En el siglo XIX, un sacerdote,
dedicado durante muchos años al ministerio de las almas en Francia, era
consultado frecuentemente por la superiora de un gran establecimiento
penitenciario dirigido por religiosas. Este centro, situado en el campo y
sostenido por la generosidad de varias damas nobles, contaba en aquel momento
con más de ochocientas mujeres arrepentidas que se habían refugiado allí para
escapar del vicio y de la vergüenza y que, aparte de las contribuciones
voluntarias de personas caritativas, no tenían más recursos que el trabajo de
sus manos. La superiora recibía encargos de varios grandes almacenes de París y
eso era lo que le permitía mantener a tanta gente.
«Entre nuestras ochocientas
chicas, decía ella a este sacerdote, hay unas cuatrocientas que viven como
verdaderas santas». En un momento dado, las industrias que proveían de trabajo
al establecimiento cesaron los pedidos durante cierto tiempo. Se buscó en otro
lado un proveedor, pero fue en vano. Ya casi todos los recursos estaban
agotados, no se podía continuar más así. «Si no nos llegan auxilios, dijo la superiora
al sacerdote director suyo, hay que resignarse a morir de hambre, o despedir a
nuestras pobres muchachas. Y si las despacho, ¿acaso no volverán a caer en el
vicio y se perderán para siempre? ¿Qué hacer? Se lo ruego». – «Diríjase a San
José, le respondió el sacerdote, comience una novena en su honor con toda su
comunidad».
La superiora siguió el consejo.
Por esos mismos días precisamente, un compañero del sacerdote tenía que ir a
una ciudad de provincia, donde estaba invitado a predicar un sermón un día de
gran solemnidad. Su amigo le había hablado de la estrechez de la pobre
comunidad y de la novena a san José que acababan de comenzar para lograr
algunos recursos. Cuando llegó a dicha ciudad, nuestro misionero se dirigió al
hotel. A la mañana siguiente, después de las cinco, oye llamar a su puerta;
abre y ve delante de él a un criado con traje de librea que le ruega se digne
ir a ver a su señora, una condesa X., que desea encarecidamente hablar con él.
A pesar de su sorpresa, el misionero no duda y sigue al instante al criado.
Encontró a la señora que lo había llamado en un estado de agitación extrema.
«Permítame, padre, le dijo,
contarle lo que me ha sucedido esta noche y pedirle consejo. He visto aparecer
a un anciano venerable que, con un gesto amenazador, me ordenó ir en auxilio de
un cierto convento. Desde ese momento, no tengo descanso y estoy presa de una
gran agitación. Dígame, pues, Padre, lo que debo pensar de todo esto».
El sacerdote empezó a sonreír,
sabiendo perfectamente de qué se trataba, porque su compañero le había
informado sobre la novena en honor de San José.
-«¡Qué! ¿Se ríe usted., le dijo
la dama, cuando yo estoy completamente fuera de mí y no sé qué hacer?»
-«Yo sonrío, señora, le contestó
el misionero, porque ya estoy al corriente de todo y estoy en condiciones de
darle un buen consejo».
Y le contó todo lo que sabía por
su compañero respecto a la aflicción del establecimiento penitenciario y sobre
el recurso de las jóvenes a san José.
-«¿No piensa Ud., dijo al
despedirse de la señora, que san José oyó la oración de esas pobres chicas y
quiso elegirla a usted como instrumento de sus misericordias? Sería usted digna
de lástima si no quisiera comprender las amenazas del santo».
Tras haber dado todas estas
explicaciones a la dama, el misionero se marchó y volvió a su hotel. Pronto oye
nuevamente golpear a su puerta. Abre. Es el mismo criado de librea que se
presenta y le entrega de parte de la condesa un sobre sellado diciéndole que su
señora le envía su contenido. El padre abre el sobre y encuentra la suma exacta
que necesitaban las religiosas. Era la respuesta de san José a la invocación
que le habían hecho.
(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)