domingo, 18 de junio de 2017

¿Se nos nota?

Hoy celebramos en la Iglesia la preciosa Fiesta del Corpus Christi. Llevo todo el día con una fuerte acción de gracias al Señor en mi corazón por el inmenso regalo que nos ha hecho de quedarse entre nosotros. El regalazo de poder adorarlo y, ¡locura de Amor de Dios!, poder alimentarnos de Él.

Y tengo también presente el privilegio que el Señor concedió a San Antonio Mª Claret, fundador de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (conocidos como Misioneros Claretianos) de ser un "sagrario viviente", de llevar siempre a Dios en el pecho por el regalo de la conservación de las especies sacramentales de una comunión a otra.

Así nos lo cuenta el padre Claret en su Autobiografía:

"En el día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario, en La Granja, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho; por lo mismo, yo siempre debo estar muy recogido y devoto interiormente; y además debo orar y hacer frente a todos los males de España, como así me lo ha dicho el Señor. (...) Glorificate et portare Deum in corpore vestro. 1 Cor VI, 20" (Aut 694)

Y más adelante escribe: "En el día 16 de mayo de 1862 (...) en la Misa me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramentalmente" (Aut 700)

¡Qué grande es el Señor en sus santos! Era tan inmenso el amor del padre Claret al Señor y a la Eucaristía que le concedió este privilegio.

Y nosotros, ¿amamos así al Señor? ¿Somos conscientes del inmenso privilegio que es su Presencia constante entre nosotros? ¿Amamos a Jesús Eucaristía, le adoramos, le comulgamos con infinito respeto y reverencia? ¿Somos de veras conscientes de tener al Dios Vivo dentro de nosotros cada vez que comulgamos? Y si es así... ¿se nos nota después?...

Que San Antonio María Claret interceda por nosotros y nos ayude a vivirlo como él lo vivió. Amén+

Canción: Hay un Corazón que mana
Autora: Paloma Falconi
https://youtu.be/N6oimYLPIwU?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd



martes, 13 de junio de 2017

TESTIMONIO - La hora del milagro

Hoy os comparto el testimonio que me envió Adrián, misionero claretiano y, desde el pasado sábado 10 de junio, sacerdote de Jesucristo. Este testimonio lo compartió antes de su ordenación, así que ya asoma en él esa flor que florece con toda su vitalidad nueva y expande la fragancia de Cristo a todo aquel que se acerca.

Como nos dijo en la homilía de su primera Misa, con palabras del poeta Miguel Hernández, oramos para que su vida sea siempre: "Querer, querer, querer. Esa fue mi corona, esa es".

LA HORA DEL MILAGRO

Últimamente pienso que sería maravilloso asistir al momento exacto en que la flor, que lleva todo un invierno gestándose en el silencio y la paciencia de lo escondido, hace estallar su cubierta y comienza a abrir sus puntas hacia el mundo. Ese momento inasible en que la planta, vencida de riqueza, sobreabundada de la savia que ha ido tomando de la tierra y del agua y del sol, empieza a mostrar a todos sus perfiles esmaltados y va anunciando en ellos la cosecha futura. El instante del milagro insospechado en que todo se hace nuevo, habiendo germinado desde antiguo... Últimamente lo pienso, porque lo siento cerca.

Los misioneros claretianos abrieron para mí la cancela de su jardín hace ya más de una década. He pasado la mayor parte de estos años formándome para la vida misionera: aquilatando los sueños, tentando las fuerzas, agrandando la alcuza. Aprendiendo a reconocer la voz del Buen Pastor, a transitar sus oteros, a descansar en sus majadas. He sido regalado con la intimidad amorosa de Dios pasando muchas horas delante de un Cristo crucificado cuya madera parecía lumbre encendida. He escuchado Su nombre en muchos nombres y he sufrido con quienes no aciertan a pronunciarlo, ni siquiera como deseo. He sabido —y nunca lo agradeceré suficientemente— lo que es la compañía y el abrazo de un padre y un amigo en el Espíritu. He batallado contra mis miras estrechas para vivir en fe el discipulado de la comunidad y la mistagogía de la Iglesia. He implorado que mis días conozcan la hondura, la compasión y la fecundidad. Que mi esperanza sea más grande que mis fracasos. Y que al cruzarse conmigo, los hombres vean algo —a Alguien— más allá de mí. No son muchos mis años de vida religiosa, pero ya he llorado la muerte de algún hermano a quien echo de menos más de lo que quisiera admitir. Y ahora, pobre como me sé, estoy a un paso de ser ordenado presbítero, aguardando que la raíz se torne tronco, el tronco despegue en ramas, las ramas cuajen en brotes y los brotes se ofrezcan en fruto.

