martes, 21 de marzo de 2017

Las "setenta veces siete"

"Se adelantó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?. Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18, 21-22)

Creo que todos los que escuchamos o leemos este evangelio siempre tenemos una cierta "inquietud" en la boca del estómago. No parece fácil lo que el Señor propone. Incluso en muchas ocasiones podemos encontrar mil y un motivos para justificar nuestras faltas de perdón.

Pero he escuchado una frase en una homilía comentando este evangelio que me ha hecho cambiar la perspectiva de mi corazón: que el Señor aprovecha todas estas situaciones que la vida nos pone para darnos oportunidades y perdonar, tantas como sean necesarias hasta que seamos misericordiosos.

Porque, pensándolo seria y objetivamente, ¿realmente tenemos motivos para considerar que podemos justificar nuestras faltas de perdón? Como dicen mis alumnos, la cosa más grave que jamás podrían perdonar es que les maten a un ser querido. Pero... viendo a Jesús crucificado... viendo al mismo Dios, Aquel que es la Santidad y el Amor en persona, morir por nuestros pecados... ¿no se nos cae hecho pedacitos ese argumento?

A Dios Padre le han matado lo más querido, su propio Hijo, y siempre andamos pidiéndole Misericordia y perdón. Pero, ¿cuántas veces aplicamos la misma "dosis" que nosotros recibimos con los demás?

Estoy releyendo al profeta Daniel. A la luz del evangelio de las "setenta veces siete", hoy me han resonado especialmente las palabras que dice el rey Nabucodonosor al ver el milagro de los tres jóvenes en el horno de fuego:

"Ellos, confiando en él, desobedecieron la orden del rey y expusieron sus cuerpos a la muerte antes que dar culto y adorar a otro dios fuera del suyo" (Daniel 3, 95)

Creo que cuando no perdonamos estamos dando culto a otros dioses que no son el nuestro. Porque cuando no perdonamos adoramos y damos culto a nuestro orgullo, a nuestras razones (más o menos justificadas), a nuestra cabezonería, a salirnos con la nuestra, a tener razón, a nuestro propio concepto de justicia...

Nuestro Padre Dios siempre nos aplica una misma y única dosis a todos: MISERICORDIA. A todos, a malos y a buenos, a justos y a pecadores (cfr. Mateo 5, 45). Y Él nos da mil y una oportunidades de ser como Él y perdonar como Él nos perdona, tantas como sean necesarias, para que lleguemos a ser en plenitud aquello a lo que estamos llamados a ser: sus hijos.

Sólo aprendiendo a ser misericordiosos seremos verdaderamente hijos de Dios, con esa plenitud de vida y de gozo que saltará hasta la vida eterna.

"Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso" (Lucas 6, 36)


Canción: Himno de la JMJ 2016 - Bienaventurados los misericordiosos
Autor: Jakub Blycharz (adaptación al español: Carlos Abregú)
https://youtu.be/adhG4m4-diE?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd




lunes, 20 de marzo de 2017

TESTIMONIO - El dibujo de mi vida

Hoy tenemos un precioso testimonio de una amiga que prefiere quedar en el anonimato. Su alma bella se ve reflejada en el dibujo que acompaña sus líneas. Dios nos habla de mil maneras, sólo hay que tener los oídos del corazón bien abiertos para reconocerlo.

EL DIBUJO DE MI VIDA

Hace unos años me apunté con una amiga a un curso de pintura en Italia durante las vacaciones de verano.

La idea, al inicio, me pareció descabellada, ya que no tengo ninguna formación en pintura. Pero el hecho de pasar unos días con mi amiga, con la que disfruto mucho, me decidió a apuntarme.

Este curso era para aprender a pintar iconos en una escuela especializada para ello. La particularidad que tiene pintar un icono es que se debe hacer en oración.

Nos apuntamos al primer curso. La técnica que utilizamos era calcar un modelo con un plumín con tinta negra. No resulta fácil, ya que no es posible borrar. Hay que controlar el pulso para que las líneas salgan rectas; la inclinación del plumín, por el trazo, que podía ser más fino o grueso, y tener la vista fija en el modelo para no equivocarse.

