domingo, 16 de agosto de 2015

La soledad de la luz en medio de la oscuridad

Estos días en los que muchos salimos de nuestros ambientes habituales y nos acercamos a los pueblos donde han vivido nuestros antepasados, suponen por lo general un cambio en nuestro modo de orar y acercanos a los sacramentos.

Para algunos no hay cambios, pues la facilidad es la misma. Pero para otros no es así.

Hace unos días escuchaba el dolor de un alma que sólo podía orar sentándose en la puerta de la iglesia de su pueblo. Yo soy más afortunada: siempre que pido la llave me la dejan y puedo entrar cuando quiera a orar ante el sagrario de la hermosa y pequeña iglesia románica de mi pueblo.

Y en la soledad, frescura y oscuridad que hay entre sus muros, el Señor siempre me espera. Al fondo del ábside, indicado con una pequeña luz junto al sagrario.

Y qué solo está Aquel que es la Luz del mundo... Los veraneantes pasan junto a la iglesia y, al tener la puerta abierta, a veces me llegan sus palabras. Pero sólo algún turista entra a verla... y, sin querer a veces, también le ven a Él. Humilde y escondido, sin queja, recibiendo a todo aquel que entra con una gran sonrisa y los brazos abiertos en acogida.

Estos días siento más que nunca la soledad del Corazón de mi Dios en tantos sagrarios. Y también experimento la soledad de los que tenemos fe en un mundo que pasa de largo ante Cristo. No es fácil ser una pequeña vela que intenta iluminar tanta oscuridad. Y más aún cuando los que también se consideran creyentes, pero viven impregnados de relativismo, soplan con fuerza para intentar apagar tan frágil llama.

En esos momentos sólo veo una salida: la débil vela debe morir. Debe dejarse abrasar por el Fuego del Espíritu de Dios. Porque sólo fundida en Él podrá realmente iluminar. Una vez más disminuir, hasta ser nada, para que Cristo crezca y lo sea todo (cfr. Juan 3, 30)


Canción: Sólo Cristo
Intérprete: Hillsong United
https://youtu.be/mbHvX9tKs1w