09 junio 2021

¡Una estampa!

Una madre cristiana tenía una hija cuya conducta era deplorable. Esta madre afligida nunca entraba en la Iglesia sin caer de rodillas delante de un cuadro de san José, implorando con lágrimas la conversión de su hija.

Al fin, sintió una inspiración: «Si le diera una estampa de san José», se dijo, y, aprovechando la ausencia de su hija, entró en su habitación. Sobre la mesa había un libro, pero ¡qué libro!

«¡Oh, san José!, dijo la madre, perdóname si pongo aquí vuestra estampa, pero es necesario».

Al regresar, la joven reanudó su lectura.

-¿Qué es esto? dijo: ¡Una estampa!

Le dio la vuelta y leyó maquinalmente una oración impresa en el reverso. Allí le esperaba la gracia divina. Se puso a llorar en señal de arrepentimiento y tiró al fuego el libro malo: estaba convertida.

(del libro "Id a José" de la Abadía San José de Clairval: https://www.clairval.com/index.php/es/)


 

02 junio 2021

Fidelidad de san José en favor de aquellos que confían en él

He aquí el testimonio de una madre de familia a propósito de la fidelidad de San José en favor de aquellos que confían en él en todas sus necesidades.

El 19 de marzo de 19... Muy queridos Hermanos:

Hoy, 19 de marzo, fiesta de san José, tengo la dicha de hacerles saber que este gran santo acaba de escuchar una vez más las oraciones que le he dirigido desde el 1 de marzo y que, en la situación dolorosa en que me encontraba, no ha cesado de darme cada día ayuda, protección y consuelo.

Tanto es así que ayer, cuando yo rezaba con total confianza, recibí la visita de mis padres que no me hablaban desde hace varias semanas, es decir, desde el día que les anuncié mi embarazo. Este niño que llevo desde hace tres meses no era aceptado, porque molestaba tanto a mi familia como a mi marido y a mis padres.

Esta persona ya había hecho a san José una novena para lograr de él una gran gracia. Y san José se mostró nuevamente muy generoso ante tanta confianza en él concediendo incluso más de lo que le había sido pedido...

En silencio, pedí a san José poder soportar este sufrimiento, esta hostilidad y le supliqué que suavizara el corazón de mis familiares.

Anoche, víspera de su fiesta, vi a mis padres llegar a mi casa y preguntarme si podrían quedarse para cenar. Les invité, pues, a quedarse con nosotros. Al final de la comida, cuando se disponían a partir, me propusieron, a mí y a mi esposo, ir a pasar el domingo a su casa para ver a toda mi familia y agregaron que eso les agradaría mucho. Vi el arrepentimiento en sus ojos y sentí que se habían arrepentido de haber querido la muerte de mi hijo tan amenazado por tantos parientes que querían que lo hiciera abortar.

Creí entonces que san José había finalmente tocado su corazón y estaba conmovida. iTantas veces este padre nutricio de Jesús, que es también el nuestro, se había mostrado tan pródigo en gracias!. Me había sostenido siempre en los momentos difíciles, tanto en mi trabajo diario como en mi vida privada.

Yo les había confiado a Uds. mis problemas familiares y mi difícil situación. Es cierto que les debo a todos ustedes esta gracia y ahora espero que el más grande de todos los santos después de María Santísima convierta finalmente a todos aquellos que no creen en Dios y desesperan, sin el auxilio de la fe. Esta gracia es la que deseo a mis familiares, a fin de que su alma y su corazón estén en paz así como en armonía con el Padre Todopoderoso, en unión con el Espíritu Santo para toda la eternidad.

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26 mayo 2021

La huida a Egipto

«Cuando los santos Magos informaron a Herodes que el Rey de los Judíos acababa de nacer, este príncipe bárbaro ordenó matar a todos los niños que se encontraban entonces en los alrededores de Belén. Ahora bien, como Dios quería preservar, de momento, a su Hijo de la muerte, envió a un ángel para advertir a José que tomara al Niño y a su Madre y que huyera a Egipto.

