignac. Está muy sediento porque hace mucho tiempo que agotó el agua de su cantimplora. De pronto, un hombre de contextura imponente surgió delante de él y, señalando una roca, le dijo: «Yo soy José. Levanta esa roca y beberás ». Gaspar evalúa con la mirada el peso de la enorme roca y contesta sencillamente: «No podré, es demasiado pesada». Pero el misterioso visitante reitera su orden. Entonces el pastor se acerca y, con gran sorpresa, mueve la roca al primer intento. Nueva sorpresa: una fuente de agua viva comienza a fluir en el lugar. Gaspar se arroja sobre el agua que corre y bebe con avidez. Cuando se levanta para expresar su sorpresa y su gratitud, el hombre había desaparecido.

El pastor corre a anunciar la novedad al pueblo, donde, por supuesto, nadie quiere creerle. Pero, al fin, algunas personas se deciden a seguirlo hacia el lugar que todos saben que no tiene manantial. A su llegada, gritan de alegría porque el agua corre en abundancia, desde hace tres horas, y todos constatan que la roca que Gaspar movió tan fácilmente él solo, no se mueve si no la empujan ocho hombres juntos. Gaspar adquiere entonces conciencia de la fuerza que le fue dada por el cielo y exclama: «El que estaba ahí era san José; es él el que me dio la fuerza». Todos se arrodillan como él y dan gracias a san José. Posteriormente, las curaciones obtenidas por la aplicación del agua milagrosa atraen a las multitudes hacia el Cerro del Bessillon. El culto de san José, inexistente hasta entonces en la comarca, toma un impulso extraordinario, y se extiende rápidamente más allá de la Provenza.

Con los donativos que los peregrinos depositan al lado del manantial, o entregan a los habitantes de Cotignac, los concejales municipales deciden construir, con la aprobación del obispo de Fréjus, una capilla en ese lugar, en honor de san José.

Todos estos hechos no tardan en ser conocidos hasta en París, donde el nombre de Cotignac es muy famoso desde el tiempo del voto de Luis XIII. Entonces interviene el gesto piadoso de Luis XIV hacia san José. Probablemente sorprendido por la misteriosa coincidencia entre su entrada en Francia, de regreso de España, con la mujer con quien iba a casarse dos días después y la aparición de san José en Cotignac, el rey, que ya debía a Nuestra Señora de las Gracias su propia existencia, no podía sino acceder a la petición conjunta de su madre y de su futura esposa, de decretar que a partir de ese momento la fiesta de san José sería día festivo en el reino. Después, el 19 de marzo de 1661, el rey consagró Francia a san José, como su padre lo había hecho a María veintitrés años antes.

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04 agosto 2021

Primacía de la vida interior

«El clima de silencio que acompaña todo lo que se refiere a la figura de san José se extiende también a su trabajo de carpintero en la casa de Nazaret. Sin embargo, es un silencio el que revela de una manera especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que "hizo" san José, pero permiten descubrir en sus acciones, rodeadas de silencio, un clima de profunda contemplación. José estaba tan diariamente en contacto con el misterio escondido desde hacía siglos, que estableció su morada bajo su techo. Eso explica, por ejemplo, por qué santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo la promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

El sacrificio absoluto que san José hizo de toda su existencia ante las exigencias de la venida del Mesías a su casa, encuentra su justo motivo en su insondable vida interior, de donde le vienen las órdenes y los consuelos completamente especiales y de donde fluyen para él la lógica y la fuerza, propias de las almas simples y transparentes, las grandes decisiones, como la de poner inmediatamente a disposición de los designios divinos su libertad, su vocación humana legítima, su felicidad conyugal, aceptando la condición, la responsabilidad y el peso de la familia y renunciando, en beneficio de un amor virginal incomparable, al amor conyugal natural que la constituye y alimenta.

Esta sumisión a Dios, que es prontitud de la voluntad para consagrarse a todo lo que concierne a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción que constituye una de las expresiones de la virtud de religión.