Yo dibujaba muy lento, sumida en el silencio, en una concentración total. Y, a través de esos días dibujando, el Señor me hablaba.

Soy una persona que me he preguntado muchas veces por el sentido de mi vida. Cuál es la misión a la que estoy llamada. Por qué no soy capaz de ver claro el plan de Dios en mi vida a largo plazo.

Dibujando me dí cuenta que en el momento presente sólo puedo ver aquella parte del dibujo que estoy trabajando (no el dibujo completo), concentrada en cada línea no soy capaz de ver el conjunto. Entendí que puede haber personas que desde muy temprano puedan ver el dibujo de su vida por entero. Pero, en mi caso, y posiblemente en otros muchos, sólo podemos ver el presente y muy poco del futuro inmediato. Entendí que no era importante saber en mi vida la totalidad de mi misión. Sólo será posible cuando finalice el dibujo.

Por otro lado, en alguna ocasión, tenía un borrón en algún trazo. Y ¡no lo podía borrar!, qué desesperación. Lo único que podía hacer era disimularlo un poco. Me dí cuenta que en nuestra vida cuando causamos una ofensa ya no se puede borrar. El daño causado se puede intentar reparar, pero la huella queda impresa en el dibujo.

Finalmente, al acabar el dibujo, pude ver su belleza, y entendí que el dibujo es más bonito cuánto más se parece al modelo original. Esto es, en la medida que mi vida se ajusta más a la voluntad de Dios para mí, el dibujo de mi vida es más bello, más perfecto.

En definitiva, Dios tiene para cada uno de nosotros un dibujo precioso que quiere que pintemos. Él nos dará el papel, el plumín y la tinta... también el tiempo necesario para hacerlo. Nosotros tenemos que poner lo mejor de nosotros, nuestra confianza, amor y atención para que resulte bonito.

Hoy he buscado la carpeta de los dibujos realizados durante el curso, y yo que soy muy crítica conmigo misma y que sólo me fijaba en el fallo del dibujo, hoy me parecían todos maravillosos. ¿Cómo fui capaz de dibujar aquello tan bonito sin tener ni idea? Sin duda Dios suple todo aquello a donde nosotros no llegamos, y así fue en mi caso. Y lo será en el vuestro, realizando obras prodigiosas en vuestra vida.

Así sea. Un abrazo para todos.

Canción: Si conocieras cómo te amo
Autor: Hmna. Glenda
https://youtu.be/or88T8tU4rY?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd




domingo, 12 de marzo de 2017

Necesito más Cuaresma

Han transcurrido doce días desde que comenzó la Cuaresma. Parecen pocos, pero tengo la impresión de que han transcurrido muchos más. Y creo que es por esa percepción que todos tenemos de que las cosas transcurren más lentamente cuando las procuramos vivir en profundidad.

Como profesora les explico a mis alumnos qué es la Cuaresma y les invito, con cosas concretas, a profundizar y vivir este precioso tiempo litúrgico. Pero, cuando lo hago, siempre tengo la sensación en mi corazón de que yo estoy a años luz de lo que les animo a ellos a experimentar.

El otro día me sorprendía un alumno de 4º curso que, al hablar de anhelos profundos del corazón, nos compartía que el amar a los demás tal y como yo les hablo del Amor de Dios y desde Dios es un sueño que le gustaría alcanzar. Me emocioné al escucharlo, es precioso ver la obra del Señor en ellos y cómo les va tocando el corazón. Pero me ha hecho reflexionar estos días y llevarlo a la oración.

La Cuaresma es un tiempo precioso para parar y tomar conciencia de nuestra necesidad de conversión. Y la conversión no es una tontuna. Al menos eso creo yo. Porque hace años, cuando inicié mi camino de fe, ser cristiana me parecía algo muy "chulo" y atractivo, me enganchó. Ahora, además de "enganchada", estoy cada día más enamorada de mi fe y del Señor. Pero también soy más consciente de lo que implica la conversión y el dejarnos hacer hasta poder llegar a afirmar, como San Pablo, "ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gálatas 2, 20)

El amar en cosas concretas, en momentos concretos, como Cristo amó, hasta el perdón de aquellos que le crucificaban, no es fácil. Nada fácil. Y todos tenemos ejemplos. Ejemplos que duelen, ejemplos que hieren nuestro corazón y sacan a flote nuestro orgullo y soberbia, sobre todo cuando sabemos que tenemos razón y otros nos atacan injustamente.