Paso este tiempo peregrinando como un hombre creyente entre universitarios que me desconciertan y que me invitan por igual a la gratitud por lo recibido y a la pasión por lo prometido. Al mismo tiempo, soy como ellos joven y estudiante. En su día, lo fui de la literatura, a la que sigo acudiendo como postigo franco desde el que avistar la entraña humana, a veces tan opaca, otras tan visitada por la luz divina. Hoy soy más bien un torpe y asombrado lector de teología, que va tratando de conocer y amar y servir mejor a Dios a través de quienes lo han pensado y orado y vivido antes y más santamente, habitando el hontanar de las verdades últimas. Y en medio del jornal cotidiano —el alma vuelta a Dios aun en la noche—, intuyo que sí, que no está lejos la savia de las yemas. Miro por mi ventana la fronda en la ciudad. Y rezo con cadencia castellana: «Antes que te derribe, olmo del Duero, / el leñador, (...) / quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera» (A. Machado).

Canción: I look to you
Intérprete: Whitney Houston
https://youtu.be/5Pze_mdbOK8?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd



martes, 9 de mayo de 2017

TESTIMONIO - El Señor fue más allá

Hoy nos comparte su testimonio mi amigo Miguel. Me encanta ver cómo el Señor aprovecha cualquier oportunidad para tocar y convertir nuestro corazón a su Amor y Misericordia.

EL SEÑOR FUE MÁS ALLÁ

Me llamo Miguel. Llevo en la Renovación Carismática unos cinco años, en donde he tenido muchas experiencias personales con Jesús. Pero como no es cuestión de hacer un libro en este testimonio, me voy a centrar en una de las primeras.

En el siguiente Seminario de Vida en el Espíritu (SVE) que iba a realizar mi grupo, se me pidió que diera testimonio en la parroquia para anunciarlo e invitar a su asistencia. Yo soy muy mal orador y me pone muy nervioso el tener que hablar ante la multitud. Entonces, pidiéndole ayuda al Señor, Él puso en mis manos una bonita historia:

El dueño de la tienda estaba colocando un anuncio en la puerta que decía:
"Cachorritos en venta"
Esa clase de anuncios siempre atraen a los niños y pronto apareció en la tienda un niños preguntando: "¿Cuál es el precio de los perritos?". El dueño contestó: "Entre 30 y 50 euros".

El niñito metió la mano en su bolsillo y sacó unas monedas: "Sólo tengo 2.50... ¿Puedo verlos?". El hombre sonrió y silbó. De la trastienda salió su perra seguida por cinco perritos. Uno de los perritos no podía seguir a los demás. El niñito inmediatamente señaló al perrito rezagado que cojeaba. "¿Qué le pasa a ese perrito?", preguntó. El hombre le explicó que el perrito nació con una cadera defectuosa y que siempre cojearía. El niñito se emocionó y exclamó: "¡Ese es el perrito que yo quiero comprar!". Y el hombre replicó: "No, si tú realmente lo quieres, yo te lo regalo".


El niñito se disgustó y mirando a los ojos del hombre le dijo: "No, yo no quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré le precio completo. De hecho, le voy a dar mis 2.50 euros ahora y 50 céntimos cada mes hasta que yo lo haya pagado completo".

El hombre contestó: "No deberías comprarlo. Él nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros perritos".

El niñito se agachó y levantó su pantalón para mostrar su pierna izquierda, inutilizada, soportada por un gran aparato de metal. Miró de nuevo al hombre y le dijo: "Bueno, yo tampoco puedo correr y el perrito necesita a alguien que lo entienda".

Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas... Sonrió y dijo: "Hijo, sólo espero que cada uno de estos cachorritos tenga un dueño como tú".

En la vida no importa quién eres, sino que alguien te aprecie por lo que eres, y te acepte y te ame incondicionalmente. Un verdadero amigo es aquél que llega cuando el resto del mundo se ha ido.


Al contar esta historia en mi testimonio alegaba que el niño era Jesús, el señor de la tienda la sociedad y yo era el perrito cojo. Donde la sociedad te margina, te juzga y desprecia; y donde Jesús te acepta como eres y te comprende, te ama incondicionalmente y te valora generosamente. Y ESTO ES LO QUE ME HABÍA PASADO EN LA RENOVACIÓN: QUE HABÍA CONOCIDO A JESÚS PERSONALMENTE Y SENTÍA SU AMOR, INVITANDO A TODOS A QUE CONOCIERAN PERSONALMENTE A JESÚS.

Para mí fue un estupendo testimonio que propagué por más seminarios y donde se emocionaba hasta quien lo contaba. Yo me aludía como el perrito cojo.

El Señor me ayudó en ese momento de tener que dar testimonio, pero fue más allá. Quería mostrarme más cosas.

Durante el SVE que realizaba mi grupo llegó la enseñanza del pecado. El conferenciante realizó una dinámica en la que nos mostraba cómo unas piedras se manchaban en el lodo y que eso mismo nos ocurría a nosotros con el pecado. Nos regaló una piedra a cada asistente. Piedras sencillamente bonitas, redondas, blancas, uniformes. Pero la que me tocó a mí no me gustó: era rugosa, con estrías, con un color de diente sucio. En definitiva, a mí no me gustó nada mi piedra y lo comenté a hermanos del grupo. Una hermana me contestó que me había tocado el perrito cojo. A otra hermana le encantó, le veía ojitos y una sonrisa. Fue entonces donde el Señor me mostró que solemos ir de víctimas y, aunque la sociedad nos margina y maltrata, nosotros también lo hacemos y no aceptamos a los demás, marginándoles también. Yo había marginado a mi piedra, pero este hecho abrió mis sentidos para reconocer que no soy perrito cojo, sino que tengo más del señor de la tienda.

El Señor me mostró su amor sacándome de un apuro de evangelización, pero al mismo tiempo me mostró mis miserias, mis carencias, mi falta de amor.

Desde este momento mi paciencia, comprensión y actitud se asemejan más a la voluntad del Señor. Bendito y alabado sea por siempre.

Canción: Dios me ama
Autor: Danilo Montero
https://youtu.be/9OOrxVeyydg?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd



jueves, 20 de abril de 2017

Y tú, ¿qué esperas?

Os comparto esta meditación del padre Miguel José Cano (sacerdote diocesano de Jaén). Me ha dado luz sobre mi vida, pues veo con cuánta facilidad soy de las que tienen en el corazón un anhelo de entrega, pero con facilidad bajo los brazos y me quedo esperando. Esperando... ¿realmente a qué? Esperando, esperando... se nos escapa la vida...

"En la vida hay personas que esperan, esperan... y esperan. Esperan que los otros les hagan todo. Esperan que los demás les solucionen los problemas. Piensan que no son o no valen para nada, y se sienten indignos para todo. Otros, esperan que todo sea un camino de rosas. Y se amargan y agobian a las primeras de cambio. Todas son esperas que tienen como centro el yo.

Hay otros que también esperan. Esperan encontrarse con el necesitado. Con el que sufre. Con el que necesita un abrazo. Para ello se enfundan el traje de samaritano, y visitan a los enfermos, escuchan a los que no conocen el Amor de Dios. Y no tienen miedo de que su ropa se manche ni que sus zapatos se llenen del barro del camino. No les importa el esfuerzo, ni el sufrimiento. Saben que la espera exige sacrificio, que todo se consigue a base de trabajo y voluntad, y que Dios nos capacita a todos en la dificultad y los problemas. Que aceptan lo que les viene encima. Que se hacen fuertes con el sufrimiento, que saben ofrecerlo y que no se lamentan por las desgracias que les sobrevienen. Que dan gracias a Dios siempre. Que llevan la cruz con entereza.

