lunes, 25 de enero de 2016

Dios y la máquina de refrescos

Hace unos días escuché una canción que empezaba muy bien, porque daba gracias a Dios por todo lo recibido. Pero entonces llegaba el estribillo y decía "Dios, dame vida y salud, que lo demás lo resuelvo yo". Y ahí... para mi gusto, se estropeó la canción.

Cuando mis alumnos me preguntan por qué Dios no responde a lo que le piden, les digo que el Señor no es como una máquina de refrescos, en la que echas una monedita y te sale la lata. Y el estribillo de esta canción me recordó a lo de la máquina.

A mí no me basta. No, a mí no me basta tener una relación con Dios como la tengo con una máquina de refrescos cuando hace calor. Decía Santa Teresita del Niño Jesús: "yo lo escojo todo". Yo quiero a Dios en TODO: que Él sea mi todo y que toda mi vida esté en sus manos. No me basta que me dé vida y salud (la lata) y que lo demás (la monedita y el resto de mi vida alejada de la máquina de refrescos) sea algo que resuelva yo al margen de Él.

Porque hay VIDA más allá de la máquina. Hay una vida plena más allá de mis deseos limitados, un horizonte mucho más amplio y hermoso que sólo aquello a lo que mi vista alcanza o que este mundo me puede ofrecer.

"Conozco a Cristo pobre y crucificado, y eso me basta", decía San Francisco de Asís. Sí, Señor, todo lo que deseo eres Tú: te rindo a ti mi voluntad para la construcción de tu Reino. ¡Todo lo que soy clama por ti!, porque TÚ eres mi Vida, mi Libertad, mi Luz, mi Bien, mi todo Bien, mi Sumo Bien...


Canción: Tú (You)
Autor: Hillsong
https://www.youtube.com/watch?v=Z9WgA4aaGik






martes, 5 de enero de 2016

Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Muchas cosas tengo en el corazón para pediros: necesidades e intenciones de mi familia, de mis amigos, del Papa, otras intenciones que me han encomendado, necesidades del mundo... mis propios anhelos y deseos...

Pero hoy he llegado a la conclusión de que únicamente quiero pediros dos cosas:

Por un lado, un corazón como el vuestro que se llena de alegría y vive postrado, en rendida adoración, ante su Señor y su Dios: "Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su Madre, y cayendo de rodillas lo adoraron" (Mateo 2, 10 - 11)

Por otro, que me ofrezcáis los mismos regalos que a Jesús: "después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra" (Mateo 2, 11)

Oro, para que tome conciencia de que soy hija del Rey de reyes, que viva una humanidad a la altura de mi dignidad como hija de Dios. Ni más ni menos: ni más, porque rindo todo aquello que considero mi "corona" a sus pies, porque el único Rey es Él; ni menos, porque no puedo vivir por menos de lo que Jesucristo me ha regalado por pura Gracia.

Incienso, para que toda mi vida sea una oración y un canto de alabanza y acción de gracias al Dador de todos los dones, con el corazón siempre mirando hacia lo alto, siempre tendiendo hacia lo alto.

Mirra, para que no pierda de vista la inmensa Misericordia de Dios, que nos concede la Gracia de una vida eterna por la que merece vivir, aquí y ahora, un continuo martirio de amor para construir el Reino de Dios, siendo testigo de su Misericordia.


Vengo con vosotros a adorar al Emmanuel, al Dios con nosotros, porque Dios está aquí...


Canción: Venimus Adorare Eum, Emmanuel (himno JMJ Colonia 2005)
https://www.youtube.com/watch?v=yDkOOF3Guxk





viernes, 1 de enero de 2016

Año nuevo... con María

Desde hace unos días nos venimos felicitando la Navidad y deseándonos todo lo mejor para el año entrante. Y hoy, por fin día 1, mirando por la ventana este luminoso día de invierno, contemplando a las familias pasear por el parque, pienso en los días que quedan por delante y me viene al corazón esta imagen:



En ella veo la vida de María, la Madre de Dios, a quien celebramos hoy: siempre a los pies de la Luz del mundo, del Señor, dejándose abrasar por el Fuego del Espíritu Santo, haciéndose una con Dios para irradiarnos a nosotros, sus hijos, la Luz recibida de Él. 

Y, con ese corazón adorante e inflamado del Amor de Dios, ella camina junto a cada uno de nosotros, por estas calles de este mundo nuestro que anda tan a oscuras. De su mano el horizonte es eterno, está lleno de esperanza, de nuevos desafíos, de nuevos sueños.

