domingo, 22 de marzo de 2015

V Domingo de Cuaresma

¿Estás dispuesto a todo por Cristo?

Nos queda una semana escasa para el Domingo de Ramos y el comienzo de la Semana Santa. El Señor nos ha ido preparando el corazón, casi sin darnos cuenta, muy poco a poco, para vivir la Pasión con Él. Para entrar en el misterio de su Corazón acogiendo en sí todo el pecado de la humanidad y su Cuerpo entregado por la salvación del mundo.

En el evangelio de este Domingo Jesús nos dice: "Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera." Y tu corazón, ¿a quién pertenece? Porque, aunque aparentemente el príncipe de este mundo esté ganando la partida, la realidad es que ya está vencido. La realidad es que, una vez más, reviviremos que fue expulsado y que Cristo es elevado sobre la tierra en la cruz, atrayendo a todos hacia Él.

¿Estás dispuesto a dejarlo TODO por Cristo? Porque Él lo ha dejado todo por ti: su Gloria al lado del Padre, haciéndose Hombre por Amor a ti.

¿Estás dispuesto a todo por Cristo? ¿Estás dispuesto a morir a ti mismo por Él, a que el grano de trigo de tu vida caiga en tierra para dar fruto? ¿Estás dispuesto a seguir a Cristo con todo tu ser, con todo lo que eso significa?

Si le dices que sí al Señor, Él te promete: "donde esté yo, allí también estará mi servidor". Y Él subió a la cruz por Amor... ¡pero también está en la Gloria resucitado!

Te queda una semana para hacer tu opción REAL por Cristo. ¿El mundo o Cristo?

Ánimo, que la recompensa siempre es infinitamente mejor... Cien veces más y la vida eterna  :-)




Canción: Cien veces más
Autora: Maite Losada
https://www.youtube.com/watch?v=ZUWfug0ocGk




domingo, 15 de marzo de 2015

IV Domingo de Cuaresma

Hoy el Señor nos habla en el Evangelio de vivir en la luz. Más aún, ser hijos de la LUZ con mayúsculas.

También nos habla de la necesidad que tenemos de nacer de nuevo. Dejar atrás viejos esquemas, viejas ideas por una nueva vida en Él.

Y andaba pensando en un montón de cosas relacionadas, como ¿cuándo hay tinieblas en mi vida? ¿Cuáles tengo que poner a la Luz del Señor, para que Él las ilumine? ¿En qué cosas debo nacer de nuevo?

Y veía que mi corazón corría el peligro de ponerse "manos a la obra". De empezar a hacer un montón de propósitos, típicos de los momentos fuertes como la Cuaresma que estamos viviendo. Enumerar un montón de cosas que cambiar, listas de tinieblas en mi vida, etc., etc., etc....

Qué agotador.... Yo no sé vosotros, pero como Santa Teresita del Niño Jesús me veo absolutamente incapaz de subir "la ruda escalera de la perfección". Prefiero caminar en el abandono a la acción del Espíritu Santo en mi vida. Él lo va a hacer muchísimo mejor que yo y saberme absolutamente pobre me abre a su Misericordia.

A veces tenemos miedo a que entre la Luz en nuestra vida. Ya sabéis aquello de que si una habitación está bien cerrada... por muy llena de polvo que esté, al no haber luz, no lo vemos. Un simple rayito ilumina hasta la más pequeña mota.

No temas... Dios está enamorado de ti. Nadie mejor que Él para hacerte feliz.




Canción: No temas
Autor: Jaime Olguín
https://www.youtube.com/watch?v=5NsZD3SjlA0



domingo, 8 de marzo de 2015

III Domingo de Cuaresma

¿Qué necesito que expulses de mí, Señor?

El 15 de agosto del año 2005 el Papa Benedicto XVI concedió una entrevista a Radio Vaticana, en el ámbito de la Jornada Mundial de la Juventud. En ella afirmaba lo siguiente:

“Quisiera mostrarles lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deban observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos estos lastres. Quisiera en cambio resaltar que ser sostenidos por un gran Amor y por una revelación no es una carga, sino que son alas, y que es hermoso ser cristianos. Esta experiencia nos da amplitud, pero sobre todo nos da comunidad, el saber que, como cristianos, no estamos jamás solos: en primer lugar encontramos a Dios, que está siempre con nosotros; y después nosotros, entre nosotros, formamos siempre una gran comunidad, una comunidad en camino, que tiene un proyecto de futuro: todo esto hace que vivamos una vida que vale la pena vivir. El gozo de ser cristianos, que es también bello y justo creer”.

Vivimos nuestra fe como si fuéramos “agentes secretos”. Con miedo de dar razones de nuestra alegría y esperanza. Con miedo a ser distintos en medio de lo que nos rodea. Con ataduras que nos impiden vivir la libertad de los hijos de Dios, como si tuviéramos que pedir perdón por conocer a Cristo crucificado y resucitado. Con una mentalidad reduccionista y negativa, que usa frases como: “huy, si tuviera más fe” o “huy, yo cristianito de a pie, yo nunca seré santo”.