Considerad aquí la pronta obediencia de José, quien, tinque el ángel no le prescribiera el instante de la parada, no opuso ninguna dificultad, ni en cuanto al tiempo, ni en cuanto al modo de realizar semejante viaje, ni en cuanto al lugar en donde podrían establecerse en Egipto, sino que se dispuso a partir. Así, pues, en el mismo instante, se lo comunicó a María.

¡Cuánta debió de ser la pena de san José en ese viaje cuando veía sufrir así a su querida esposa, poco acostumbrada a los caminos, llevando en sus brazos al querido Niño que, mientras huían, se pasaban el uno al otro, con el temor constante de encontrar a cada paso a los soldados de Herodes, y todo eso en el más riguroso tiempo de invierno, con la incomodidad del viento y de la nieve!

¿Con qué podrían alimentarse durante ese viaje, como no fuera con un pedazo de pan que habían traído de su casa o que habían recibido de limosna?

De noche, ¿dónde podrían descansar como no fuera en alguna mala choza, o al campo raso, o a lo sumo, bajo algún árbol? José estaba muy resignado a la voluntad del Padre Eterno que quería que su Hijo comenzara a sufrir desde su infancia para expiar los pecados de los hombres; pero el corazón tierno y amante de san José no podía dejar de sentir una pena muy viva oyendo a Jesús llorar a causa del frío y de las otras incomodidades que experimentaba.

Considerad, finalmente, cuánto debió sufrir José durante su estancia de siete años en Egipto, en medio de una nación idólatra, bárbara y desconocida, puesto que no tenía allí ni parientes, ni amigos que pudieran ayudarlo. Por eso, san Bernardo decía que, para alimentar a su esposa y a ese Divino Niño que provee el alimento a todos los hombres y a todos los animales de la tierra, el Santo Patriarca estaba obligado a trabajar día y noche» (San Alfonso de Ligorio)

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19 mayo 2021

Es a san José a quien se lo debemos

La estrechez de la calle, en frente del jardín, era tal que el ancho semirremolque cargado de viguetas de hierro para la armadura de la futura capilla de un establecimiento religioso no tuvo el espacio necesario para girar y entrar por el portal.

Contrariado, el chófer resolvió cruzar un erial para acometer la obra por otro lado. La tentativa era arriesgada, dado el peso del cargamento. En efecto, a los pocos metros, el camión se hunde hasta la mitad de las ruedas en la tierra movediza, empapada por las recientes lluvias.

Esto ocurría al comienzo de la tarde. Durante cuatro horas, un equipo de obreros se esfuerza por sacar el camión. Hacia las seis, no más adelantados que al comienzo, fueron a advertírselo a las hermanas, que no estaban al corriente de nada.

La Superiora va al lugar, anima a los obreros y concluye: «Hay que rezar a san José».

Actitud escéptica de los obreros... El capataz deja entrever que él no es católico.

Delante de la pequeña estatua de san José, nueva sorpresa. Explicaciones breves... Nuevas sonrisas escépticas. «En todo caso, dice uno de los presentes, no es esta estatua la que va a sacar el camión... ¡No lo sacaremos de allí si no es con mucho esfuerzo!».

La buena Madre no respondió. Los intentos comenzaron de nuevo, sin conseguir otra cosa que hacer girar las pesadas ruedas en el mismo lugar con su ganga de barro. Los maderos puestos debajo del vehículo cedieron. Los gatos que no se podían usar, fueron puestos de lado. Descorazonados, los obreros pensaban abandonar el trabajo hasta el día siguiente.

Silenciosamente, la Madre Superiora tomó la estatuita de san José y la ató a la tela roja que colgaba de la viga más larga del cargamento; hecho esto, pidió probar un nuevo intento por última vez. El capataz se negó. «Vamos, dijo el chófer, si no lo hacemos nosotros... la hermana va a intentarlo ella misma».

