domingo, 12 de marzo de 2017

TESTIMONIO - Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra

Hoy compartimos el testimonio de un gran sacerdote que quiere presentarse como "un fraile menor". Doy fe, por experiencia propia, del amor apasionado por Cristo, por San Francisco y por su sacerdocio, que sabe transmitir a los que nos ponemos un poco a tiro. Leyendo su testimonio me asombro y me maravillo de los caminos que el Señor tiene para cada uno de nosotros con un único objetivo: amarnos con una plenitud que no podemos imaginar y hacernos felices en su Amor.

ESA ES MI PAZ Y MI FELICIDAD, Y NO NECESITO OTRA

Fui educado en un colegio católico aunque en mi familia nunca hemos sido demasiado “de Iglesia”. Tras 11 años en dicho colegio, donde recibí una buena educación a todos los niveles y una fuerte devoción a María, fui a un instituto público a cursar COU y, después, estudié Dirección de Marketing y un master en Gestión de Grandes Superficies Comerciales. Comencé a trabajar y me fue más o menos bien. El trabajo me reafirmaba y el dinero que ganaba me permitía “vivir a todo tren”, gastando tanto como tenía. Era un chico normal con una vida normal, según la norma habitual de la sociedad de entonces.

Durante la adolescencia y primera juventud me dediqué al deporte tanto como después a mi trabajo. Con mi familia nunca fui suficientemente dedicado ni agradecido, ni mucho menos. El balonmano y el gimnasio eran mi pasión. Junto con ello, mis amigos y salir a todas horas eran el motor de mis afectos y lo que llenaba mi tiempo… aunque siempre tenía un “runrún” por dentro que me llevaba, de vez en cuando, a tener “venazos místicos” (como yo los llamaba) en los que trataba de cambiarlo todo para volver a Dios y a la Iglesia. Duraban poco. El rostro de Dios que conocía me llamaba pero ni me llenaba ni me hacía sentir ilusión alguna.

En un viaje de empresa tuve un accidente de tráfico. La compañera de trabajo que viajaba conmigo falleció, yo quede en coma y desangrándome sobre el asfalto. La rapidez de la Cruz Roja fue la primera que me salvó la vida. Tras quince días en Albacete, pues mi estado de gravedad no permitía mi traslado, fui trasladado a un hospital de Coslada, de la mutua sanitaria de mi empresa. Allí recobré conciencia de mí mismo y de lo roto que me había quedado. Una fractura abierta de fémur, esa rodilla inmóvil, un pulmón desplazado, un hombro medio inútil… un cuadro y lleno de puntos… suspensivos.

Sujeto a una silla de ruedas comencé la rehabilitación, la cual me tuvo como fiel visitante durante casi dos años. Uno de los días, camino de mi tarea cotidiana con los fisios, sentí un fuerte impulso hacia la capilla. Pasaba todos los días junto a ella y no había reparado en su existencia, hasta ese momento. Entré y sentí una paz y un silencio interior como no conocía. Recé alguna cosa, “porque es lo que se hace en una capilla”, y me fui a rehabilitación dándole a los aros de mi silla de ruedas. La visita a la capilla se hizo, desde entonces, cotidiana.

Un mes después, ya en casa de mis padres, seguía con mi rutina de rehabilitación diaria en el hospital de Coslada. Pasados tres o cuatro meses, cuando ya me manejaba con las muletas, comencé a frecuentar la basílica de San Francisco el Grande porque mi hermana era miembro de la Jufra (Juventud Franciscana). Fui allí porque quería más de aquello que recibía en la capilla del hospital, pero no quería que nadie forzara mi ritmo ni me hiciera dar pasos hacia ningún lugar y por eso mantenía las distancias, claras y firmes.

Los franciscanos seglares me acogieron con afecto y gratuidad, respetando siempre mis reticencias y excusas para no dar más de un paso cada vez y no darlo hasta que yo quisiera. Eso relajó mis barreras. Lo definitivo no fue conocer a San Francisco de Asís sino a Dios a través de los ojos de San Francisco. Ese descubrimiento me fascinó, me sedujo e hizo que ya no marcara yo el ritmo de mi caminar sino Alguien otro que me hacía ver con tanta claridad lo que tenía que hacer en cada momento que nunca me planteé hacer cosa alguna más que lo que me era sugerido en la conciencia y en el corazón.

Tras poco más de un año de frenética carrera, habiendo descubierto la vivencia de la Eucaristía, su natural consecuencia en la pertenencia agradecida a mi fraternidad seglar franciscana y en la atención a pobres y enfermos de un par de hospitales de los que me hice visitador, tras descubrir la necesidad de oración y discernimiento en todo ello, sentí un fuerte deseo indefinido, un deseo nuevo no de hacer más sino de ser otra cosa. Orar, preguntarme, sorprenderme con la respuesta que discernía… y en un mes tomé la decisión de entrar en la fraternidad franciscana de los Frailes Menores, así, sin previo aviso, sin más dilación. Mi sorpresa era tan grande como mi entusiasmo. En mi entorno familiar y de amistad compartían mi sorpresa pero no mi entusiasmo, pero la decisión estaba tomada porque no podía yo pensar que fuera posible hacer otra cosa que dar ese nuevo paso.

Veinte años después sigo viviéndolo todo como entonces: con oración, discernimiento, sorpresa, entusiasmo y con una gran claridad a la hora de tratar de llevar a la vida el fruto de todo ello. No siempre es fácil, a menudo no llego, frecuentemente esa claridad y pasión son una fuente de problemas y desencuentros, pero yo no puedo dejar de intentar vivir así porque no concibo otra forma de vivir la fe que desde el constante intento de poner por obra lo que se atisba como voluntad de Dios. Esa es mi paz y mi felicidad, y no necesito otra.

Canción: Servidores sed.
Autor: Agustín Sánchez




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