¿Qué necesito que Cristo expulse de mi vida para mostrar el gozo de ser cristiano? ¿Qué necesito que Cristo cambie en mis pensamientos para tener una mentalidad de victoria, con una confianza absoluta en el Amor y la Misericordia de Dios? ¿Cuáles son las cargas que me impiden desplegar mis alas y volar hacia la santidad?

Entra, Señor, en el templo de mi cuerpo, edifica una nueva vida en mí y llévame más allá…



Canción: “En mi Getsemaní"
Autor: P. Eduardo Meana






domingo, 1 de marzo de 2015

II Domingo de Cuaresma

¿Qué escucho de ti, Señor?

Cuaresma. Tiempo de escucha. Tiempo de verter toda nuestra vida hacia Aquel que nos dice: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

Y Tú nos hablas de ser discípulos que se olvidan de sí mismos, cargan con su cruz de cada día y te siguen. Nos hablas de perder nuestra vida para salvarla. Nos hablas de que no has venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, a los enfermos, a los más necesitados de tu Misericordia, y entre ellos estamos nosotros.

Nos aseguras que todo lo que hagamos por los más humildes y sencillos te lo estamos haciendo a ti. Nos enseñas a orar con humildad, pidiendo que venga tu Reino y perdonando a los que nos han herido.

La Cuaresma es tiempo de escucha. Pero tiempo de escucha activa, que se vuelca en acción misericordiosa, en acción que se lanza a socorrer a los crucificados de este mundo y levantarlos a la vida digna y bella a la que están llamados. Porque nos invitas a vivir en la perfección y santidad del Amor, como Tú mismo eres Santo.

Tiempo de escucha… y de decir “amén” a tu plan, Señor.



Canción: A tus palabras
Autor: Jonatan Narvaez




domingo, 22 de febrero de 2015

I Domingo de Cuaresma

¿Por qué necesito conversión?

Necesito conversión porque estoy más pendiente de mi voluntad que de la tuya. Porque aferro mi corazón a las cosas de este mundo en lugar de anclar mi corazón en el Cielo.

Necesito conversión porque muchas veces mi pereza es mayor que mis deseos de orar y estar contigo amándote y dejándome amar por ti, Señor. Porque mi impaciencia hace que no sea capaz de respetar los ritmos en la vida de los demás. Ni siquiera el ritmo que Tú quieres para mi vida.

Necesito conversión porque no soy capaz de sonreír en mi corazón y alegrarme cuando me cruzo con esa persona que me ha hecho daño. Porque no soy capaz de mirar con ternura al que pide en la calle y socorrerle con misericordia, sino que camino acelerando el paso.

Necesito conversión porque no soy capaz de mirar al hermano, a la hermana poniendo tu cruz entre nosotros. Porque me impaciento con aquella persona que me resulta cansina por su edad o por su conversación. Porque pongo caretas y no abro libremente mi corazón para perdonar como Tú me perdonas, Señor.


Necesito conversión porque no sé amar. Sencillamente, porque no sé amar. Porque no amo hasta que duela como nos ama Dios.



Canción: Como nos ama Dios
Autor: Son by Four



jueves, 19 de febrero de 2015

Cristi-héroes... ¿anónimos?

Esta mañana pasaba por una céntrica y concurrida plaza de la ciudad donde vivo. Muchas personas paseaban, pero también había otras sentadas en los distintos bancos. La mayoría de estas últimas se veía que eran pobres de la calle. Algunos de ellos incluso portaban las bolsas donde llevan a cuestas lo poco que tienen.

Al entrar en la plaza y verles, lo primero que pasó por mi cabeza es la llamada continua que nos está haciendo el Papa Francisco de volcar nuestra atención y cariño hacia los pobres.

En uno de esos bancos había un chico sentado, de mediana edad. Y una mujer, más mayor, estaba de pie hablando con él y portando las bolsas de la compra.

Al pasar a su lado escuché a la mujer preguntarle al chico por otro que no estaba ahí. Él contestó que tenía a alguien en su vida, su mujer, y no estaba solo como él, así que ese día estaba con ella y no acompañándole en el banco. Y la mujer mayor contestaba cuando ya me iba: "es que como siempre os veo juntos, me he preocupado al no verle".

Y al seguir andando se me ocurrió pensar: ¿esta mujer habrá escuchado o leído al Papa Francisco? No sé si lo habrá hecho o no, pero tengo la certeza de que esta mujer lleva en su corazón, en lo más profundo, a Cristo pobre entre los pobres.

Los cristianos estamos llamados a ir contracorriente. Es algo que muchas veces hemos oído, pero no sé hasta qué punto, de tanto hacerlo, hemos dejado de escucharlo y vivirlo. Y realmente en este mundo, si de verdad vivimos como Cristo, somos realmente los "raritos" y los "contracorriente". Afortunadamente el Espíritu Santo, que es muy sabio, nos ha puesto al frente de nuestra Madre Iglesia a un pastor que nos recuerda lo más esencial de nuestra fe. Eso que de tanto oírlo... hemos olvidado escucharlo y vivirlo...