Hoy quiero compartiros esta canción como oración y os invito a dejar que vuestro corazón se lo cante a María, nuestra Madre. 

María, enséñanos a dejarnos abrasar como tú por la Luz de Jesús. Porque contigo, María, este año es realmente nuevo. Porque contigo, Madre, siempre está todo bien.

Canción: Con te partiró
Intérprete: Andrea Vocelli



martes, 29 de diciembre de 2015

¡¡Me apunto...!!

Hoy en Misa el sacerdote nos comentaba la alegría del anciano Simeón por poder ver al Mesías hecho Niño, por ver la promesa de Dios cumplida en los brazos de una joven de Galilea. Pero que Simeón hubiera dado cualquier cosa, incluso su vida, por el inmenso gozo que tenemos cualquiera de nosotros por poder comer al mismo Hijo de Dios y por poderlo contemplar, vivo y resucitado, en cualquier sagrario.

En el rato de adoración que he podido disfrutar después he hecho un repaso a todo este año 2015 que estamos a punto de terminar. Y no podía más que dar gracias, como el anciano Simeón, por ser testigo privilegiado del paso de Dios por mi vida y por la vida de los que me rodean, por todas las veces que he podido comulgar y tenerle dentro, por tantas horas de adoración rendida a sus pies... Ha sido un año lleno de bendiciones de Dios y de errores por mi parte. En definitiva, una historia de Amor normal y corriente, de lo más típica, entre el inmenso, incalculable, infinito, sorprendente etc., etc., etc. Amor de este Dios Misericordioso que se complace en hacerse pequeño para ponerse al mismo nivel de su criatura, pequeña, infiel, muy finita, llena de miserias... pero inmensamente amada y redimida por su Misericordia.

Porque creo que ahí está la clave de todo: que Dios tiene Misericordia. Porque sí, porque "le da la gana". Y, la verdad sea dicha... no me lo pienso dos veces: ¡¡yo me apunto a ser recipiente de su ternura y Misericordia!! Porque sí, porque lo necesito. Porque sin ella, no soy capaz de amar como soy amada, ni de entregarme como Él entregó su Vida, ni de perdonar como soy perdonada... Porque mi horizonte es muy limitado cuando pierdo de vista la promesa de mi Dios de algún día contemplar, de su mano, la inmensidad de su Corazón redentor en la vida eterna...

¡Qué gran sintonía tiene nuestro querido Papa Francisco con el Espíritu Santo, que nos ha regalado este Año de la Misericordia! El único deseo que tengo para el 2016 es que este Año de la Misericordia realmente se haga carne en mi vida, que lo viva de verdad, que no lo viva en paralelo y se me escape de entre los dedos...

Con este deseo y anhelo recomienzo este blog. Pero como aún quedan muchas horas para que llegue el 2016... os deseo a todos una ¡¡MUY FELIZ NAVIDAD!!




Canción: Dios es Amor
Autor: Hillsong (interpretado por Marcos Witt)
https://www.youtube.com/watch?v=3tTyGbOEDHs




jueves, 17 de septiembre de 2015

Impresión de las llagas a San Francisco de Asís+

Querido padre San Francisco: concédenos la Gracia de amar como tú amaste a Cristo pobre y crucificado, y dejarnos hacer, como tú, alter Christus. Amén+