Y salta a su asiento, pone el motor en marcha. El vehículo se pone en movimiento, las ruedas salen de las rodadas, dos minutos después el camión está en la carretera. Entonces, haciendo callar las exclamaciones de los asistentes, el capataz se acerca a la Reverenda Madre: «¡Gracias, Madre, es a san José a quien se lo debemos!»

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12 mayo 2021

Respuesta de san José a la invocación que le habían hecho

En el siglo XIX, un sacerdote, dedicado durante muchos años al ministerio de las almas en Francia, era consultado frecuentemente por la superiora de un gran establecimiento penitenciario dirigido por religiosas. Este centro, situado en el campo y sostenido por la generosidad de varias damas nobles, contaba en aquel momento con más de ochocientas mujeres arrepentidas que se habían refugiado allí para escapar del vicio y de la vergüenza y que, aparte de las contribuciones voluntarias de personas caritativas, no tenían más recursos que el trabajo de sus manos. La superiora recibía encargos de varios grandes almacenes de París y eso era lo que le permitía mantener a tanta gente.

«Entre nuestras ochocientas chicas, decía ella a este sacerdote, hay unas cuatrocientas que viven como verdaderas santas». En un momento dado, las industrias que proveían de trabajo al establecimiento cesaron los pedidos durante cierto tiempo. Se buscó en otro lado un proveedor, pero fue en vano. Ya casi todos los recursos estaban agotados, no se podía continuar más así. «Si no nos llegan auxilios, dijo la superiora al sacerdote director suyo, hay que resignarse a morir de hambre, o despedir a nuestras pobres muchachas. Y si las despacho, ¿acaso no volverán a caer en el vicio y se perderán para siempre? ¿Qué hacer? Se lo ruego». – «Diríjase a San José, le respondió el sacerdote, comience una novena en su honor con toda su comunidad».

La superiora siguió el consejo. Por esos mismos días precisamente, un compañero del sacerdote tenía que ir a una ciudad de provincia, donde estaba invitado a predicar un sermón un día de gran solemnidad. Su amigo le había hablado de la estrechez de la pobre comunidad y de la novena a san José que acababan de comenzar para lograr algunos recursos. Cuando llegó a dicha ciudad, nuestro misionero se dirigió al hotel. A la mañana siguiente, después de las cinco, oye llamar a su puerta; abre y ve delante de él a un criado con traje de librea que le ruega se digne ir a ver a su señora, una condesa X., que desea encarecidamente hablar con él. A pesar de su sorpresa, el misionero no duda y sigue al instante al criado. Encontró a la señora que lo había llamado en un estado de agitación extrema.

«Permítame, padre, le dijo, contarle lo que me ha sucedido esta noche y pedirle consejo. He visto aparecer a un anciano venerable que, con un gesto amenazador, me ordenó ir en auxilio de un cierto convento. Desde ese momento, no tengo descanso y estoy presa de una gran agitación. Dígame, pues, Padre, lo que debo pensar de todo esto».

El sacerdote empezó a sonreír, sabiendo perfectamente de qué se trataba, porque su compañero le había informado sobre la novena en honor de San José.

-«¡Qué! ¿Se ríe usted., le dijo la dama, cuando yo estoy completamente fuera de mí y no sé qué hacer?»

-«Yo sonrío, señora, le contestó el misionero, porque ya estoy al corriente de todo y estoy en condiciones de darle un buen consejo».

Y le contó todo lo que sabía por su compañero respecto a la aflicción del establecimiento penitenciario y sobre el recurso de las jóvenes a san José.

-«¿No piensa Ud., dijo al despedirse de la señora, que san José oyó la oración de esas pobres chicas y quiso elegirla a usted como instrumento de sus misericordias? Sería usted digna de lástima si no quisiera comprender las amenazas del santo».