La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva a considerar también el misterio de la Encarnación precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad para la santificación de los hombres: en virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo han sido salvadoras para nosotros, al producir en nosotros la gracia tanto en razón del mérito como por su eficacia verdadera.

Entre las acciones, los evangelistas resaltan las que conciernen al misterio pascual, pero no omiten el subrayar la importancia del contacto físico con Jesús a propósito de las curaciones (Mc 1, 41) y la influencia que ejerce sobre Juan Bautista cuando ambos estaban en el seno materno (Lc 1, 41-44)

El testimonio apostólico no dejó de narrar el nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el Templo, la huida a Egipto y la vida escondida en Nazaret, y ello en razón del " misterio" de gracia contenido en tales "gestos", todos salvíficos, porque participan de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo.

Si este amor a su humanidad irradiaba sobre todos los hombres, los primeros beneficiarios eran evidentemente aquellos que la voluntad divina había colocado en su intimidad más cercana: María, su madre, y José, su padre nutricio.

Puesto que el amor "paternal" de José no podía dejar de influir sobre el amor "filial" de Jesús y puesto que, recíprocamente, el amor "filial" de Jesús no podía dejar de influir sobre el amor paternal de José, ¿cómo llegar a conocer en profundidad esta relación totalmente singular? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con justo título en José un ejemplo luminoso de vida interior.

Además, la aparente contradicción entre la vida activa y la vida contemplativa es superada en él de manera ideal, como ocurre en el que posee la perfección de la caridad. Según la distinción bien conocida entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José experimentó tanto el amor de la verdad, es decir, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, es decir el amor, puro también, de servicio, requerido por la protección y el desarrollo de esta misma humanidad» (Papa san Juan Pablo II)

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28 julio 2021

Pequeños y hermosos testimonios

En una casa de Hermanitas de los Pobres, la hermana cocinera apenas tenía manzanas, escasas y caras este año. En un gesto de humilde confianza, deposita una a los pies de san José. Pocos días después, otra casa de la misma congregación recibía una llamada telefónica y se les comunicaba que un camión de manzanas había volcado en un accidente su carga en la carretera. Se les rogaba que fueran a buscar manzanas... y la comunidad de las Hermanas recibía una camioneta llena.

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Un joven hacía sus estudios en la casa del cura de su pueblo, como aspirante al sacerdocio. Deseaba  consagrar  su  vida  al  servicio  de  Dios  y  a  la  salvación  de  las  almas.

Desgraciadamente, tenía tantas dificultades con la lengua latina, que su generoso maestro perdió la paciencia y temió de momento por su éxito. Las lágrimas del estudiante, su aplicación y su piedad contribuyeron, sin embargo, a prolongar la prueba. "Mi querido hijo, dijo el venerable pastor, no veo más que un medio para salir de esta situación: es ponerte bajo la protección de san José, rogarle y suplicarle ardientemente que te conceda los talentos que no tienes; de otra manera nos quedaremos en el camino. Vamos, anímate, yo uniré mis oraciones a las tuyas y tengo la firme confianza de que seremos escuchados, porque todo lo consigue la oración perseverante".

El estudiante se arrojó en los brazos de san José y rogó con tanto fervor, que el buen Patriarca lo tomó bajo su amparo de una manera maravillosa. La inteligencia del joven se abrió poco a poco, sus talentos se desarrollaron y terminó sus clases con éxito. Cuando entró en el seminario mayor, se distinguió por sus luces tanto como por sus virtudes, y recibió el sacerdocio con honor. Nombrado sucesivamente profesor de teología dogmática y de teología moral, superior y finalmente vicario general, fue durante muchos años la luz y el consejo de la mayoría de los sacerdotes que dirigió a su vez. Lo que se notaba por encima de todo en este hombre de Dios era su confianza y su reconocimiento hacia san José, su generoso bienhechor.

 

Aprendamos de estos testimonios cuán poderosa es ante el Corazón de Dios la oración humilde y perseverante que se le dirige por intercesión del santo esposo de María.

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