Aparición del serafín e impresión de las llagas a San Francisco

En cuanto a la tercera consideración, que es la de la aparición del serafín y de la impresión de las llagas, se ha de considerar que, estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre (1), fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con San Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y San Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como San Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera, y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de San Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu:
-- ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?
Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un haz de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de San Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con San Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a San Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.
Marchóse entonces, seguro y alegre por lo que había visto, y se encaminó a su celda. Como iba descuidado, San Francisco oyó el ruido que producían sus pies en las hojas del suelo, y le mandó que le esperase y no se moviese. El hermano León obedeció y se estuvo quieto esperándole; tan sobrecogido de miedo, que, como él lo refirió después a los compañeros, en aquel momento hubiera preferido que lo tragara la tierra antes que esperar a San Francisco, por pensar que estaría incomodado contra él; porque ponía sumo cuidado en no ofender a tan buen padre, no fuera que, por su culpa, San Francisco le privase de su compañía. Cuando estuvo cerca San Francisco, le preguntó:
-- ¿Quién eres tú?
-- Yo soy el hermano León, Padre mío -respondió temblando de pies a cabeza.
-- Y ¿por qué has venido aquí, hermano ovejuela? -prosiguió San Francisco-. ¿No te tengo dicho que no andes observándome? Te mando, por santa obediencia, que me digas si has visto u oído algo.
El hermano León respondió:
-- Padre, yo te he oído hablar y decir varias veces: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?» y «¿Quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?»
Cayendo entonces de rodillas el hermano León a los pies de San Francisco, se reconoció culpable de desobediencia contra la orden recibida y le pidió perdón con muchas lágrimas. Y en seguida le rogó devotamente que le explicara aquellas palabras que él había oído y le dijera las otras que no había entendido.
Entonces, San Francisco, en vista de que Dios había revelado o concedido al humilde hermano León, por su sencillez y candor, ver algunas cosas, condescendió en manifestarle y explicarle lo que pedía, y le habló así:
-- Has de saber, hermano ovejuela de Jesucristo, que, cuando yo decía las palabras que tú escuchaste, mi alma era iluminada con dos luces: una me daba la noticia y el conocimiento del Creador, la otra me daba el conocimiento de mí mismo. Cuando yo decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?», me hallaba invadido por una luz de contemplación, en la cual yo veía el abismo de la infinita bondad, sabiduría y omnipotencia de Dios. Y cuando yo decía: «¿Quién soy yo», etc.?, la otra luz de contemplación me hacía ver el fondo deplorable de mi vileza y miseria. Por eso decía: «¿Quién eres tú, Señor de infinita bondad, sabiduría y omnipotencia, que te dignas visitarme a mí, que soy un gusano vil y abominable?» En aquella llama que viste estaba Dios, que me hablaba bajo aquella forma, como había hablado antiguamente a Moisés. Y, entre otras cosas que me dijo, me pidió que le ofreciese tres dones; yo le respondí: «Señor mío, yo soy todo tuyo. Tú sabes bien que no tengo otra cosa que el hábito, la cuerda y los calzones, y aun estas tres cosas son tuyas; ¿qué es lo que puedo, pues, ofrecer o dar a tu majestad?» Entonces Dios me dijo: «Busca en tu seno y ofréceme lo que encuentres». Busqué, y hallé una bola de oro, y se la ofrecí a Dios; hice lo mismo por tres veces, pues Dios me lo mandó tres veces; y después me arrodillé tres veces, bendiciendo y dando gracias a Dios, que me había dado alguna cosa que ofrecerle. En seguida se me dio a entender que aquellos tres dones significaban la santa obediencia, la altísima pobreza y la resplandeciente castidad, que Dios, por gracia suya, me ha concedido observar tan perfectamente, que nada me reprende la conciencia. Y así como tú me veías meter la mano en el seno y ofrecer a Dios estas tres virtudes, significadas por aquellas tres bolas de oro que me había puesto Dios en el seno, así me ha dado Dios tal virtud en el alma, que no ceso de alabarle y glorificarle con el corazón y con la boca por todos los bienes y todas las gracias que me ha concedido. Estas son las palabras que has oído y aquel elevar las manos por tres veces que has visto. Pero guárdate bien, hermano ovejuela, de seguir espiándome; vuélvete a tu celda con la bendición de Dios. Y ten buen cuidado de mí, porque, dentro de pocos días, Dios va a realizar cosas tan grandes y maravillosas sobre esta montaña, que todo el mundo se admirará; cosas nuevas que Él nunca ha hecho con creatura alguna en este mundo.