Y hoy el Papa Francisco, en el Ángelus, ha dicho una frase que me ha dado la clave para vivirlo: "Quien muere con Cristo, con Cristo resucitará".

Jesús, ante el Sanedrín, no se defiende. Le atacan injustamente, pero no abre la boca. El que es la Verdad no hace callar a los que incluso mienten para salirse con la suya (cfr. Marcos 14, 61). Jesús sencillamente ama. Ama y perdona. Y da la vida por ellos, con la esperanza cierta en la Resurrección.

Yo no sé tú, que me estás leyendo, si necesitas de conversión. Pero yo realmente la necesito. Y mucho. Necesito aprender a morir con Cristo para que Él resucite en mí. Necesito abrir mi corazón con humildad para que Él pueda ir obrando poco a poco, hasta enseñarme a amar como Él ama. Sin excusas, sin rodeos, sin llevar cuentas.

Necesito más Cuaresma. Necesito más de Ti, Señor. Y con la confianza de saber que me amas profundamente, te entrego mi corazón, Señor, para que hagas con él lo que anhelas hacer. Amén+


Canción: Renuévame
Autor: Marcos Witt
https://youtu.be/oDq5UZSYaPw?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd




TESTIMONIO - Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra

Hoy compartimos el testimonio de un gran sacerdote que quiere presentarse como "un fraile menor". Doy fe, por experiencia propia, del amor apasionado por Cristo, por San Francisco y por su sacerdocio, que sabe transmitir a los que nos ponemos un poco a tiro. Leyendo su testimonio me asombro y me maravillo de los caminos que el Señor tiene para cada uno de nosotros con un único objetivo: amarnos con una plenitud que no podemos imaginar y hacernos felices en su Amor.

ESA ES MI PAZ Y MI FELICIDAD, Y NO NECESITO OTRA

Fui educado en un colegio católico aunque en mi familia nunca hemos sido demasiado “de Iglesia”. Tras 11 años en dicho colegio, donde recibí una buena educación a todos los niveles y una fuerte devoción a María, fui a un instituto público a cursar COU y, después, estudié Dirección de Marketing y un master en Gestión de Grandes Superficies Comerciales. Comencé a trabajar y me fue más o menos bien. El trabajo me reafirmaba y el dinero que ganaba me permitía “vivir a todo tren”, gastando tanto como tenía. Era un chico normal con una vida normal, según la norma habitual de la sociedad de entonces.

Durante la adolescencia y primera juventud me dediqué al deporte tanto como después a mi trabajo. Con mi familia nunca fui suficientemente dedicado ni agradecido, ni mucho menos. El balonmano y el gimnasio eran mi pasión. Junto con ello, mis amigos y salir a todas horas eran el motor de mis afectos y lo que llenaba mi tiempo… aunque siempre tenía un “runrún” por dentro que me llevaba, de vez en cuando, a tener “venazos místicos” (como yo los llamaba) en los que trataba de cambiarlo todo para volver a Dios y a la Iglesia. Duraban poco. El rostro de Dios que conocía me llamaba pero ni me llenaba ni me hacía sentir ilusión alguna.

En un viaje de empresa tuve un accidente de tráfico. La compañera de trabajo que viajaba conmigo falleció, yo quede en coma y desangrándome sobre el asfalto. La rapidez de la Cruz Roja fue la primera que me salvó la vida. Tras quince días en Albacete, pues mi estado de gravedad no permitía mi traslado, fui trasladado a un hospital de Coslada, de la mutua sanitaria de mi empresa. Allí recobré conciencia de mí mismo y de lo roto que me había quedado. Una fractura abierta de fémur, esa rodilla inmóvil, un pulmón desplazado, un hombro medio inútil… un cuadro y lleno de puntos… suspensivos.

