martes, 31 de enero de 2017

TESTIMONIO - A sus pies hay paz...

Cuando dejamos un mínimo huequito al Señor en nuestro corazón, Él se cuela y nos llena de todo aquello que verdaderamente necesitamos. Esta ha sido (y es) la experiencia de mi amiga Idoia Azpilikueta que hoy os comparto.

A SUS PIES HAY PAZ...

Siempre en casa nos han inculcado una religión Católica y Cristiana. No es que se viviera una fe tremenda, pero mi madre ha sido catequista durante muchísimos años y los Domingos íbamos a Misa. Me bautizaron, igual que a mis hermanos, hicimos la Primera Comunión, y de ahí en adelante nada más. 

Allá por las navidades de 1985 llamó una persona a casa, y nos dijo a mi hermana y a mí que habría una acampada de Navidad en un pueblo cercano al nuestro. Que habría muchos jóvenes, guitarras, buen ambiente, que sería un fin de semana justo antes de Reyes, y que estábamos invitadas. Que además de la ropa y del saco de dormir, deberíamos de llevar una biblia. Mi hermana enseguida dijo que ella no iba, yo en cambio dije que sí, aún sin tener muy claro a dónde iba, pero dije que SI. Ese fue mi primer SI al SEÑOR sin darme cuenta de ello.

Recuerdo que fuimos 6 chicas de diferentes edades, pero del mismo pueblo, y aunque sea de vernos en la calle nos conocíamos. En el autobús, comenzamos a hablar y nadie sabía a dónde iba, pero todas nos imaginábamos sobre qué iría la acampada, o al menos que tenía algo que ver con la Iglesia puesto que llevábamos una biblia, todas excepto una que se quedó con que habría guitarras. Pensó que iba a un concierto de rock.

Pasó ese fin de semana y la verdad es que el Señor sabe muy bien por dónde agarrarnos, y así lo hizo,…. nos encandiló y nos enamoró a base de canciones. Aún recuerdo muy bien la primera canción que el Señor puso en mi boca. “JESÚS ES, JESÚS ES SEÑOR, ALELUYA, ALELUYA, GLORIA A DIOS, GLORIA A DIOS”, palabras sencillas, pero que calaron profundamente en mí.

Después de aquella acampada, con la excusa de no olvidar las canciones comenzamos a juntarnos una vez a la semana. Quedábamos en un local que nos dejaron las monjas Clarisas de nuestro pueblo y grabábamos las canciones para no olvidarlas. Yo creo que el Señor ya estaba abriendo camino en nuestros corazones a base de la música, porque no hacíamos mucho más, cantar y grabar canciones. Rezábamos el Padre Nuestro y poco más.

Con el tiempo decidimos que aquellas reuniones no podían seguir siendo sólo para grabar canciones, así que con ayuda al principio de la madre superiora de las Clarisas y más tarde por nuestra propia iniciativa, comenzamos a introducir oraciones, algunas escritas y otras espontáneas, porque nos daba mucha vergüenza hablar en alto, así que al principio las llevábamos escritas y las leíamos.

Aquello que comenzó las navidades del 85, lleva funcionando como grupo de oración de la Renovación Carismática juntándose cada martes en el mismo local que nos cedieron hace 32 años, y de las 6 jóvenes que comenzamos somos 4 las que seguimos, así que pienso que el Señor hizo una buena obra regalándonos aquellas canciones.

El grupo ha tenido altibajos y cada uno de los que estamos también. La vida personal de cada uno es distinta aunque el amor del Señor nos una a todos por igual y yo soy una de esas personas que ha sufrido altibajos.

El grupo comenzó a ser más profundo, venía gente de fuera, algunos se quedaban, otros se marchaban, otras nos manteníamos… y conocí al que luego sería mi marido y padre de mis hijos en el grupo de oración. "¡Qué bueno!", pensaréis, los dos en el mismo camino, y así fue al principio. Llegaron los hijos y nos turnábamos para ir al grupo, pero poco a poco mi marido se fue apartando de Dios, del Señor, o eso pensaba yo al menos, porque ponía excusas para no ir al grupo.