Dicho esto, se hizo traer el libro de los evangelios, pues Dios le había sugerido interiormente que, al abrir por tres veces el libro de los evangelios, le sería mostrado lo que Dios quería obrar en él. Traído el libro, San Francisco se postró en oración; cuando hubo orado, se hizo abrir tres veces el libro, por mano del hermano León, en el nombre de la Santísima Trinidad; y plugo a la divina voluntad que las tres veces se le pusiese delante la pasión de Cristo. Con ello se le dio a entender que como había seguido a Cristo en los actos de la vida, así le debía seguir y conformarse a él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de dejar esta vida (2).
A partir de aquel momento comenzó San Francisco a gustar y sentir con mayor abundancia la dulzura de la divina contemplación y de las visitas divinas. Entre éstas tuvo una que fue como la preparación inmediata a la impresión de las llagas, y fue de este modo: El día que precede a la fiesta de la Cruz de septiembre, hallándose San Francisco en oración recogido en su celda, se le apareció el ángel de Dios y le dijo de parte de Dios:
-- Vengo a confortarte y a avisarte que te prepares y dispongas con humildad y paciencia para recibir lo que Dios quiera hacer en ti.
Respondió San Francisco:
-- Estoy preparado para soportar pacientemente todo lo que mi Señor quiera de mí.
Dicho esto, el ángel desapareció.
Llegó el día siguiente, o sea, el de la fiesta de la Cruz (3), y San Francisco muy de mañana, antes de amanecer, se postró en oración delante de la puerta de su celda, con el rostro vuelto hacia el oriente; y oraba de este modo:
-- Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores.
Y, permaneciendo por largo tiempo en esta plegaria, entendió que Dios le escucharía y que, en cuanto es posible a una pura creatura, le sería concedido en breve experimentar dichas cosas.
Animado con esta promesa, comenzó San Francisco a contemplar con gran devoción la pasión de Cristo y su infinita caridad. Y crecía tanto en él el fervor de la devoción, que se transformaba totalmente en Jesús por el amor y por la compasión. Estando así inflamado en esta contemplación, aquella misma mañana vio bajar del cielo un serafín con seis alas de fuego resplandecientes. El serafín se acercó a San Francisco en raudo vuelo tan próximo, que él podía observarlo bien: vio claramente que presentaba la imagen de un hombre crucificado y que las alas estaban dispuestas de tal manera, que dos de ellas se extendían sobre la cabeza, dos se desplegaban para volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo.
Ante tal visión, San Francisco quedó fuertemente turbado, al mismo tiempo que lleno de alegría, mezclada de dolor y de admiración. Sentía grandísima alegría ante el gracioso aspecto de Cristo, que se le aparecía con tanta familiaridad y que le miraba tan amorosamente; pero, por otro lado, al verlo clavado en la cruz, experimentaba desmedido dolor de compasión. Luego, no cabía de admiración ante una visión tan estupenda e insólita, pues sabía muy bien que la debilidad de la pasión no dice bien con la inmortalidad de un espíritu seráfico. Absorto en esta admiración, le reveló el que se le aparecía que, por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado (4).
Durante esta admirable aparición parecía que todo el monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.
En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:
-- ¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que yo he hecho? Te he hecho el don de las llagas, que son las señales de mi pasión, para que tú seas mi portaestandarte (5). Y así como yo el día de mi muerte bajé al limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas mis llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las almas que encuentres allí de tus tres Ordenes, o sea, de los menores, de las monjas y de los continentes (6), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la gloria del paraíso, a fin de que seas conforme a mí en la muerte como lo has sido en la vida.
Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la pasión de Cristo. Porque al punto comenzaron a aparecer en las manos y en los pies de San Francisco las señales de los clavos, de la misma manera que él las había visto en el cuerpo de Jesús crucificado, que se le apareció bajo la figura de un serafín. Sus manos y sus pies aparecían, en efecto, clavados en la mitad con clavos, cuyas cabezas, sobresaliendo de la piel, se hallaban en las palmas de las manos y en los empeines de los pies, y cuyas puntas asomaban en el dorso de las manos y en las plantas de los pies, retorcidas y remachadas de tal forma, que por debajo del remache, que sobresalía todo de la carne, se hubiera podido introducir fácilmente el dedo de la mano, como en un anillo. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras.
Asimismo, en el costado derecho aparecía una herida de lanza, sin cicatrizar, roja y ensangrentada, que más tarde echaba con frecuencia sangre del santo pecho de San Francisco, ensangrentándole la túnica y los calzones. Lo advirtieron los compañeros antes de saberlo de él mismo, observando cómo no descubría las manos ni los pies y que no podía asentar en tierra las plantas de los pies, y cuando, al lavarle la túnica y los calzones, los hallaban ensangrentados; llegaron, pues, a convencerse de que en las manos, en los pies y en el costado llevaba claramente impresa la imagen y la semejanza de Cristo crucificado.
