¡Feliz año nuevo a todos!
El Señor es muy bueno y hace
bastante tiempo me puso en el corazón adquirir un pequeño librito titulado “Id a José”, de la Abadía San José de
Clairval, en Francia (https://www.clairval.com/index.php/es/)
Y es un hermoso regalo de su
Misericordia, porque Él sabía que el Papa Francisco convocaría un año santo en
honor a San José desde el 8 de diciembre del 2020 al 8 de diciembre del 2021, y
cuánta falta me haría ponerme bajo su patrocinio y enseñanza (puedes
ver los documentos aquí: http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/papa-francesco-lettera-ap_20201208_patris-corde.html
y http://www.vatican.va/roman_curia/tribunals/apost_penit/documents/rc_trib_appen_pro_20201208_decreto-indulgenze-sangiuseppe_sp.html)
He comenzado a orar con el
librito y es una preciosidad, con textos (de santos, etc.), testimonios y
oraciones. Voy a ir compartiendo hasta el 8 de diciembre algunos de ellos los miércoles
(día consagrado a él en la Iglesia por el Papa León XIII, el 5 de
Julio de 1883), pero hoy comienzo con el consejo que nos da Santa Teresa
de Jesús.
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publicaciones, podéis suscribiros al blog (para que os llegue al correo) o
mirar mis redes los miércoles. Espero que nos ayude a todos para crecer en el
cariño y conocimiento de San José. Que Dios os bendiga+
Testimonio de Santa Teresa de Jesús
La famosa santa del Carmelo
cuenta, en la historia de su vida, el episodio de una enfermedad que iba a
ponerla a prueba durante tres años. Veamos con qué palabras nos habla de San José.
«El extremo de flaqueza no
se puede decir, que solo los huesos tenía ya. Digo que estar así me duró más de
ocho meses; el estar tullida, aunque iba mejorando, casi tres años. Cuando comencé
a andar a gatas, alababa a Dios. Todo lo que estuve tan mala me duró mucha
guarda de mi conciencia, cuanto a pecados mortales. ¡Oh, válame Dios, que
deseaba yo la salud para más servirle, y fue causa de todo mi daño! Pues como
me vi tan tullida y en tan poca edad, y cual me habían parado los médicos de la
tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen, que todavía
deseaba la salud, aunque con mucha alegría lo llevaba; y pensaba algunas veces,
que si estando buena me había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía
pensaba que servía mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro engaño, no
nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene.
Comencé a hacer devociones a
Misas, y cosas muy aprobadas de oraciones, que nunca fui amiga de otras
devociones que hacen algunas personas, con ceremonias que yo no podía sufrir, y
a ellas les hacían devoción, y tomé por abogado y señor al glorioso San José, y
encomendéme mucho a él. Vi claro que así
de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre
y señor mío me sacó, con más bien que yo le sabía pedir.
No me acuerdo hasta ahora haberle
suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes
mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los
peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece
les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo,
tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a
entender que así como le fue sujeto en la tierra (que como tenía nombre de
padre, siendo ayo, le podía mandar), así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han
visto otras algunas personas a quien yo decía se encomendasen a él, también por
experiencia: y aún hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta
verdad.
Procuraba yo hacer su fiesta con
toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo
se hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento; mas esto tenía de
malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era lleno de
imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y curiosidad y vanidad, tenía
gran maña y diligencia: el Señor me perdone.
Querría yo persuadir a todos
fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los
bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y
haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque
aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme, ha
algunos años, que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo
cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. Si fuera
persona que tuviera autoridad de escribir, de buena manera me alargara en decir
muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso santo a mí y a otras
personas; mas por no hacer más de lo que me mandaron, en muchas cosas seré
corta, más de lo que quisiera; en otras, más larga que era menester. En fin,
como quien en todo lo bueno tiene poca discreción. Solo pido, por amor de Dios,
que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es
encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial personas
de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar
en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que
no le den gracias a San José, por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no
hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y
no errará en el camino.» (Santa Teresa, “Libro de su vida”, cap.6)
En su piedad filial, Santa Teresa
de Jesús no cesará nunca de llamar a San José: “Señor y padre mío”.