Pasó el tiempo y mi vida cambió por completo de la mañana a la noche. Cuando llegué a casa me enteré que en mi matrimonio había una tercera persona y no era el SEÑOR. Mi vida se derrumbó y junto con la mía la de mis hijos. El tiempo quiso que mi matrimonio que hasta entonces había sido perfecto, o al menos sin ningún problema, terminara en un divorcio y con mi divorcio llegó mi enfado con el SEÑOR. Llegué a juzgarlo, a no querer saber nada de El ni de nadie de mi alrededor. Me ofrecían ayuda y yo no la aceptaba, los hermanos del grupo se ofrecían a orar por mí, y yo no les abría la puerta de mi corazón, ni a ellos ni a ese “Señor” que hacía más de 20 años se había ganado mi corazón. Para mí todo era negro, negativo, y nada ni nadie podía sacarme de aquel agujero porque mi corazón estaba cerrado con un gran candado, hasta que caí en una depresión. Había tocado fondo y ya nada me importaba, pero el Señor nunca te abandona y quiso que mi hija y mi hermana fueran mi mano derecha en aquellos momentos. Se valió de ellas para que poco a poco pudiera ir flotando.

Tiempo después me animé a ir a una eucaristía que celebraban como fin de un retiro y cuando llegué me acogieron como si nunca me hubiera marchado del grupo. En el abrazo de una hermana en concreto sentí el abrazo del Señor, sentí que nunca me había abandonado y poco a poco comencé a ir nuevamente al grupo. Al principio me costó un poco, pero poco a poco iba entrando nuevamente en oración, iba agradeciendo al Señor no haberme soltado nunca de su mano durante todo este tiempo. Aunque yo le negara cada minuto de mi vida, el Señor no había roto el cordón que nos unía.

Han ido pasando los años y el Señor me ha ido regalando muchas cosas, pero sentía que a cambio me pedía algo, y no sabía qué. Si tenía algún problema, se lo presentaba al Señor y al poco tiempo todo se solucionaba; si había algún dolor lo presentaba y el dolor desaparecía, y yo se lo agradecía, pero en mi corazón seguía sintiendo que el Señor quería algo más de mí.

Estas navidades, una hermana del grupo me dijo que teníamos que ir a la acampada de jóvenes de Navidad, a aquella que fuimos por primera vez en el año 1985, y mi primera reacción fue: “No puedo, tengo oculista”. A la mañana siguiente pasé por delante de la consulta y pensé: “¿Y si pudiera cambiar de fecha?”, así que entré y me dijeron: “No hay ningún problema, puedes elegir día y hora”. Así que cambié la cita médica, y llamé a la hermana del grupo y le dije: “Apúntame, voy”.

Volver a reencontrarte con gente que conociste en aquella acampada fue algo que no se puede explicar… y recordar aquella acampada fue el regalo más grande que he recibido estas navidades.

Sentí que el Señor me hablaba y me pedía eso que yo durante todo este tiempo no he sabido qué era. Me pedía que diera el paso de confesarme. Sí…el Señor quería que me confesase, porque desde que me divorcié no me había confesado más. El Señor quería enseñarme que cada vez que un hermano venía a ayudarme y yo le decía que NO, le estaba negando a El también; que cada vez que me regalaba una oración le decía NO, pero a pesar de todo eso El seguiría insistiendo regalándome cosas a cambio de CONFESARME. Así que, después de 8 años, en esta acampada de Navidad he vuelto a confesarme.

El Señor me dijo en el momento de la absolución por medio del Sacerdote que nunca se ha alejado de mí, que ha estado esperando a que depositara todo a sus pies para que siga iluminando mi vida, mi nueva vida y en una nueva dirección.

Hacía tiempo que me regaló una canción preciosa y estas Navidades he sentido muy dentro de mi corazón que si nos abandonamos a los pies del Señor, tendremos todo lo que verdaderamente necesitamos. Una confesión ha bastado para todo esto. Os escribo la letra de la canción que el Señor quiso regalarme en el momento adecuado:

Cuando el mundo te inunda de fatalidad
y te agobia la vida con su mucho afán.
Y se llena tu alma de preocupación
y se seca la fuente de tu corazón.
Cuando quieres huir porque no puedes más,
porque solo te sientes entre los demás,
y no hay más en tus ojos: brillo y emoción,
y se cierra tu boca porque no hay canción.

Puedes sentarte a sus pies y de sus manos beber 
la plenitud que tu alma necesita.

Puedes sentarte a sus pies y cada día tener
una nueva canción y nueva vida...

A sus pies hay Paz, Gracia y Bendición,

a sus pies tendrás Luz y Dirección.
La plenitud en Él nunca se agotará,
puedes descansar en su presencia....

Canción: A sus pies
Autor: Jesús Adrián Romero


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