Y por mucho que él anduviera cuidadoso de ocultar y disimular esas llagas gloriosas, tan patentemente impresas en su carne, viendo, por otra parte, que con dificultad podía encubrirlas a los compañeros sus familiares, mas temiendo publicar los secretos de Dios, estuvo muy perplejo sobre si debía manifestar o no la visión seráfica y la impresión de las llagas. Por fin, acosado por la conciencia, llamó junto a sí a algunos hermanos de más confianza, les propuso la duda en términos generales, sin mencionar el hecho, y les pidió su consejo. Entre ellos había uno de gran santidad, de nombre hermano Iluminado (7); éste, verdaderamente iluminado por Dios, sospechando que San Francisco debía de haber visto cosas maravillosas, le respondió:
-- Hermano Francisco, debes saber que, si Dios te muestra alguna vez sus sagrados secretos, no es para ti sólo, sino también para los demás; tienes, pues, motivo para temer que, si tienes oculto lo que Dios te ha manifestado para utilidad de los demás, te hagas merecedor de reprensión.
Entonces, San Francisco, movido por estas palabras, les refirió, con grandísima repugnancia, la sobredicha visión punto por punto, añadiendo que Cristo durante la aparición le había dicho ciertas cosas que él no manifestaría jamás mientras viviera (8).
Si bien aquellas llagas santísimas, por haberle sido impresas por Cristo, eran causa de grandísima alegría para su corazón, con todo le producían dolores intolerables en su carne y en los sentidos corporales. Por ello, forzado de la necesidad, escogió al hermano León, el más sencillo y el más puro de todos, para confiarle su secreto; a él le dejaba ver y tocar sus santas llagas y vendárselas con lienzos para calmar el dolor y recoger la sangre que brotaba y corría de ellas. Cuando estaba enfermo, se dejaba cambiar con frecuencia las vendas, aun cada día, excepto desde la tarde del jueves hasta la mañana del sábado, porque no quería que le fuese mitigado con ningún remedio humano ni medicina el dolor de la pasión de Cristo que llevaba en su cuerpo durante todo ese tiempo en que nuestro Señor Jesucristo había sido, por nosotros, preso, crucificado, muerto y sepultado. Sucedió alguna vez que, cuando el hermano León le cambiaba la venda de la llaga del costado, San Francisco, por la violencia del dolor al despegarse el lienzo ensangrentado, puso la mano en el pecho del hermano León; al contacto de aquellas manos sagradas, el hermano León sintió tal dulzura, que faltó poco para que cayera en tierra desvanecido.
Finalmente, por lo que hace a esta tercera consideración, cuando terminó San Francisco la cuaresma de San Miguel Arcángel, se dispuso, por divina inspiración, a regresar a Santa María de los Ángeles. Llamó, pues, a los hermanos Maseo y Ángel y, después de muchas palabras y santas enseñanzas, les recomendó aquel monte santo con todo el encarecimiento que pudo, diciéndoles que le convenía volver, juntamente con el hermano León, a Santa María de los Ángeles. Dicho esto, se despidió de ellos, los bendijo en nombre de Jesucristo crucificado y, condescendiendo con sus ruegos, les tendió sus santísimas manos, adornadas de las gloriosas llagas, para que las vieran, tocaran y besaran. Dejándolos así consolados, se despidió de ellos y emprendió el descenso de la montaña santa (9).
En alabanza de Cristo. Amén.
1) La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre.
2) El relato viene de 1 Cel 92s, pero el autor de las Consideraciones ha tenido delante, más bien, la LM 13,2.
3) El autor de las Consideraciones fija con precisión la lecha de la impresión de las llagas: el 14 de septiembre. Tomás de Celano no da ninguna fecha; San Buenaventura se limita a decir: «un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz» (LM 13,3). La fiesta litúrgica ha venido celebrándose el 17 de septiembre.
4) Es la idea reiteradamente expresada por San Buenaventura, a quien sigue casi literalmente el autor (cf. LM 13,3): Francisco anheló durante toda su vida el martirio por Cristo; no logró el martirio corporal, pero Cristo le reservaba otro martirio más meritorio: el de su transformación en el Crucificado.
5) En italiano, gonfaloniere. Es otra de las ideas de San Buenaventura: «Cristo le entregó su estandarte, esto es, la señal del Crucificado».
6) Las tres Ordenes de San Francisco: Menores, Clarisas y Terciarios. Estamos ante otra revelación, fruto tardío de la fantasía de ciertos ambientes conventuales, en que las glorias de la Orden suponían más que la imitación sincera del humilde Poverello.
7) El hermano Iluminado de Rieti, que había sido compañero del Santo en Egipto.
8) El texto de Actus 9,71 termina el relato de la estigmatización con estas palabras: «Estos hechos los supo el hermano Jacobo de Massa de boca del hermano León, y el hermano Hugolino de Monte Santa María los supo de boca de dicho hermano Jacobo, y yo, que lo escribo, de boca del hermano Hugolino, hombre enteramente digno de fe».
9) Fue el 30 de septiembre de 1224.