Yo sé de qué grupo soy, ¿y tú de cuál eres?

¡Señor, quiero conocerte, quiero que tu Misericordia llene mi corazón! ¡Necesito, Señor, que tu mirada me llene, que tu ternura me transforme y que tu Amor cambie mi modo de ver la vida! ¡Señor, te doy gracias porque cada día me sorprendes, porque tu Misericordia es permanente! ¡No permitas que me quede en la linde del camino para esperarte! ¡Envía tu Espíritu Santo, Señor, para que coja bríos que me lleven a Ti y a servir a los demás!

¡Señor, Tú eres misericordioso y compasivo, es tu Palabra, tus gestos, tus miradas, tus enseñanzas las que me alimentan a seguir adelante en el difícil camino de la vida! ¡Eres Tú, Señor, el espejo en el que necesito mirarme, el modelo del que aprendo todo, la guía para enderezar siempre mi camino! ¡Señor, Tú caminaste por Galilea imponiendo tus manos para sanar enfermos, sordos, mudos, ciegos! ¡Sáname, Señor, de mi pecado, de mi sordera para escuchar al que grita pidiendo consuelo, para dar una palabra de esperanza al que la ha perdido, al que no veo y me necesita! ¡Señor, tu Misericordia continúa sanando corazones enfermos! ¡Ten compasión de mí, Señor, y sáname! ¡Y cuando toques mi corazón, no permitas que me quede a la espera! Amén."





lunes, 17 de abril de 2017

TESTIMONIO - Mi encuentro fue en una mirada

Hoy nos comparte su testimonio Pablo Fernández-Martos. Un viejo y muy querido amigo del que aprendí sobre todo el amor a la Virgen. Debo reconocer que cuando le conocí, aún seminarista, me chocó mucho ver a alguien que rezaba el rosario completo todos los días. ¡Incluso en las marchas de los campamentos! Fue todo un testimonio silencioso y orante de amor a la Madre que me caló profundamente y que aún recuerdo con cariño.

MI ENCUENTRO FUE EN UNA MIRADA

Hola

Mi nombre es Pablo, soy sacerdote y desde hace 4 años trabajo en el Sur de Chile como director espiritual del Seminario más austral del mundo, en Villarrica.

Me han pedido un breve testimonio de mi encuentro con Cristo, y aquí van unas letras para compartirlo. La verdad es que es bien sencillo.

Hace ya muchos años, siendo yo un niño de 12 años, tuvimos una convivencia con la parroquia en la que yo participaba en Madrid. Yo siempre fui un niño piadoso de una familia muy religiosa, con unos padres que siempre me inculcaron la fe como lo primero y más importante en mi vida. Por una serie de carambolas de la vida, pude hacer mi primera comunión con 6 años y sin duda ese encuentro con Jesús marcó mucho mi vida, porque desde entonces me acercaba con mucha frecuencia a comulgar, siguiendo los buenos ejemplos de mi casa.

En aquella ocasión fuimos con el grupo juvenil de la parroquia y un sacerdote nos ofreció su testimonio vocacional. Yo no recuerdo quién es, ni tampoco muy bien lo que dijo, pero sí recuerdo que me miraba, y que en aquella mirada yo lo entendí todo de una vez. Cuando salí de aquella misa, dije: Yo quiero mirar así, tengo que ser sacerdote. Fue así, muy simple. Me fui a mi casa y se lo dije a mi madre, que me dio buenos consejos y me ayudó a mantener viva esa llamada, al tiempo que me recordaba sus exigencias. Después busqué un director espiritual que me fue educando el corazón y avivando la llama que esa mirada había puesto en mí.

Fundamental fue también la Virgen María, que siempre ha estado muy presente en mi vocación, a la que consagré mi vida desde el primer momento y que siempre con suavidad me ha enseñado a mirar siempre a su Hijo.