Tras haber dado todas estas explicaciones a la dama, el misionero se marchó y volvió a su hotel. Pronto oye nuevamente golpear a su puerta. Abre. Es el mismo criado de librea que se presenta y le entrega de parte de la condesa un sobre sellado diciéndole que su señora le envía su contenido. El padre abre el sobre y encuentra la suma exacta que necesitaban las religiosas. Era la respuesta de san José a la invocación que le habían hecho.

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05 mayo 2021

Siempre tenemos necesidad de san José

Un renombrado cirujano danés termina su oración de la mañana con esta jaculatoria: «¡San José, ruega por nosotros!». Viendo mi mirada atónita me dice sonriendo: «Siempre tenemos necesidad de este gran taumaturgo».

Por la noche, le ruego a mi huésped que me cuente algunos hechos en los cuales san José intervino en su vida... Tras un momento de indecisión, me dice: «No me gusta hablar de hechos vividos sobre todo cuando se refiere al dominio religioso... Pero quizás le sirva para hacer saber a otros que san José ayuda siempre, si confiamos en él plenamente.

Por eso, escuche lo que he visto con mis propios ojos y lo puedo afirmar bajo juramento, como también el criminal que expía sus crímenes en prisión, arrepentido por la gracia de Dios.

Una noche de invierno, tomo el tren de Th. a V. En el compartimiento tenuemente iluminado, estoy solo con una gruesa suma de dinero destinada a la construcción de una clínica. Debí dormirme o al menos adormilarme como consecuencia del cansancio debido a mis viajes nocturnos o a operaciones urgentes. Yo no recobro la conciencia sino cuando una sombra silenciosa se lanza sobre mí y el individuo me aprieta la garganta. ¡Imposible alcanzar la alarma! ¡Imposible deshacerme de él para pedir auxilio! Es un coloso que trata de meterme una mordaza en la boca...

Pienso en san José. A mi llamada, siempre ha venido en mi ayuda. ¿Qué sucederá ahora? En ese mismo momento, un formidable puñetazo venido del exterior de la ventanilla del tren golpea a mi agresor, que me suelta. Nuestras miradas se vuelven a un mismo tiempo hacia el cristal donde aparece un rostro... ¡este rostro! (y el médico muestra la estatua de san José que se encuentra sobre su escritorio). El hombre que me aplasta bajo su rodilla, lanza un grito y desaparece. Como saliendo de un sueño, miro a mi alrededor. El departamento está vacío».

Abre el cajón de su escritorio y continúa: «Solamente esta mordaza y esta navaja se encontraban a mi lado sobre la banqueta. Yo había decidido callarme, pero he aquí que, algún tiempo más tarde, el mismo hombre por su cuenta se presenta en la prisión de reclusos para expiar sus crímenes. Lo hace como un verdadero cristiano arrepentido.

Dígame, ¿no tenemos suficientes motivos para honrar a san José, que ha intervenido en tantos casos delicados? Diga a los que están apenados que pongan su confianza en san José, quien encontrará una solución a las situaciones más desesperadas».

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28 abril 2021

Amor de san José a Jesús y María

«José era santo ya antes de su matrimonio, pero aún hizo muchos más progresos en la santidad después del matrimonio con la Santísima Virgen María. Los ejemplos de su santa Esposa bastaban para santificarlo. Pero si María, como dice San Bernardino de Siena, es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, ¡con qué profusión había enriquecido a su esposo, al que amaba tanto, y del cual, a su vez, era tan amada! ¡Cuánto más debemos creer que creció la santidad de José por el trato continuo y la familiaridad que tuvo con Jesucristo durante todo el tiempo que vivieron juntos! Si los dos discípulos que iban a Emaús se sintieron abrasados de amor divino en el poco tiempo que acompañaron al Salvador y lo oyeron hablar, ¡qué llamas ardientes de santa caridad debieron iluminar el corazón de José después de conversar durante treinta años con Jesucristo, después de oír las palabras de vida eterna que salían de su boca, y observar los maravillosos ejemplos de humildad, paciencia y obediencia que le daban mostrándose tan diligente en ayudarle en todos sus trabajos y servirle en todas las necesidades del hogar!