Sujeto a una silla de ruedas comencé la rehabilitación, la cual me tuvo como fiel visitante durante casi dos años. Uno de los días, camino de mi tarea cotidiana con los fisios, sentí un fuerte impulso hacia la capilla. Pasaba todos los días junto a ella y no había reparado en su existencia, hasta ese momento. Entré y sentí una paz y un silencio interior como no conocía. Recé alguna cosa, “porque es lo que se hace en una capilla”, y me fui a rehabilitación dándole a los aros de mi silla de ruedas. La visita a la capilla se hizo, desde entonces, cotidiana.

Un mes después, ya en casa de mis padres, seguía con mi rutina de rehabilitación diaria en el hospital de Coslada. Pasados tres o cuatro meses, cuando ya me manejaba con las muletas, comencé a frecuentar la basílica de San Francisco el Grande porque mi hermana era miembro de la Jufra (Juventud Franciscana). Fui allí porque quería más de aquello que recibía en la capilla del hospital, pero no quería que nadie forzara mi ritmo ni me hiciera dar pasos hacia ningún lugar y por eso mantenía las distancias, claras y firmes.

Los franciscanos seglares me acogieron con afecto y gratuidad, respetando siempre mis reticencias y excusas para no dar más de un paso cada vez y no darlo hasta que yo quisiera. Eso relajó mis barreras. Lo definitivo no fue conocer a San Francisco de Asís sino a Dios a través de los ojos de San Francisco. Ese descubrimiento me fascinó, me sedujo e hizo que ya no marcara yo el ritmo de mi caminar sino Alguien otro que me hacía ver con tanta claridad lo que tenía que hacer en cada momento que nunca me planteé hacer cosa alguna más que lo que me era sugerido en la conciencia y en el corazón.

Tras poco más de un año de frenética carrera, habiendo descubierto la vivencia de la Eucaristía, su natural consecuencia en la pertenencia agradecida a mi fraternidad seglar franciscana y en la atención a pobres y enfermos de un par de hospitales de los que me hice visitador, tras descubrir la necesidad de oración y discernimiento en todo ello, sentí un fuerte deseo indefinido, un deseo nuevo no de hacer más sino de ser otra cosa. Orar, preguntarme, sorprenderme con la respuesta que discernía… y en un mes tomé la decisión de entrar en la fraternidad franciscana de los Frailes Menores, así, sin previo aviso, sin más dilación. Mi sorpresa era tan grande como mi entusiasmo. En mi entorno familiar y de amistad compartían mi sorpresa pero no mi entusiasmo, pero la decisión estaba tomada porque no podía yo pensar que fuera posible hacer otra cosa que dar ese nuevo paso.

Veinte años después sigo viviéndolo todo como entonces: con oración, discernimiento, sorpresa, entusiasmo y con una gran claridad a la hora de tratar de llevar a la vida el fruto de todo ello. No siempre es fácil, a menudo no llego, frecuentemente esa claridad y pasión son una fuente de problemas y desencuentros, pero yo no puedo dejar de intentar vivir así porque no concibo otra forma de vivir la fe que desde el constante intento de poner por obra lo que se atisba como voluntad de Dios. Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra.

Canción: Servidores sed.
Autor: Agustín Sánchez




jueves, 9 de marzo de 2017

IN SANCTITATE VIVIT - "No soy más que un modesto instrumento de la Providencia..." (3ª y última parte)

Hoy concluimos la vida del venerable Marcello Candia.

Una lógica diferente

En su calidad de industrial, Marcello tiene la costumbre de llevar y de hacer que se lleve una contabilidad rigurosa, pero en las obras de Dios hay que ir, a veces, más lejos: "Poco a poco -dirá-, me di cuenta de que, cuando se trataba de Dios, había que aplicar una lógica diferente. Las cuentas salen enseguida, pues los enfermos que pueden pagar sus cuidados son aproximadamente uno de cada diez, y aquellos que están asegurados en una mutua suponen el 40%. Los demás no pueden aportar nada más que a sí mismos para ser curados. De ese modo aprendí que un hospital para los pobres, para funcionar bien, debía tener siempre déficit.. Os resultará difícil comprender lo que supuso para mí entrar en esa lógica... Y cuando se agotaron mis fondos, empezaron a llegar las aportaciones de mis amigos, de los obreros de las fábricas que me pertenecieron, etc.". Y constata igualmente otra maravilla: la transformación de algunas personas de Macapá, que se muestran dispuestas a ayudarle y hallan de ese modo dignidad y fe.

