martes, 13 de junio de 2017

TESTIMONIO - La hora del milagro

Hoy os comparto el testimonio que me envió Adrián, misionero claretiano y, desde el pasado sábado 10 de junio, sacerdote de Jesucristo. Este testimonio lo compartió antes de su ordenación, así que ya asoma en él esa flor que florece con toda su vitalidad nueva y expande la fragancia de Cristo a todo aquel que se acerca.

Como nos dijo en la homilía de su primera Misa, con palabras del poeta Miguel Hernández, oramos para que su vida sea siempre: "Querer, querer, querer. Esa fue mi corona, esa es".

LA HORA DEL MILAGRO

Últimamente pienso que sería maravilloso asistir al momento exacto en que la flor, que lleva todo un invierno gestándose en el silencio y la paciencia de lo escondido, hace estallar su cubierta y comienza a abrir sus puntas hacia el mundo. Ese momento inasible en que la planta, vencida de riqueza, sobreabundada de la savia que ha ido tomando de la tierra y del agua y del sol, empieza a mostrar a todos sus perfiles esmaltados y va anunciando en ellos la cosecha futura. El instante del milagro insospechado en que todo se hace nuevo, habiendo germinado desde antiguo... Últimamente lo pienso, porque lo siento cerca.

Los misioneros claretianos abrieron para mí la cancela de su jardín hace ya más de una década. He pasado la mayor parte de estos años formándome para la vida misionera: aquilatando los sueños, tentando las fuerzas, agrandando la alcuza. Aprendiendo a reconocer la voz del Buen Pastor, a transitar sus oteros, a descansar en sus majadas. He sido regalado con la intimidad amorosa de Dios pasando muchas horas delante de un Cristo crucificado cuya madera parecía lumbre encendida. He escuchado Su nombre en muchos nombres y he sufrido con quienes no aciertan a pronunciarlo, ni siquiera como deseo. He sabido —y nunca lo agradeceré suficientemente— lo que es la compañía y el abrazo de un padre y un amigo en el Espíritu. He batallado contra mis miras estrechas para vivir en fe el discipulado de la comunidad y la mistagogía de la Iglesia. He implorado que mis días conozcan la hondura, la compasión y la fecundidad. Que mi esperanza sea más grande que mis fracasos. Y que al cruzarse conmigo, los hombres vean algo —a Alguien— más allá de mí. No son muchos mis años de vida religiosa, pero ya he llorado la muerte de algún hermano a quien echo de menos más de lo que quisiera admitir. Y ahora, pobre como me sé, estoy a un paso de ser ordenado presbítero, aguardando que la raíz se torne tronco, el tronco despegue en ramas, las ramas cuajen en brotes y los brotes se ofrezcan en fruto.

Paso este tiempo peregrinando como un hombre creyente entre universitarios que me desconciertan y que me invitan por igual a la gratitud por lo recibido y a la pasión por lo prometido. Al mismo tiempo, soy como ellos joven y estudiante. En su día, lo fui de la literatura, a la que sigo acudiendo como postigo franco desde el que avistar la entraña humana, a veces tan opaca, otras tan visitada por la luz divina. Hoy soy más bien un torpe y asombrado lector de teología, que va tratando de conocer y amar y servir mejor a Dios a través de quienes lo han pensado y orado y vivido antes y más santamente, habitando el hontanar de las verdades últimas. Y en medio del jornal cotidiano —el alma vuelta a Dios aun en la noche—, intuyo que sí, que no está lejos la savia de las yemas. Miro por mi ventana la fronda en la ciudad. Y rezo con cadencia castellana: «Antes que te derribe, olmo del Duero, / el leñador, (...) / quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera» (A. Machado).

Canción: I look to you
Intérprete: Whitney Houston
https://youtu.be/5Pze_mdbOK8?list=PLIquW9Q_oS0AO0zgv5MK2_C1q_4mSB_Dd