Esa mirada ha quedado muy grabada en mi corazón y en la memoria, y de cuando en cuando el Señor me la vuelve a mostrar, en enfermos, sacerdotes, religiosos y en San Juan Pablo II, al que pude saludar en alguna ocasión. Y muchas veces con los ojos cerrados ante el Santísimo Sacramento... ahí está siempre esa mirada, que me recuerda que soy amado y que debo mirar así, como Él mira. Recostado en el Pecho del Señor, escuchando su Corazón, siempre reconozco esa mirada que me recuerda: por encima de tus debilidades, de tus pecados, de tus torpezas, de tus complejos, de tus capacidades y éxitos, de tus alegrías y penas, ¡eres amado!

Así que mi encuentro fue en una mirada. Así de simple, así de grande. No dejes de mirar como te mira el Señor y de pedir que te dé un corazón como el suyo, del que brota una mirada como la suya, llena de bondad y Misericordia.

Dios os bendiga.

Pablo

Canción: Nadie me ha mirado así
Autor: Carlos Dorado
https://youtu.be/_JPCj4QvnTg






viernes, 14 de abril de 2017

Ayuda para la familia de Martín Valverde y la oficina Dynamis

Hola a todos. Los gastos de hospitalización, la cancelación de conciertos, gastos de viajes adelantados... son muchas cosas y muy costosas. Es muy importante compartir esta iniciativa y ayudarles en la medida de nuestras posibilidades. A través de estos hermanos, Dios ha salido a nuestro encuentro tantas veces... Ahora es el momento de ser nosotros para ellos el Rostro de Cristo que sale a su encuentro. Que Dob+


Meditación para el Viernes Santo: enséñame, mi Señor...

Por el padre Miguel José Cano (sacerdote diocesano de Jaén - España)

¡Jesús, permíteme acompañarte y enséñame a servir con amor, sin caretas ni prejuicios! Das cada gota de tu sangre por salvarme y, ¡cuánto me cuesta a mí responder siempre con amor! ¡Enséñame, Señor, a amar como Tú amas, a dar mi vida como Tú la das, a entregarme como lo haces Tú!

¡Qué gran enseñanza la tuya, Maestro, porque me doy cuenta de las veces que me agobio cuando no salen los planes como estaban previstos! ¡Enséñame a ser obediente hasta la muerte, confiando en la voluntad del Padre! ¡Déjame acompañarte en los momentos de soledad, dolor y agonía! Sí, ya sabes que me distraigo y quedo dormido. ¡María, acompáñame, enséñame a orar desde el corazón!

¡Enséñame a ser santo, a obrar por amor, a caminar hasta llegar al Paraíso! ¡Quiero seguir tu ejemplo, Cristo mío, quiero seguir tus huellas! ¡Quiero, oh Cordero inmolado, que mi sangre se mezcle con la que tuya en la Santa Cruz! ¡Por eso pido al Espíritu Santo que me capacite para el amor, para seguirte siempre, para imitarte siempre, para vivir como Tú nos has enseñado, para ponerme siempre en manos del Padre Creador! ¡Que sienta de verdad que tu muerte me da la libertad, la vida! ¡Quiero ser santo y hacer de mi vida una vida auténtica, de verdadero discípulo! ¡Hazme entender que el dolor y el sufrimiento no son cosas estériles sino que me unen más a Ti cada día! ¡Y te pido en este día por la humanidad entera, por mi familia y mis amigos, por la Iglesia, por tu pueblo santo, por la unidad de los cristianos, por los que no creen, por los gobernantes, por los enfermos, por los atribulados!

¡Ábrenos los ojos y el corazón, guía cada una de nuestras palabras y nuestros pensamientos, dale sabiduría a cada una de nuestras acciones y decisiones, y repara en nosotros toda nuestra debilidad! ¡Te miro y no puedo más que darte infinitas gracias por tu amor infinito y generoso, por tu inagotable misericordia, por tu sangre derramada, por tu paz, por tus enseñanzas, por tu perdón, por tu paciencia!

¡Hoy, quiero vivir, experimentar, sentir, celebrar e interiorizar la grandeza del amor! ¡Alabarte y bendecirte en este día triste pero también lleno de esperanza! ¡Te pido, Señor, que me hagas pequeño y humilde, despojándome del orgullo y del egoísmo, para amar y perdonar a todos! Amén.