Un modesto instrumento

A pesar de la numerosa oposición que encuentra, Marcello es alabado y aplaudido ya en vida. En 1975, un periódico brasileño de gran difusión le dedica un largo artículo titulado "El mejor hombre de Brasil". Ante tales cumplidos, él responde: "Para mí, no soy nadie; no soy más que un modesto instrumento de la Providencia... No soy yo quien ha dado algo, sino que son los pobres quienes me dan... Quien ha recibido mucho de la vida, debe dar mucho". Ese mismo año, en consideración a lo que le había dicho el cardenal Montini, Marcello decide confiar la obra a los Religiosos Hospitalarios Camilianos. Al respecto afirmará: "No es cristiano buscarse a sí mismo en una obra, sino que hay que realizarse en Dios... Doy gracias al Señor por haber podido empezar la obra con los medios que me dio, pero después tenía que considerarme inútil. Era también necesario que quienes han venido después de mí pudieran contribuir con su iniciativa... Así pues, me he retirado, y ahora me contento con buscar dinero para que puedan continuar la tarea".

La causa de los leprosos siempre conmovió su corazón. A partir de 1967, organizó para ellos la
leprosería de Marituba, perdida en la selva virgen a 400 km al sur de Macapá. Hasta entonces, esos enfermos estaban recluidos en un perímetro prohibido a los no leprosos. La colonia estaba formada por un millar de enfermos que sobrevivían en unas condiciones más que miserables, donde la solidaridad y la higiene eran desconocidas. Cuando visita por primera vez esos lugares, gracias a un permiso especial, Marcello comprende que lo primero es inyectar la esperanza en el corazón de aquellos marginados, implantando entre ellos una comunidad de personas consagradas, con un sacerdote. Marcello establece entonces un centro urbano con casas individuales, agua corriente, drenaje mediante alcantarillas, dispensario, centro social gestionado por los propios enfermos, etc. También se fundan otras leproserías y centros de oración en otras localidades (dos de ellos carmelitas, donde gusta acudir a rezar cada día..). En 1980, el Papa Juan Pablo II visitará sus obras, que le causarán gran impresión y le llevarán a erigir la fundación "Doctor Marcello Candia". Es una gran alegría para todos los colaboradores de Marcello, pero éste lamenta que hayan puesto su nombre a la Fundación.

En 1983, regresa a Milán gravemente enfermo. Desde 1967, ha padecido cuatro crisis cardíacas, pero lo vence un cáncer de piel con metástasis en el hígado, falleciendo el 31 de agosto. El 9 de julio de 2014, el Papa Francisco reconoció la heroicidad de sus virtudes, concediéndole por ello el título de "venerable". Su proceso de beatificación está en curso.


Preciosa vida, gran ejemplo para todos nosotros de cómo vivir la santidad en lo sencillo de cada día. ¡Ojalá el Señor tenga a bien agregarle pronto al número de sus santos!

Que el venerable Marcello Candia nos conceda la Gracia de seguir a Cristo consagrándonos a aliviar a aquellos y aquellas que sufren, teniendo siempre presente que "la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo" (Madre Teresa de Calcuta)

Más información: http://www.fondazionecandia.org/ y http://www.clairval.com/index.es.html


martes, 7 de marzo de 2017

IN SANCTITATE VIVIT - "No soy más que un modesto instrumento de la Providencia..." (2ª parte)

Seguimos con la vida de Marcello Candia:

"¡Ven!" y "¡ve!"

En 1950, a sus treinta y cuatro años de edad, Marcello hereda la empresa de su padre. Poco a poco madura en él la idea de abandonarlo todo para convertirse en misionero laico a tiempo completo. Sin embargo, para realizarla deberá esperar al año 1961, pues su presencia en las fábricas es útil, incluso necesaria, con motivo de la difícil situación de los obreros durante el período de la postguerra. Además, su director espiritual se opone a dicho proyecto.