¡Qué incendio de amor divino debían obrar todos esos dardos inflamados de caridad en el corazón de José, corazón desapegado de todos los afectos de la tierra! Cierto que amaba también mucho a su Esposa María, pero este amor a María no dividía su corazón, como dice el Apóstol que el hombre casado tiene su corazón divido. No, el corazón de José no estaba dividido, porque el amor que tenía a su Esposa le colmaba de amor divino todavía más. Así, sin lugar a dudas, José, mientras vivió con Jesucristo, acrecentó sus méritos y su santidad hasta tal punto que podemos ciertamente decir que sobrepasó los méritos de todos los otros santos.

Considerad en primer lugar el amor que José tuvo a santa Esposa. Ella era la mujer más bella de toda la creación; más aún, era la más humilde, la más dulce, la más pura, la más obediente y la más aventajada en el amor de Dios que haya habido jamás entre todos los hombres y todos los ángeles: de tal manera que merecía todo el amor de José que amaba tanto la virtud. Agregad también a esto que José veía cuánto le amaba a él María, quien ciertamente prefería en su corazón a su esposo antes que a todas las otras criaturas. Por otra parte, San José la consideraba la predilecta de Dios, elegida para ser la Madre de su Hijo único. Ahora bien, por todas estas consideraciones, reflexionad cuál debía ser el afecto que conservaba en su corazón el justo y agradecido José para una esposa tan amable.

Considerad, en segundo lugar, el amor que José tenía a Jesús. Cuando Dios eligió a este santo para hacer las veces de padre de Jesús, ciertamente debió grabar en su corazón el amor que convenía a un padre, al padre de un hijo tan amable, al padre de un Niño-Dios. Así, el amor de José no fue un amor puramente humano, como es el amor de los otros padres, sino un amor sobrehumano que le hacía encontrar en la misma persona a un hijo y a Dios. José sabía bien, por la revelación cierta y divina que había tenido del ángel, que este niño, que lo acompañaba siempre, era el Verbo divino, quien se había encarnado por amor a los hombres y en particular a él. Sabía que él mismo lo había elegido entre todos para ser el guardián de su vida, y quería ser llamado su hijo. Ahora bien, considerad qué incendio de amor santo debía arder en el corazón de José cuando pensaba en todo esto y cuando veía a su divino Maestro servirlo como un aprendiz: ora abrir, ora cerrar el taller, ora ayudarlo a cortar madera o usar la garlopa y el hacha; ora recoger las virutas y barrer la casa; en una palabra, obedecerle en todo lo que le mandaba, y, más aún, no hacer nada sino bajo la dependencia de la autoridad que José ejercía como padre.

La prolongada familiaridad de las personas que se aman a veces enfría el amor, porque cuanto más tiempo conviven entre ellos, más se conocen los defectos unos de otros. No ocurría así respecto a San José: cuanto más convivía con Jesús, más conocía su santidad. ¡Juzgad por esto cuánto amaba a Jesús!» (San Alfonso de Ligorio)

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21 abril 2021

Confianza firme en san José

Una joven llamada Filomena, de diecinueve años de edad, guardaba cama desde el 5 de septiembre. Una enfermedad nerviosa, con sus secuelas comunes, minaba sus fuerzas al punto de que todo movimiento se le hacía insoportable y el estómago no toleraba ni siquiera una cucharada de caldo. No quedaba otro recurso más que Dios, y todos los que se acercaban a la joven paciente le rogaban que tuviera piedad de tanta miseria y recompensara tanta resignación, pusiera término a su martirio y llamara a esta joven alma a las alegrías inefables del cielo.