domingo, 16 de agosto de 2015

La soledad de la luz en medio de la oscuridad

Estos días en los que muchos salimos de nuestros ambientes habituales y nos acercamos a los pueblos donde han vivido nuestros antepasados, suponen por lo general un cambio en nuestro modo de orar y acercanos a los sacramentos.

Para algunos no hay cambios, pues la facilidad es la misma. Pero para otros no es así.

Hace unos días escuchaba el dolor de un alma que sólo podía orar sentándose en la puerta de la iglesia de su pueblo. Yo soy más afortunada: siempre que pido la llave me la dejan y puedo entrar cuando quiera a orar ante el sagrario de la hermosa y pequeña iglesia románica de mi pueblo.

Y en la soledad, frescura y oscuridad que hay entre sus muros, el Señor siempre me espera. Al fondo del ábside, indicado con una pequeña luz junto al sagrario.

Y qué solo está Aquel que es la Luz del mundo... Los veraneantes pasan junto a la iglesia y, al tener la puerta abierta, a veces me llegan sus palabras. Pero sólo algún turista entra a verla... y, sin querer a veces, también le ven a Él. Humilde y escondido, sin queja, recibiendo a todo aquel que entra con una gran sonrisa y los brazos abiertos en acogida.

Estos días siento más que nunca la soledad del Corazón de mi Dios en tantos sagrarios. Y también experimento la soledad de los que tenemos fe en un mundo que pasa de largo ante Cristo. No es fácil ser una pequeña vela que intenta iluminar tanta oscuridad. Y más aún cuando los que también se consideran creyentes, pero viven impregnados de relativismo, soplan con fuerza para intentar apagar tan frágil llama.

En esos momentos sólo veo una salida: la débil vela debe morir. Debe dejarse abrasar por el Fuego del Espíritu de Dios. Porque sólo fundida en Él podrá realmente iluminar. Una vez más disminuir, hasta ser nada, para que Cristo crezca y lo sea todo (cfr. Juan 3, 30)


Canción: Sólo Cristo
Intérprete: Hillsong United
https://youtu.be/mbHvX9tKs1w





miércoles, 12 de agosto de 2015

La Visitación: un regalo de Dios para la Iglesia y para mi vida

Hoy celebramos a Santa Juana Francisca de Chantal, fundadora (junto con San Francisco de Sales) de la Orden de la Visitación de Santa María, popularmente conocidas como Salesas.

Otra gran mujer, esposa y madre, amiga y compañera espiritual de un Santo, y Santa. Tengo grandes amigas y hermanas en la Visitación. Para que las conozcáis un poco más, os dejo un extracto de sus Constituciones:

"...fue fundada para dar a Dios hijas de oración, tan interiores que sean encontradas dignas de adorarle en espíritu y verdad. Un espíritu que no busca sino a Dios y tiende continuamente a unirse a Él; un espíritu de profunda humildad para con Dios y de gran dulzura para con el prójimo; un espíritu que no pone el acento en las austeridades exteriores, deben suplirla con la renuncia interior y una gran sencillez y alegría en la vida común."

Doy fe que así viven y os animo a acercaros a cualquier monasterio de Salesas a conocerlas. Podéis encontrar más información sobre su carisma, espiritualidad y la localización de sus monasterios en: http://monasteriosvisitacion.com/




Además, hoy os invito a conocer la página http://misericordiadivina.org/

Es la página que están llevando desde el monasterio de la Visitación de Burgos: hace ya muchos años, el Señor les encomendó la misión de sostener y extender la devoción a la Divina Misericordia en España (podéis mirar cualquier folletito o estampita, y veréis que indica c/ Barrantes, 4 en Burgos, la dirección del monasterio)

En pocos meses entraremos en el Año de la Misericordia convocado por el Papa. ¿Qué mejor manera de irnos preparando que una página dedicada a ello por las hermanas en cuya Orden se manifestó el Corazón de Jesús?

Si queréis más información sobre las Salesas o la devoción a la Misericordia (también para recibir material, etc.), o pasar unos días con ellas de retiro y oración (sólo para mujeres según las Constituciones, lo siento chicos, jeje), no dudéis en llamarlas al 947 201 335.

Son un verdadero regalo de Dios, para la Iglesia y para mi vida, pues siempre me he encontrado acogida allí como mi familia :-)