En 1955, la explosión accidental de un depósito de 60.000 litros de ácido carbónico en estado líquido mata a dos personas y destruye una fábrica que acaba de ser completamente renovada. Marcello ve en ese accidente un obstáculo para emprender su proyecto de abandonarlo todo. Ayuda de su bolsillo a las dos familias de las víctimas y asume la reconstrucción y las entregas, a fin de que ningún obrero o cliente se vea perjudicado por el desastre. No obstante, se interesa especialmente por los pobres de Brasil, tras conocer al padre Alberto Beretta, capuchino, hermano de Santa Gianna Beretta Molla, que se preparaba para partir hacia Brasil. En 1957, Marcello realiza su primera visita a Macapá, al norte del delta del Amazonas. Esa pequeña ciudad cuenta entonces con 18.000 habitantes, parte de los cuales viven en la miseria, sin ninguna asistencia material ni espiritual. Con el obispo de la diócesis, Monseñor Aristide Pirovano, de las Misiones Extranjeras de Milán, estudia los problemas locales. Manda construir una hermosa iglesia para la parroquia de San Benito, y luego le llega la inspiración para edificar un vasto hospital, desproporcionado con respecto a la talla de la ciudad en aquel momento. El futuro le dará la razón, pues la población supera en la actualidad los 436.000 habitantes (2015). El centro, previsto para 150 camas, incluirá también una leprosería.

¡Vende cuanto tienes!

Marcello comienza las obras en 1961, con el dinero procedente de la venta de las fábricas heredadas de su padre. Es su deseo que el hospital sea dedicado a los santos Camilo y Luis, para honrar la memoria de sus padres. En aquella época, Monseñor Pirovano es reclamado a Milán para tomar las riendas de su Instituto misionero. En 1965, al día siguiente de una audiencia privada que les ha concedido el beato Pablo VI, el prelado entrega a Marcello la cruz de misionero. En junio de ese mismo año, Marcello Candia se instala en Macapá. Después de haber ejercido durante varios años el cargo de director de fábricas, en una época de gran prosperidad económica, está próximo a la cincuentena. Su cambio de vida es radical: de una vida cómoda, pasa a una vida pobre en medio de los pobres. En un auténtico proceso de fe, lo abandona todo por Dios y responde a los que le ponen objeciones que "no solamente hay que dar a los pobres ayuda económica. Debemos compartir su vida en la medida de lo posible. Me resulta demasiado fácil permanecer aquí en medio de una vida apacible y confortable, y luego decir que envío allá lo superfluo. Soy llamado a vivir con ellos".

No obstante, Marcello se expone a incomprensiones y contradicciones en los propios ambientes misioneros, lo que le afecta grandemente. "¿Para qué construir un hospital tan grande en ese lugar -se preguntan algunos-, si con el mismo gasto se habría podido establecer una decena de centros de asistencia sanitaria? ¿Sabrá realmente perseverar ese patrón milanés y quedarse -murmuran otros-, o bien, después de iniciar una obra colosal, se marchará dejando la obra inacabada?". En ausencia de Monseñor Pirovano, Marcello se siente aislado espiritualmente. La administración, influenciada por la desconfianza, le rechaza los permisos necesarios. Varios años después, cuando su perseverancia le consiga un mínimo de benevolencia, un funcionario dirá acerca de él: "Hace ya años que estudio a ese Candia y no consigo entenderlo. Debe de estar algo loco, aunque parece cuerdo". La locura de la Cruz siempre será un misterio para quienes carecen de la fe. Pero él no se da por vencido: "¡Dios quiere que haga algo de penitencia!" -confiesa. De hecho, el aprendizaje de la pobreza le cuesta muchos esfuerzos, pues debe aceptar las privaciones de comodidad, el alimento de los pobres o la promiscuidad con gente inculta en locales miserables. Uno de sus amigos italianos cuenta lo siguiente: "Candia era dinámico, seguro de sí mismo, acostumbrado a mandar y a hablar como patrón..., pero cada vez que regresaba de Amazonia lo encontraba cambiado. Se daba cuenta de que necesitaba la ayuda de los demás para llevar a cabo sus grandes proyectos, cosa a la que no estaba acostumbrado". Efectivamente, pues Marcello era testarudo por naturaleza, impaciente, perfeccionista, exigente en exceso y persuadido de tener siempre razón. Sin embargo, su espíritu misionero y su dedicación le ayudan a corregir poco a poco esos defectos.