Tal era su triste estado cuando, el 28 de febrero, Filomena recibió de una religiosa, su ex superiora, una carta en la cual ésta la comprometía a no descorazonarse y a empezar, el 10 del mes siguiente, una novena a san José, novena que debía terminar el mismo día de la fiesta del gran Patriarca. La confianza de la superiora era tan grande que la carta terminaba con estas palabras: «Tengo una esperanza tan firme, que le digo: Hasta pronto, hasta el 19, espero que después de Dios, tendré su visita, nuestra casa está bajo el patrocinio de san José». Esta confianza era compartida por la enferma, quien anunciaba con seguridad su curación para el 19.

Durante la novena, el mal no hizo más que aumentar. El 1, la joven tenía terribles dolores; pero el 18, se sintió aliviada. El 19, tuvo la felicidad de recibir la santa comunión, y algunos minutos después se levantó súbitamente y se arrodilló delante de una imagen de san José, que se encontraba a algunos pasos de distancia, sobre una mesa. La curación era tan completa como instantánea. Todos los síntomas de la enfermedad habían desaparecido, todos, sin exceptuar ninguno; y el estómago tan debilitado retuvo y digirió el alimento que le sirvieron. ¡Gracias sean dadas a san José!

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14 abril 2021

El justo san José

«El ángel le ordenó partir rápidamente y llevar a Nuestra Señora y a su Hijo muy querido a Egipto; inmediatamente José parte sin decir palabra.

No pregunta: ¿A dónde iré? ¿Qué camino tomaré? ¿Con qué nos alimentaremos? ¿Quién nos recibirá? Parte sin planes, con sus herramientas al hombro, a fin de ganar su pobre sustento y el de su familia con el sudor de su frente. ¡Oh! ¡Cuánta pesadumbre le tenía que causar esta preocupación de la que hablamos, teniendo en cuenta que el ángel no le había dicho el tiempo que deberían quedarse allí!; no podía instalar ninguna morada estable puesto que no sabía cuándo le ordenaría el ángel regresar. El ángel no le dijo hasta cuándo se quedaría en Egipto y san José no se lo preguntó. Allí se quedó mucho tiempo, sin preguntar sobre su vuelta, seguro de que Aquel que le había mandado que partiera, le ordenaría nuevamente cuándo tendría que regresar, a lo cual estaba siempre dispuesto a obedecer. Estaba en tierra no solamente extranjera, sino enemiga de los israelitas; tanto que los egipcios estaban aún resentidos porque se habían ido, y habían sido la causa de que una gran parte de ellos murieran ahogados, cuando los perseguían.

Pensad qué deseos tendría san José de volver a causa de los continuos temores que padecería entre los egipcios. El disgusto de no saber cuándo saldría de allí, sin duda debía afligir enormemente y atormentar su pobre corazón; sin embargo, siempre es el mismo, siempre manso, tranquilo y perseverando en su total sumisión a la voluntad de Dios, por la que se dejaba conducir plenamente; porque, como es llamado justo, tenía siempre su voluntad ajustada, adaptada y conforme a la de Dios.

Ser justo no es otra cosa que estar unido perfectamente a la voluntad de Dios, y estar siempre conforme con ella en toda clase de acontecimientos, sean prósperos o adversos. Que san José haya estado en toda ocasión siempre perfectamente sometido a la voluntad divina, nadie puede ponerlo en duda. Pero ¿es que no os dais cuenta? Mirad cómo el ángel lo pone a prueba sin temor. Le dice que hay que ir a Egipto, y parte; le ordena que regrese, y vuelve» (San Francisco de Sales)

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07 abril 2021

Un pequeño milagro ruso de san José

La escena transcurre en Rusia, en una casa en donde toda señal religiosa ha desaparecido. Solo la Babouchka (abuela), en la habitación de arriba, permaneció fiel a Cristo.