"Y esto se llama tocar la Carne de Cristo: ¡los pobres, los abandonados, 
los enfermos, los marginados son la Carne de Cristo!" (Papa Francisco, 12 mayo 2013)

Esta mujer, al lado del banco de un pobre, lo sabe bien... Y ella no es anónima, es bien conocida: por los pobres y por la Carne de Cristo en ellos.





Vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=CUcm8-4ooHc



lunes, 16 de febrero de 2015

Homilía del Papa en la creación de los nuevos cardenales

Hoy quiero compartiros la homilía del Papa del pasado Domingo día 15, en la Misa de creación de los nuevos cardenales. Creo que viene muy al pelo respecto a lo que escribí en mi último post :-)

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana
Domingo 15 de febrero de 2015

«Señor, si quieres, puedes limpiarme…» Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio» (cf.Mc 1,40-41). La compasión de Jesús. Ese padecer con que lo acercaba a cada persona que sufre. Jesús, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente… simplemente, porque Él sabe y quiere padecer con, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.
«No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado» (Mc 1, 45). Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía (cf. Lv 13,1-2. 45-46). Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias (cf. Is 53,4).
La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Y éstos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.
Marginación: Moisés, tratando jurídicamente la cuestión de los leprosos, pide que sean alejados y marginados por la comunidad, mientras dure su mal, y los declara: «Impuros» (cf. Lv 13,1-2. 45.46).
Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados. Es un muerto viviente, como «si su padre le hubiera escupido en la cara» (Nm 12,14).
Además, el leproso infunde miedo, desprecio, disgusto y por esto viene abandonado por los propios familiares, evitado por las otras personas, marginado por la sociedad, es más, la misma sociedad lo expulsa y lo fuerza a vivir en lugares alejados de los sanos, lo excluye. Y esto hasta el punto de que si un individuo sano se hubiese acercado a un leproso, habría sido severamente castigado y, muchas veces, tratado, a su vez, como un leproso.
Es verdad, la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanosproteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado. De aquí, que el Sumo Sacerdote Caifás exclamase: «Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera» (Jn 11,50).
Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud (cf. Mt 5, 17), declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del Sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés. Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña (cf. Mt 5) abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, «que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 12,7; Os 6,6).
Jesús, nuevo Moisés, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin autolimitarse por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos.
Y Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación, que se escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento (cf. Jn 10).
Son dos lógicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Hoy también nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: a veces, la de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada, y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio.
Estas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. San Pablo, dando cumplimiento al mandamiento del Señor de llevar el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Mt 28,19), escandalizó y encontró una fuerte resistencia y una gran hostilidad sobre todo de parte de aquellos que exigían una incondicional observancia de la Ley mosaica, incluso a los paganos convertidos. También san Pedro fue duramente criticado por la comunidad cuando entró en la casa de Cornelio, el centurión pagano (cf. Hch 10).
El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las “periferias” esenciales de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,31-32).
Curando al leproso, Jesús no hace ningún daño al que está sano, es más, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la Ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la Ley. En efecto, Jesús libra a los sanos de la tentación del «hermano mayor» (cf. Lc 15,11-32) y del peso de la envidia y de la murmuración de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor (cf. Mt 20,1-16).
En consecuencia: la caridad no puede ser neutra, aséptica, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita (cf. 1Cor 13). La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo… El contacto es el auténtico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcionó la curación al leproso. ¡Cuántas curaciones podemos realizar y transmitir aprendiendo este lenguaje del contacto! Era un leproso y se ha convertido en mensajero del amor de Dios. Dice el Evangelio: «Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho» (Mc 1,45).
Queridos nuevos Cardenales, ésta es la lógica de Jesús, éste es el camino de la Iglesia: no sólo acoger y integrar, con valor evangélico, aquellos que llaman a la puerta, sino salir, ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifestándoles gratuitamente aquello que también nosotros hemos recibido gratuitamente. «Quien dice que permanece en Él debe caminar como Él caminó» (1Jn 2,6). ¡La disponibilidad total para servir a los demás es nuestro signo distintivo, es nuestro único título de honor!
Pensadlo bien en estos días en los que habéis recibido el título cardenalicio. Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias (cf. Jn 8,41) y el exilio (cf. Mt 2,13-23), para que nos conceda el ser siervos fieles de Dios. Ella, que es la Madre, nos enseñe a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados; a no tener miedo de la ternura. Cuántas veces tenemos miedo de la ternura. Que Ella nos enseñe a no tener miedo de la ternura y de la compasión; nos revista de paciencia para acompañarlos en su camino, sin buscar los resultados del éxito mundano; nos muestre a Jesús y nos haga caminar como Él.

Queridos hermanos nuevos Cardenales, mirando a Jesús y a nuestra Madre, os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos –edificados por nuestro testimonio– no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso – de cuerpo o de alma -, que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no tuvo miedo de abrazar al leproso y de acoger a aquellos que sufren cualquier tipo de marginación. En realidad, queridos hermanos, sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela nuestra credibilidad.


Enlace al texto de la homilía: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2015/documents/papa-francesco_20150215_omelia-nuovi-cardinali.html