No ser ya necesario


En 1967, sufre un infarto y su salud empieza a decaer. Sin embargo, tras recuperarse prosigue valerosamente con su trabajo. En 1969, se inaugura el hospital de Macapá, que dispone en un principio de un servicio de pediatría y, algunos meses después, de un centro de investigación sobre las enfermedades tropicales, con especial atención a la lepra, así como de un centro social y otro de acogida. Marcello lo ha ideado todo, financiado casi solo y realizado contra viento y marea. No obstante, la intuición inicial se la debe al cardenal Montini: "Si funda un hospital en Brasil, hágalo realmente brasileño. Evite cualquier forma de paternalismo, no imponga sus ideas a los demás, incluso si es con las mejores intenciones. Haga el hospital no solamente para los brasileños sino con los brasileños, y propóngase como objetivo final no ser ya necesario. Cuando llegue el momento en que se sienta inútil porque el centro pueda funcionar sin usted, entonces podrá decirse que habrá realizado una verdadera obra de solidaridad humana".

Esas opiniones suponen para Marcello una gran dosis de paciencia, ya que, en ese país, la mayor parte del personal estable que emplea en el hospital siente inclinación por la apatía y la irresponsabilidad. El cardenal le había recomendado igualmente construir un hospital escuela, ya que, en los países donde hay misiones, es importante curar a los enfermos, pero es más importante aún enseñar seriamente cómo curarlos. Y había añadido: "Debe ser un centro que no rechace nunca a nadie". Marcello aplica con gran precisión esa recomendación, estableciendo que el personal del hospital no preguntará jamás a un paciente, en el momento de la admisión, si está en condiciones de asumir los gastos.

"En el mundo tendréis tribulación", nos previno Jesús (Juan 16, 33). En 1973, el gobierno federal convoca al generoso amigo de los pobres para que responda a la acusación de importación ilegal de medicamentos a Brasil. También debe vigilar incesantemente para que el hospital siga al servicio de los más menesterosos. Afortunadamente, su experiencia como jefe de empresa le ayuda mucho a gestionar con acierto los bienes; de hecho, no basta con ser generoso, sino que hay que actuar también de manera competente y prudente.


El próximo día terminanos...


domingo, 5 de marzo de 2017

IN SANCTITATE VIVIT - "No soy más que un modesto instrumento de la Providencia..." (1ª parte)

El Papa Francisco nos invita, en su mensaje para la Cuaresma de este año 2017, a ver en el otro un don. Sobre todo en el otro pobre y necesitado.

Hoy quiero comenzar la NUEVA SECCIÓN "In sanctitate vivit", que recoge testimonios de personas que son ejemplos de fe, con el venerable Marcello Candia. Su vida ilustra muy bien las palabras del Papa en su mensaje: después de haber vivido en el seno de una familia acomodada de la alta burguesía milanesa, se comprometió como laico en las misiones y construyó, gracias a la venta de sus bienes, un hospital para los pobres en Brasil.

Seguiremos su apasionante vida a través de tres capítulos (extraídos de la Carta Espiritual de la Abadía de San José de Clairval, Francia)

Comenzamos...

VENERABLE MARCELLO CANDIA

Marcello Candia nace en 1916 en Portici (Campania, Itlaia), tercero de cinco hijos. Su padre, Camillo, es industrial y ha fundado en Milán, y después en Nápoles, Pisa y Aquilea, una serie de fábricas de ácido carbónico. Si bien no practica la religión, ha conservado de su educación católica un sentido elevado de la rectitud, del respeto por las personas y de la justicia profesional y social. Es un entregado cabeza de familia y un dedicado jefe de empresa, con gran sentido del deber y de la responsabilidad. Se opone al fascismo desde sus inicios, confiando a sus hijos a escuelas privadas para que no les alcance la ideología totalitaria dominante.