Un día, ella saca de su escondite el icono de san José y enciende dos cirios, y es entonces cuando Michailo, su nieto, la sorprende rezando. El niño hace mil preguntas a Babouchka y se interesa por todo lo que le dice.

Enseguida, se apresura a contar a su madre que él ha rezado a san José con la Babouchka... Matrjona, una atea implacable, reacciona como una víbora herida: «Pequeño imbécil, tú repites lo que las viejas cuentan. En Rusia, no hay Buen Dios, no hay santos y tampoco san José». Luego, con un tono más calmado: «Dime, Michailo, ¿has visto ya al Buen Dios? ¿Has encontrado alguna vez a san José? ¿O bien, el Niño Jesús te ha dado algo?... ¡Querido niño, eso son cuentos en los cuales creen aún las viejas mujeres sin instrucción! ¡Desgraciado de ti si crees en lo que dice la abuela! Los soldados vendrán y nos llevarán a todos como se llevaron al tío Iván. Entonces, llamarás a Dios en vano... ¡A Él no le importará nuestra suerte! ¿Entendido?»

Jelissay, el padre, asiste a la escena con el alma inquieta. Unos cascabeles de troica lo vuelven a la realidad. Unos amigos y paisanos de Matrjona se quedan por varios días con ellos. Son acogidos con la hospitalidad proverbial de los rusos. La vida en esa hacienda aislada será menos monótona. Gracias a la magnífica troica, organizan grandes excursiones. Los días pasan rápidos. Llega la fiesta de san José que, antes, era celebrada con solemnidad y al repique de campanas.

En ausencia de la familia y de sus huéspedes, la Babouchka enciende los cirios delante del icono de san José y ora a este gran santo en unión con los numerosos corazones rusos que han permanecido fieles a la fe de sus padres.

Al día siguiente, Matrjona vuelve con el niño enfermo. Por la noche, todo su cuerpo tiembla. La fiebre sube, los padres están enloquecidos. Los visitantes se van y prometen enviar un médico desde la ciudad más próxima. La madre vela día y noche a la cabecera de la cama del niño. Cuando por fin el doctor llega, mueve la cabeza y declara que el niño está perdido. Propone a los padres quedarse con ellos si así lo desean, hasta el desenlace fatal. El padre acepta el amable ofrecimiento y espera contra toda esperanza. En cuanto a Matrjona, desesperada, sube a la habitación de su suegra y le suplica que encienda los cirios: «Quiero orar contigo, Babouchka, le dice. Michailo no tiene más que unas horas de vida. Si sana, creeré y no me burlaré más». Prorrumpe en llanto y repite las oraciones rezadas por la anciana. Luego vuelve al lado de su niñito y no le quita los ojos de encima, moviendo los labios como si rezara...

El enfermito delira. Puede morir en cualquier momento. No ocurre así. Después de medianoche, Michailo está más tranquilo y poquito a poco se duerme. Al mismo tiempo, la fiebre baja. Con la mayor naturalidad, el médico se levanta y dice: «No tengo nada que hacer aquí. El diablo debe de haber intervenido, no puedo explicarlo de otra manera. Adiós. ¡Felicidades!»

Matrjona sigue al médico con la mirada perdida. Pero Jelissay no entiende el comportamiento de su esposa que le dice: «Querido Jelissay, no sé qué decir: ve a la habitación de tu madre, ella te lo explicará todo». Y sollozando se arrodilla y murmura: «Dios mío, yo creo... San José, os doy las gracias».

Enterado de lo que había pasado, Jelissay se pone de rodillas al lado de su esposa y oran juntos. Luego, la besa y va al encuentro de su madre, cuya fidelidad a la fe alcanzó este milagro y la felicidad de la familia.

A la mañana del día siguiente, Michailo abre los ojos y mira a sus padres con sorpresa. Pidió algo para comer. Su convalecencia llenó de gozo a sus padres, pero la alegría de haber recobrado la fe fue aún más grande.

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