Pasión por los pobres

Marcello aprende de su madre, Luigia Bice Mussato, los primeros rudimentos de la fe. Es una mujer culta y dotada de grandes cualidades humanas, que se consagra por entero a los suyos así como a los pobres mediante obras caritativas, en especial en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Marcello acompaña con gusto a su madre, con quien visita a los pobres, pero pasando previamente por una iglesia para encontrar a Jesús en la Eucaristía. En su corazón se desarrolla una verdadera pasión por los desheredados y los que sufren, lo que representará la principal orientación de su vida. A partir de los doce años de edad, ayuda a los pobres capuchinos de la vía Piave de Roma a distribuir sopa a los pobres. Pero su madre fallece el 7 de febrero de 1933, a los 42 años de edad. Marcello tiene entonces diecisiete años, y su pena es tan profunda que cae enfermo. A partir de ese día, sufrirá frecuentes dolores de cabezas e insomnios.

La profunda devoción de Marcello impresiona a sus allegados, que le acusan de llevar una "doble vida", pues se muestra, por una parte, como un joven rico, elegante y seductor, alumno brillante y buen compañero, mientras que, por otra parte, todos constatan que se halla inmerso en un incesante diálogo con Dios. En 1939, Marcello obtiene el doctorado en química. A principios de la Segunda Guerra Mundial, ocupa por un tiempo un puesto de químico en una fábrica de explosivos, siendo luego desmovilizado. Prosigue entonces sus estudios, trabajando profesionalmente con su padre. En 1943, obtiene los doctorados en biología y en farmacia. Durante esos tiempos de guerra, participa en la resistencia contra el ocupante alemán, poniendo en riesgo varias veces su libertad e incluso su vida, y se compromete con los padres capuchinos en la ayuda a los judíos amenazados de deportación. Al final de la guerra, asiste a los deportados y prisioneros que regresan al país, Junto con tres amigos, organiza una acogida a la vez médica y humanitaria en las estaciones, además de mandar instalar en el parque del palacio Sormani, en gran parte asumiendo él los gastos, refugios provisionales prefabricados. En una ocasión, un capellán capitán autoritario anuncia: "La Misa va a empezar; quienes no vengan, no tendrán comida". Marcello se apodera del micrófono y rectifica: "¡No, todos tendrán comida!".

Con objeto de poder dedicar todo su tiempo a aliviar los sufrimientos de los demás, Marcello renuncia a casarse. Con Elda Scarsella Marzocchi, funda el "Pueblo de la madre y el niño" para asistir a las madres solteras en dificultades. Al principio, esconde esta iniciativa a su padre, sabiendo que no se mostrará favorable a ella, pero éste será consciente, después, de todo el bien realizado por su hijo y lo aprobará. El señor Candia es exigente, pero respeta las decisiones de su hijo; aunque considera que su vida devota y su apego a la Misa diaria son exagerados, no pone objeción alguna. Sin embargo, el director espiritual de Marcello se muestra desfavorable a la colaboración con Elda Marzocchi, pues el ambiente de una casa de madres solteras no conviene a un joven que ha elegido el celibato para el Reino de Dios.

Por ese motivo, y por obediencia, Marcello pone fin a ese compromiso y se lanza a ayudar a las misiones, primeramente mediante el envío de medicamentos a países pobres y fundando la revista titulada La Misión. Junto a Monseñor J. B. Montini, el futuro Papa Pablo VI, por entonces arzobispo de Milán, funda un colegio para los estudiantes procedentes de ultramar. En efecto, los obispos de los países de misión comienzan a enviar a Italia sacerdotes para completar su formación sacerdotal, y el destino de esos estudiantes es convertirse en profesores en los seminarios de África, Asia y América Latina. Con frecuencia, el primer contacto se establece directamente entre el obispo del país y Marcello para concertar el alojamiento, conseguir una beca de estudios, etc. El joven participa igualmente en la fundación de varias obras y asociaciones en favor de las misiones.


El próximo día continuamos...